La amistad

Erika J. Rivera

Hay reflexiones sobre el tema de la amistad desde épocas muy tempranas. El primero en sistematizar la amistad como problema filosófico fue Aristóteles en su Ética a   Nicómaco. Aristóteles señala que los elementos centrales de la amistad son la constancia, la incondicionalidad y la perseverancia en su desarrollo. El goce de la amistad entre iguales (la cualidad esencial de la amistad) consiste concretamente en llevar las cargas que la vida deposita en todos nosotros, siendo el amigo el que contribuye a hacer llevadera la carga del otro mediante un vínculo que brinda seguridad sin segundas intenciones.

Los grandes clásicos nos permiten preguntarnos por el sentido de la amistad y si todavía existe hoy en el siglo XXI, en un mundo competitivo donde todos extienden sus redes de relaciones como parte de la eficiencia y el éxito. En tiempos de pandemia se agudizaron las relaciones virtuales mostrándonos nuevas formas de generar amistades. Aunque todo se transforma, considero pertinente preguntarnos lo siguiente: ¿Estará la amistad reñida con la instrumentalización? En un contexto diplomático e institucional seguramente no, porque todos los tecnócratas más que llegar a un sincero diálogo, luchan contra el tiempo para ampliar sus redes de amistades y contactos. Actitud frívola de quien busca un pequeño éxito y circula en el ambiente con una mirada rauda para deshacerse del interlocutor que no le representa ningún rédito. Pero para un clásico racionalista seguramente sí, porque la amistad representa el ideal de la mayor virtud y la cualidad más elevada en jerarquía ontológica.  

El tratado más conocido sobre la amistad es el breve texto elaborado por Marco Tulio Cicerón en el siglo I a. C., quien reelabora las tesis principales de Aristóteles y de la filosofía estoica. En el contexto boliviano podemos reflexionar sobre esta temática de la mano de Mario Frías Infante a través de su traducción, notas e interpretación en relación con los Evangelios (Cicerón, 2008. La amistad. Traducción directa del latín por Mario Frías Infante, La Paz: GUM). El estilo ciceroniano claro, directo y con una estructura argumentativa, se confronta y se posiciona en contra de los epicúreos y cirenaicos.

Para Cicerón sin virtud no puede haber amistad. Hay mucha distancia con los otros bienes como la riqueza, la salud, el poder, los honores. Los placeres para él están en la proximidad a los animales. La diferencia con la amistad vulgar y mediocre reside en que esta última se deleita y aprovecha. Este autor señala la existencia de individuos que no ejercen la sabiduría ni engendran la amistad verdadera y perfecta, los dos regalos más preciados de los dioses.

Sus reflexiones expresaron lo siguiente: “Es el amor lo que principalmente crea simpatías. Los favores ciertamente muchas veces se reciben de personas que fingen amistad y actúan por oportunismo, pero en la amistad verdadera nada es fingido, nada es simulado; todo es auténtico y sincero”. Para Cicerón la amistad perfecta es el resplandor de la bondad porque nace de la naturaleza más que de la necesidad. Del impulso del corazón afectuoso y no del cálculo de las utilidades.

Un amigo virtuoso no te llevará a cometer crímenes contra la república ni por amor a la amistad te pedirá acciones contra la patria. Hoy podríamos asimilar esta sentencia a la corrupción en nuestro país que entre las redes clientelares conformadas por amigos desfalcan las arcas de nuestro país. Contrariamente a esta actitud hay que tomar como ejemplo a los que alcanzaron un mayor grado de perfección. La amistad debe ir de acuerdo con la razón e implica una responsabilidad. Es propio del espíritu bien formado complacerse ante el bien. Los buenos quieren a los buenos. La naturaleza tiende a lo semejante y lo atrae hacia sí porque la bondad es propia de todo el género humano. Para Cicerón la virtud no es inhumana, ni egoísta, ni soberbia.

Este filósofo profundiza sobre los alcances y los límites de la amistad articulando y oponiéndose a tres criterios comunes hasta ese momento. No considera que se deba amar al amigo como a uno mismo porque muchas veces hacemos por un amigo lo que no haríamos ni para nosotros mismos. También refuta el segundo criterio: muchos definen la amistad como un intercambio equitativo de favores y afectos porque la amistad se reduciría a cálculos. El tercer criterio: la amistad no debería ser que tanto más se debe ser estimado por los amigos cuanto uno es apreciado por uno mismo, porque cuando una persona se siente abatida y sin esperanzas le corresponde al amigo no comportarse como lo harían ellos consigo mismos.

Al final del Imperio Romano, en el siglo IV d. C., vivió el gran teólogo cristiano Aurelio Agustino, más conocido como San Agustín, uno de los Padres de la Iglesia Católica. En sus Confesiones y en sus Epístolas analizó detenidamente el fundamento y las manifestaciones de la amistad, distinguiéndola de otros sentimientos similares como el amor. San Agustín tuvo muchas amistades juveniles, a las cuales guardó siempre un recuerdo positivo. Dijo textualmente: “La amistad es el acuerdo en las cosas divinas y humanas con benevolencia y caridad”. El mérito intelectual de este autor consiste, sin embargo, en haber mostrado que el alma humana es ambivalente. Los anhelos más puros se entremezclan con los propósitos más sucios, así como las motivaciones más nobles se confunden con las segundas intenciones más detestables. San Agustín se adelantó en muchos siglos al psicoanálisis de Sigmund Freud: el gran teólogo fue el primero en la historia universal en postular que el espíritu y la mente humanas tienen varios niveles, de los cuales los inferiores consisten en propensiones irracionales y mayoritariamente inmorales. Las manifestaciones de la amistad no pueden, por lo tanto, quedar al margen de la ambigüedad del alma humana. En lugar de la visión idílica de Cicerón, San Agustín nos muestra que hasta la amistad más pura puede quedar teñida por nuestros deseos más bajos y nuestras ambiciones más torcidas. Lo importante es que una amistad sólida puede sobrevivir a las intenciones perversas que desarrollamos ineludiblemente.

Por todo ello San Agustín postula la tesis de que la verdadera amistad debe tener un trasfondo de convivencia religiosa. La auténtica amistad es la que parte de una base religiosa conformada por la ética de la caridad. Así se podría superar el cimiento pecaminoso de todo el saber humano, que se dirige casi siempre a la obtención del poder sobre los otros. Esa ansia irrestricta de poder coincide con el ansia ilimitada de saber, que es uno de los elementos constituyentes del ser humano, quien en el paraíso desobedeció a Dios por intentar obtener los conocimientos que solo corresponden al Padre Celestial. De acuerdo a San Agustín, la amistad basada en la caridad cristiana puede ayudarnos a reducir nuestro anhelo de saber y poder.

En la época del Renacimiento Michel de Montaigne volvió a analizar esta temática que había caído en desuso por su cercanía a una ética teñida de teología. En la actualidad uno de los textos más leídos es del sacerdote agustino Hans van den Berg, exrector de la Universidad Católica Boliviana. En 2016 publicó su ensayo: De amistades juveniles a una espiritualidad de la amistad: el concepto de amistad en San Agustín, en el que hace un amplio recorrido por toda la historia filosófica de la amistad occidental, llegando a la conclusión de que San Agustín ha sido el estudioso más profundo de esta temática.

Según Hans van den Berg, el gran teólogo comprendió la verdadera esencia de la amistad profunda porque simultáneamente examinó fenómenos cercanos como el amor erótico, la adoración de Dios y la combinación clásica de Eros con Logos, que aparece claramente en la brillante obra de Platón El banquete o el simposio. Aquí es necesario remarcar que San Agustín analizó una paradoja que entristece a todos sus lectores. El santo conoció a una mujer, con la cual construyó un amor perfecto, en el plano erótico, en el ámbito intelectual y en el terreno más difícil: la vida cotidiana. Precisamente la perfección de este amor le impedía a San Agustín amar a Dios completamente y trabajar por su causa. En sus Confesiones, escritas hacia el final de su vida, San Agustín reconoce el dolor imperecedero que le causó la ruptura con su gran amor. Pero esta ruptura era lamentablemente necesaria para que el santo comprenda también los aspectos negativos que están asociados al amor y a la amistad. Sin esta renuncia, San Agustín no habría escrito las Confesiones y la Ciudad de Dios, y así la posteridad no habría conocido estas obras maestras del pensamiento universal. Debemos, por consiguiente, a San Agustín el primer gran análisis del carácter ambivalente de los sentimientos más nobles del ser humano, como la amistad y el amor.

Sabemos que Severino el amigo de San Agustín escribió: “El amor en tanto que amor al bien carece de medida”, cuando trató de sintetizar el pensamiento agustiniano porque la caridad es aquella virtud mediante la cual se ama lo que debe amarse. Implica que el amor no es ciego, sino lúcido, pues abre el alma al Bien y al Ser. Por lo tanto, hablar de la amistad es también reconocer la naturaleza humana diferenciadamente en tanto que hay individuos hipócritas, instrumentales, inconfiables, envidiosos, egoístas, egocéntricos. Así como también existen los caritativos, confiables, sinceros y leales. En libertad uno puede valorar jerárquica y cualitativamente la amistad como la perfección. Como transhumanista, considero que la humanidad no es perfecta. Quizá muy pronto la inteligencia artificial supere esta máxima cualidad que hasta el día de hoy solo se la considera humana.

Space Invaders: una tragedia con final abierto

Julia Peredo Guzmán

“La tragedia es(…) el poema de una libertad deshecha por la vida,
 los hechos o por el ciclón de la historia”. 
Le Tragique (Chirpaz ).

Patricia Paola, más conocida como Nona Fernández es una reconocida actriz, escritora y directora chilena. Nacida en 1971, ha recibido varios premios y escrito textos de diversos géneros, entre los que destacan textos teatrales, guiones para series televisivas y novelas. En el ámbito narrativo, Nona es una escritora que intenta preservar la memoria histórica de la dictadura, particularmente la chilena. Entre esas resalta de manera especial  Space Invaders, novela breve que cuenta la historia de un curso de colegio que transcurre su vida escolar durante la dictadura de Pinochet. Esta novela podría definirse como lo que Ignacio Echevarría determina “la novela de los hijos” en el sentido en que toma la mirada infantil como punto de partida para narrar una experiencia nacional traumática que transcurre del lado de la calle, de las noticias, de lo que llegaba de afuera y cuyo registro es todavía vago para los personajes. Desde un presente narrativo móvil y difuso estos personajes intentan recordar la historia de Estrella Gonzales, hija de un paramilitar que formó parte del caso Degollados, en la que tres opositores fueron degollados y expuestos cerca del aeropuerto. La novela, escrita de una manera muy simple y con recursos que distan mucho de ser sofisticados, toca el tema de la infancia, de la memoria, de la forma en que se percibe el pasado. Otro dato que llama la atención es que el texto ha sido escrito a partir de una historia real, para lo cual la autora reunió y comparó las distintas versiones que tenía cada uno de sus compañeros de clase acerca de esa época. “El pasado es un conjunto de versiones” menciona Fernández en una entrevista en Lima.

Desde esa perspectiva, la dictadura en este texto se construye a partir de una percepción trágica de la historia en términos aristotélicos, aunque termina dejando un resquicio para la ruptura. Para ahondar en el asunto, analizaremos a detalle la novela de Fernández.

Un coro de niños

En la presentación del libro para la editorial del Fondo de Cultura Económica (FCE), Nona describe a los narradores como un “coro” de niños; lo cual, viniendo de una dramaturga, no es una definición inocente. Desde ese entendido, los narradores se confunden a lo largo de la historia: la voz pasa de un niño al otro y a través de estas distintas versiones construimos el esbozo de una realidad que ellos mismos intuyen pero desconocen hasta el momento de la revelación. A momentos, se hace difícil distinguir la voz narrativa: los personajes se nombran a partir del apellido (lo cual nos hace dudar del género) y lo que prima es el acontecimiento construido de fragmentos que pueden llegar a ser incluso contradictorios, pues “en los sueños, lo mismo que en los recuerdos, no puede ni debe haber consenso posible” (Fernández 15). Un coro hecho de memorias: una sola voz confusa y endeble como un solo cuerpo que se conforma de muchas personas fundidas en la oscuridad.

Otro factor importante en esta definición es el hecho de que un coro en términos trágicos cumple una función definida: es la voz a partir de la cual habla la Polis. De esta manera, la ciudadanía (o un sector importante de ella) cuenta y comenta la historia de su propia sociedad desde sus propios anhelos, miedos, valores y tradiciones, que son subvertidas por el héroe.

Y es que la infancia, que mantiene una postura de sumisión e inocencia, se acaba casi al mismo tiempo que la novela, y es ahí donde el sentido de este coro se desdibuja como los marcianitos del propio videojuego (space invaders) dejando de ser el coro y transformándose en el héroe: encarna el proceso a partir del cual una sociedad decide cambiar y rebelarse contra el orden hasta entonces establecido.  

Cambio de fortuna y catarsis

“Somos la gran pieza de un juego, pero todavía no sabemos cuál” (Fernández 48) dice uno de los narradores, tal vez en uno de los gestos más trágicos que hila esta pequeña novela.

Para entenderlo, recordamos brevemente un elemento definido como fundamental en la acción dramática de la tragedia: La peripecia. Esta, en términos aristotélicos se da dos maneras elementales: el héroe, buscando evitar su destino (siendo engañado por los dioses) termina por desencadenarlo; o, buscando enfrentar su destino con nobleza, es vencido. En la novela, predomina el primer caso. Y es que todos los personajes, desde su inocencia, pretenden eludir un destino, una situación en la que han nacido y frente a la cual se sitúan precisamente a partir de su propia inocencia, de su vocación para el juego, donde su resistencia es casi inconsciente, lo que los hace perfectos para generar situaciones cuyo efecto será el temor y la compasión (es decir, la catarsis entendida en términos griegos, que genera una purga emocional). Así, Estrella mantiene correspondencia con Maldonado sobre su padre lastimado, Zúñiga se enamora de la hija de quienes detendrán a su familia y los chicos fantasean con el Chevette rojo del “tío Claudio” (el guardaespaldas de Estrella, implicado también en crímenes de Estado). “Los niños”, dice Fernández en la presentación del FCE, “no tienen consciencia completa del horror que están viviendo. No tienen miedo.”

Dentro de este marco, tal vez la escena más evidente de este cambio de fortuna es la de Zúñiga y Riquelme repartiendo panfletos para la Marcha del Hambre, que dejan en el suelo para que sean notados por los transeúntes. Ambos, entusiasmados con su propia valentía, logran pasar desapercibidos hasta que son descubiertos por el “tío Claudio” a quien saludan con simpatía, levantando la mano, devolviendo una sonrisa. Esta escena es una astucia narrativa que decanta en un devenir dramático: al ser un texto de narrador “coral” el lector sabe perfectamente que estos dos personajes inocentes (como Edipo frente a Layo) han sellado su propio destino infausto, lo que genera un sentimiento específico: temor ante el desenlace de una historia que pudo ser la propia, compasión ante las consecuencias inmerecidas que enfrentarán ellos y sus familias.

Anagnórisis: La revelación

Existe un momento en la tragedia que define el desenlace definitivo ante la acción heroica: “Es una transición de la ignorancia al conocimiento, llevando consigo un paso del odio a la amistad o de la amistad al odio en los personajes destinados a la felicidad o el infortunio” (Aristóteles 51). Esta anagnórisis, típica de la tragedia, aparece en la parte final de la novela (“Game over”) cuando se revela finalmente la realidad que corta de cuajo la ingenuidad de estos personajes que dejan de ser niños y salen a luchar a las calles: son los invasores de su propia tierra, dejan el juego pasivo para pasar al real (el de la política) y la novela se convierte en un bildungsroman. Como la nodriza ante Ulises, aquellos que fueron niños miran ante sus ojos la mano de madera que pasa de ser la particularidad de un papá del curso a la mano de un asesino. Acto de revelación metonímico, reconocimiento de la memoria que devuelve y resignifica la historia de una vida: cambia lo familiar por la herida. Los personajes finalmente han arribado al destino que el lector temía: saben que han sido víctimas de su propia inocencia.

La muerte de Estrella

Existe un principio de justicia en la tragedia que se trasmite con el linaje, el cual está tejido por venganzas mutuas, muertes injustas, peleas de poder; gesto repetido en espejo (peleas entre pueblos y familias) y en espiral (actitudes heredadas por generaciones). El héroe: “en aras del triunfo, sacrifica su Polis, su familia, desatiende sus deberes, traiciona la amistad. No obstante, tarde o temprano habrá de pagar por la injusticia cometida” (Serna 4). La venganza como forma de equilibrio obedece a un sentido de justicia superior, por lo que todo héroe trágico (piénsese en Clitemnestra muerta a manos de su propio hijo) sabe que un asesinato conlleva a su vez una muerte violenta propia o encarnada en su progenie. Así transcurre la muerte de este personaje que, siendo el central en la novela, es acaso el menos protagónico. Estrella, hija de un paramilitar sanguinario, muere asesinada a tiros a los 21 años, víctima de los celos de un teniente de Carabineros (su expareja y padre de su hijo).

Así, los crímenes de su padre contra su propia comunidad (las familias de sus compañeros de curso, ellos mismos, los muchachos degollados) termina con ella desangrándose en posición fetal en un hotel en Santiago. La ola de violencia continúa: se mata y se muere a hierro, siguiendo un orden crudo que obedece a un sistema de abuso y de intercambio. Temor. Compasión.

“El tiempo no es claro, todo lo confunde, revuelve los muertos, los transforma en uno, los vuelve a separar, avanza hacia atrás, retrocede al revés, gira como en un carrusel de feria, como en una jaula de laboratorio, y nos entrampa en funerales y marchas y detenciones, sin darnos ninguna certeza de continuidad o de escape.” (Fernández 56)

La escena final nos muestra precisamente este compromiso de los personajes que deciden afrontar su sino. En ella, formados en la misma calle, ya adultos, habiendo pasado por todas las revelaciones, dejan de ser los héroes de una peripecia en la que evitan su destino para pasar a enfrentarlo: “Estamos condenados a esta llamada telefónica, no podemos dejarla pasar” (Fernández 73). Forman todavía con sus uniformes pulcros y desgastados en una calle que aún los reconoce como invasores, un sistema del cual aún no han podido escapar, una deuda con esa muerte que todavía arde entre ellos. “Somos las piezas de un juego que no sabemos dejar atrás” (Fernández 73), una “lógica de guerrilla” de la que aun no despiertan pero que se suspende ante una llamada que ya no es posible eludir.

Este quiebre logra finalmente exceder el discurso trágico, a ese círculo vicioso de venganza y propone un atisbo de esperanza allí donde todo parece predestinado al fracaso. Es acaso un guiño hacia una generación acostumbrada a pensar en un futuro posible, en un albedrío que conduzca a una libertad genuina. Queda entonces una pregunta abierta, tal vez un posible desenlace que les permita escapar de lo trágico, que detenga el diálogo de sordos y comience a escuchar con atención, a mirar hacia atrás de otra manera, a despertar.

Sobre la muerte y el recuerdo

Billy G. Blacutt Vásquez

Hay almas que encarnan en cuerpos para transitar esta pasajera vida, hay cuerpos que trascienden en versos y en melodías para proyectarse en la eternidad, en este eterno juego de las existencias, es sin duda un maravilloso consuelo el saber que no todo es tan limitado como el mundo nos quiere hacer creer, que existen caminos alternativos para la espiritualidad como son el arte y mas específicamente la música, que es posiblemente otra forma de “ser”

Javier fue alguien que comprendió aquello, que desgranaba en cada nota que extraía de su instrumento ese elixir mágico que hace que los sentimientos dominen temporalmente la existencia, ese astral que se hace carne y nos despedaza el corazón, ese “no se qué” que le da sentido a nuestra memoria.

La noticia de su partida, trajo a mi mente y a mi corazón sentimientos difusos, recuerdos de hace 30 años atrás, de ese tiempo en que las prioridades en mi vida eran otras y mi manera de entender el mundo era mas simple, mas sincera, menos dolorosa que ahora.

Busqué en uno de esos baúles que los nostálgicos siempre tenemos, las grabaciones de las presentaciones que tuvimos juntos, ahí entre las fotos viejas, encontré los rostros de quienes me enseñaron tanto, las sonrisas de mis amigos olvidados, de algo que fue y no quiso volver.

Khonlaya … “Raza de trueno” melodías que invocan a la naturaleza que se proyecta en todo su esplendor, vientos místicos de cordillera, bombos locos, pampa, soledad y abandono que florece en lagos de acero y en el corazón de los hombres montaña, revancha del astro rey, andar sobre el camino, altura y profundidad del autoexilio del alma.

“La música es magia… Es lo único que el hombre tiene para poder cambiar su interior y su entorno, es la única forma de unirse con el todo y con todos” me dijo una vez mientras se preparaba para grabar algunas ideas que tenia…. Le dio una profunda aspirada a su pipa, encendió la vieja “Marantz” se colgó la guitarra y comenzó el ritual de invocación, creando circuitos armónicos en la guitarra y silbando y tarareando mientras se movía de un lado a otro de la habitación, yo lo miraba y disfrutaba este proceso de éxtasis musical, la canción iba tomando forma, se volvía coherente, comenzaba a tratar de imaginarme qué pasaba por su cabeza en esos instantes de lúcido extravió.

¿Como empezó todo? Corría el año 1988 yo era un jovenzuelo ávido por descubrir la vida y en compañía de varios compañeros de curso de colegio nos iniciábamos en la magna locura de la música, de apreciarla e intentar interpretarla, de tratar de plasmar nuestras primeras impresiones del mundo en composiciones tan inocentes y ridículas que hoy río mucho cuando las escucho.

Como miembros de esa cuasi elite bohemia solíamos frecuentar el crisol de la nueva cultura Orureña: “Galería Imagen” disfrutábamos de ir a escuchar poesía, y compartir escenario con otros músicos que al igual que nosotros buscaban “su sonido” su propia forma de expresarse.

Fue ahí donde nuestro querido Rolo Barrientos una noche de esas interminables extrajo de una caja algunos discos de vinilo, y ahí entre el Artaud de Spinetta y el Dark Side of the Moon nos presento un disco, su titulo “Expreso” del grupo Khonlaya, el instante en que escuche por primera vez “El Encuentro” mi cabeza sufrió una especie de golpe, una taquicardia prematura un “desnuque” un reset total, esa expresividad con instrumentos folklóricos como la quena y la zampona creaban un sonido único, tan diferente a los melosos lamentos de los Kjarkas y otros que campeaban en el ámbito del folklore nacional en esa época y que se marcaban como estereotipos inamovibles de ese genero.

El gusto por ese sonido se acrecentó cuando supimos que el grupo fue formado en Oruro por orureños y que Khonlaya significa en puquina, el idioma del pueblo Uru “Raza de trueno” inmediatamente me sedujo esa mística y coherencia. Sus canciones formaron, a partir de ese instante, parte del arsenal indispensable de las guitarreadas y los ensayos, las aprendimos de memoria y fueron parte de nuestra más pura esencia musical, de nuestras más profundas raíces.

Pasaron un par de años y un día un amigo me llama para avisarme que Khonlaya se iba a presentar en Oruro en dos de semanas y que nuestro amigo en común el quenista Iván Quintana estaba tocando con ellos.

Llegó el día de la presentación y ahí nos encontrábamos en primera fila, toda una generación desesperada por escuchar en vivo esas melodías que habían sido los cimientos de nuestra identidad musical, el show fue increíble y en el intermedio mientras mi amigo “Reptilio” y yo fuimos a conseguir un autógrafo y tal vez tomar un trago con los miembros del grupo, nuestro amigo en común Iván a momento de presentarme a Javier Melgarejo, le dice, “Este chango canta bien las canciones” y Javier sin titubear me dice que su vocalista de entonces, que era otro amigo, Ovidio Salvatierra, no había podido llegar y que si no me animaba a cantar con ellos, recuerdo que esa noche cantamos Ilusión Herida y Pero No. El sueño que había tenido tantas veces se cumplió.

Pasaron varios meses y en enero de 1994 recibí la llamada de Javier, quien me dice que estaba volviendo a armar Khonlaya que después de algunas desavenencias de los músicos había quedado fragmentada, y que iniciaríamos los ensayos esa semana en Oruro, además de solicitarme pueda buscar un bajista para el grupo, fue así que mi amigo Cesar Tovar y yo nos presentamos en el parque del Magdalena Postel con nuestros instrumentos en una soleada tarde de enero. Ahí nos reunimos con Javier Melgarejo (charango), Ramiro “Oso” Camacho (vientos y teclados), Iván Quintana (quena). René “Pitín” Sejas (batería) Cesar Tovar (bajo) y yo con la guitarra y la primera voz; luego llegarían los refuerzos de La Paz Carlos Ponce (zampoña) y su hermano Hernán Ponce (percusión). Así quedo conformada esa etapa de la legendaria banda, la cual sería mi familia durante un par de años. Los ensayos fueron extenuantes, con mucha disciplina y ahí comenzó a surgir, entre Javier y yo, una amistad especial. Sus consejos sobre solfeo, la forma en que él quería que cantase sus canciones… Él era un magnifico guitarrista y me dio mis primeras clases de armonía en ese instrumento que yo solamente aporreaba hasta ese entonces. Su paciencia me dio mis primeros atisbos de la “vida de músico” y en largas charlas pude aprender mucho de la “vida real”, de lo que el mundo quiere de nosotros y de lo mágico de desprogramarse y encontrar en la música ese sacacorchos cerebral que nos libera de la formalidad de la existencia domesticada.

Paseamos los escenarios de toda Bolivia intercambiando trabajo con grandes músicos como Einar Guillén y Marcus Fuzz, ese fue mi bautizo de fuego en los escenarios y la consumación del pacto con la música que hasta ahora es parte fundamental de mi existir. Javier siempre decía que nada es eterno y que las cosas no deben durar mucho tiempo, que solo así se garantiza que valdrá la pena recordarlas. Noches interminables de música, bohemia y locura que siempre terminaban en el “Ave Sol” o en alguna plaza, esa esquizo-sonia, plagada de excesos, esa necesidad de hacer música y crear en defensa propia, el chaki eterno de los que saltan escaques y juegan a la ruleta rusa con el diablo, eso era Javier Melgarejo, así lo conocí yo, así lo recuerdo al músico, al compositor, pero fundamentalmente al amigo y cómplice de un sin fin de aventuras, de ese “irse en LA”, de la indisciplina cotidiana de la libertad-libertinaje, la coherencia entre su pensar, sentir y actuar. Buena o mala, fue su forma de decirle a la vida que estaba presente y que no pasaría por ella sin dejar huella.

Estas líneas son solo un cumulo de sentires y memorias que ahora (siempre tarde como es costumbre), retornan a abrigar ese pedazo de mi ser que se quedó desnudo y abandonado en algún rincón del tiempo pasado. El recuerdo del tiempo que compartimos querido Javier está presente nuevamente aquí en ese rincón del espíritu que es la Patria de la “Raza de Trueno”. Sea para ti el más dulce “hasta pronto mi hermano” ahora que eres viento, ahora que eres cordillera y Cóndor, pampa y soledad, ahora que eres lago y mar, ahora que eres esencia, ahora que volviste a lo que realmente siempre fuiste… Música, el regalo de los dioses para las almas que en conciencia evolucionan. Te abrazo en la eternidad.

Las minas de Corocoro vistas por el ingeniero francés conde Augusto de la Ribette

José E. Pradel B.

Olvidado por la historiografía actual, el conde Augusto de la Ribette, fue un destacado personaje francés que contribuyó al estudio de la geología y mineralogía del Altiplano boliviano en el Siglo XIX. En su calidad de ingeniero mineralogista junto a sus compatriotas Lenunhot, Pissis y Jelowicki, fue contratado por el Gobierno boliviano, en 1845, para realizar estudios geológico-mineros; sobre ello, la prensa de la época detalló: “…se espera que el público, penetrado de su propia utilidad, ocupará á estos Señores en todos los negocios y empresas, que tengan relación con la profesión y especialidad de cada uno de ellos”[1].

Como resultado de sus observaciones en Corocoro, La Ribette elaboró el estudio intitulado: ‘Informe relativo a las minas de Corocoro presentado al Supremo Gobierno de Bolivia por el ingeniero subscrito’, fechado el 10 de julio de 1846, divulgado en dos entregas en el periódico ‘La Época’ de La Paz. De esta manera, lo reproducimos a continuación como un justo homenaje a su labor efectuada en nuestro país.

Posteriormente, nuestro biografiado fue destinado a Cochabamba donde realizó estudios de mineralogía y “se encargó de la dirección de la empresa del ‘Socavón del Rasgo’ y trabajó él mismo por su cuenta, las antiguas minas de ‘Santo Cristo’ y ‘San José Chico’”[2], apuntó el historiador José María Santiváñez. En la última mina citada, trabajó en sociedad con el minero Andrés Penny. Muchos años después, como miembro de la Cámara de Minería del Norte, juntó a los productores José Manuel del Carpio y Narciso de la Riva, presentó al gobierno el ‘Proyecto de Código de Minería’ (1858).

Lamentablemente, La Ribette, perseguido por el régimen de Melgarejo, emigró a Tacna “donde murió con la fiebre amarilla que asoló la costa peruana inmediatamente después del terremoto de 1868”[3], subrayó el célebre historiador Roberto Querejazu Calvo.

__________________

Informe relativo a las minas de Corocoro presentado al Supremo Gobierno de Bolivia por el Ingeniero subscrito [4]

Las minas de cobre de Corocoro, situadas a las 23 leguas de distancia y hacia el Sur de la ciudad de La Paz, son conocidas desde un tiempo inmemorial y fueron explotadas por la primera vez formalmente por una familia de Rodríguez que proporcionaba al banco de Potosí el cobre necesario para la fabricación de la moneda. El trastorno de 1781 arruino aquel trabajo como muchos otros, en aquel rico país, y fueron completamente abandonadas las minas de Corocoro hasta el año de 1830. En esta época, animado por noticias lisonjeras, que daban la esperanza de encontrar no solamente el cobre sino también la plata, vino el Sr. Don Claudio Rivero, actual Gobernador de la provincia de Ingavi, a establecer trabajos cuyo resultado fue encontrar minas riquísimas de cobre. Este suceso no tardó en atraer á otros mineros (algunos de países extranjeros) que dieron un impulso grande a la extracción del cobre; de modo que el lugar de Corocoro que poco antes estaba absolutamente despoblado, se hizo más importante, y ha llegado a tener una población, que según noticias que nos ha proporcionado el Sr. Loberna, alcanza al número de 5,000 habitantes, de los que se cuentan 2,000 trabajadores. Tales son los adelantamientos de las minas; y la cantidad de cobre extraída de ellas, estos últimos años, no ha bajado de 35,000 quintales: actualmente se aumenta de un modo grandísimo la importancia de este mineral, y nuevos descubrimientos hechos recientemente, dan una esperanza nada equivoca de la riqueza más asombrosa que se pueda conocer.

El terreno que encierra las minas de Corocoro pertenece a la clase de los terrenos secundarios que existen en la mayor parte de los Andes occidentales; las capas que le constituyen son compuestas de gredas y arcillas de diversas clases; pero las más veces rojas y penetradas de una multitud de vetillas de sulfate de cal (yeso). Este terreno muy regularmente estratificado, o formado de capas sobrepuestas, corre del Norte al Sur, formando muchos cerros puestos en un orden que sigue el mismo rumbo. Distintos trabajos están abiertos en seis de estos cerros, cuyos nombres son, principiando por el sur, el cerro Corocoro, el C. Yancollusta, el C. Quimsa Cruz, el C. Santa Rita, el C. Hornuni y el C. Leque; pues sigue la formación de un modo bastante regular en ambas direcciones, atravesando llanuras y cerros y se va á perder al Norte en la laguna Titicaca y al Sur en los cerros de Turco. Se advierte en toda esta longitud, que no tiene menos de 60 leguas, indicios de vetas ricas, y aún existen trabajos, al Sur, en Turrupi y en la Chacarilla, lugares distantes de Corocoro, el primero, 15 leguas y el segundo, 18 y que se hallan en la misma dirección de la veta explotada en Corocoro. Tan grandes son pues las esperanzas que ofrece un mineral tan extenso como regular en su formación.

Los metales se hallan generalmente en vetas que siguen su rumbo, cortando los cerros y las capas que muchas veces los constituyen. El origen de esas vetas es una cortadura en la corteza de la tierra, llenada de vapores, o proyecciones metálicas nacidas del fuego central. La formación del mineral de Corocoro es diferente y muy particular, y es la única que se conoce en su especie: sus metales se hallan no en vetas, sino en capas existentes en estratificación concordante con las otras del mismo terreno. Estas capas no son otra cosa que gredas compuestas de jeld, path, cuarzo y talco, cuyos granos son generalmente blanquizcos, a veces rojos o verdes y que han sido penetrados por partículas menudas de cobre metálico, fenómeno que ha podido efectuarse, cuando se formaron los Andes, cuya sublevación fue acompañada de la salida del seno de la tierra de vapores metálicos, que en otras partes han producido vetas formales, y que en este punto han penetrado las capas más blandas que han encontrado.

Se advierte que solamente tienen metales las gredas blanquizcas, y nunca las rojas ni arcillas que llaman en el país mazacote: se observa también que volviéndose rojas las gredas blancas o mezclándose con arcilla, pierden su riqueza, y este empobrecimiento lo llaman bazofia.

Por una falla que hubo, al mismo tiempo de la sublevación de los cerros, las capas presentan un orden tal que unas tienen su declive al Este, otras al Oeste, llaman estas últimas vetas y las primeras, ramos. Habiéndose hecho la falla según una de las principales vetas que llaman veta grande vienen algunos ramos a parar en ella. Las vetas y los ramos de hallan en una conformidad bastante de ancho y de riqueza: son unas y otras tan abundantes que su número no ha sido prefijable; solamente han sido reconocidas doce (12) vetas principales que se hallan a poca distancia unas de otras de la veta grande. El ancho de esas capas metálicas es muy variable y es desde 1/3 de vara hasta 3 varas; su riqueza también varia no solamente con las distintas capas, sino también con las partes de una misma capa, y ley de los metales está comprendida entre tres (3) y veinte (20) quintales por cajón. Se encuentran otras capas más pobres, las que no las explotan porque el trabajo no se compensa, siendo la ley de 3 quintales abajo.

El cobre se halla generalmente en los metales en estado metálico, su color es a veces rojo oscuro, otras veces amarillento claro, y también se encuentra cobre blanquizco, parecido al color de plata; en este caso el metal es agrio y tiene siempre arsénico.

Así como en las cabeceras de metales negrillos, el influjo del aire y de la humedad ha ocasionado algunas modificaciones formando pacos, las capas de cobre han tenido que soportar los cambios que no podían dejar de hacerse por las mismas causas. Así es que á la faz de la tierra se presentan las capas no con cobre metálico, sino con cobre y carbonato verde, o protóxido rojo, o dentoccido negro o carbonato negro. Estas modificaciones siguen algunas veces hasta una profundidad bastante grande y presentan una porción de metales que muy fácilmente podrían beneficiarse, fundiéndolos en hornos de reverbero con las mezclas de fundientes que indicaría el análisis del metal.

Pero los actuales explotantes desprecian completamente estas especies y solamente se ocupan de la barrilla, que es el metal donde se halla el cobre en estado metálico. Lo contrario hacían los antiguos Rodríguez, que beneficiaban por fundición los metales oxidados y abandonaban el trabajo, luego que encontraban la barrilla que no sabían beneficiar.

Otra modificación más notable y extraditaría se presenta en las capas de cobre, consistente en el prodigioso cambio de la barrilla de cobre en barrilla de plata. Antes de efectuarse ser este cambio se bazofian las vetas, esto es, cambian en rojas amarillas y arcillosas las gredas blancas y pierde su riqueza el metal de barrilla en que se halla mezclada la plata con el cobre: más adelante la plata se hace más abundante, sobresale al cobre y es probable que llegará á ser tan pura y abundante que se vea el cobre en su metal correspondiente. Hasta ahora la ley de los metales de plata ha variado de 4 marcos a 1,500, y se estima que la ley media será 70. El metal de plata tiene alguna diferencia con el de cobre en estar mezclado con una cantidad de sal marina. Lo mismo que el cobre se halla la plata en partículas irregulares diseminadas en chapas y pegaduras, en racimos y las más veces en granos mezclados con los de la greda, y algunas veces cristalizada.

No hay ni ley, ni regularidad con respecto a los puntos de las vetas donde se debe encontrar la plata: unos la han encontrado a profundidades pequeñas como de 70 varas bajo del nivel del Socavón, así ha sucedido al Sr. Teare, cuyo descubrimiento es el más formal e interesante. Los otros descubridores, que son la Sra. viuda de Pareja, el Sr. Grifes y el Sr. Benguria han hallado el precioso metal en profundidades menores y aun en las cabeceras más altas.

Ha hallado también el Sr. Benguria, en las cabeceras de las vetas de atrás, otro metal que no es ni cobre ni plata, sino un negrillo, cuya naturaleza no hemos podido averiguar por la falta de recursos necesarios para los respectivos ensayos. Este metal puede tener algo de plata como los demás de su clase que forman tantas vetas en Bolivia.

El haberse hallado este otro metal no es extraño, y en su formación, que como todas es hija de la casualidad, se pueden encontrar cualesquiera clases de metales.

Cierto es que el descubrimiento de la plata, del que solo ahora se aprovecha, no es tan reciente, pues ha algún tiempo que han tratado como barrilla de cobre blanco la barrilla de verdadera plata. Parece también que los antiguos habían reconocido esa riqueza pues el Sr. Rivero emprendió sus trabajos con la esperanza de encontrar la plata, y solo saco cobre; pero dichos trabajos ofrecen aún muy grandes esperanzas.

No falta en Bolivia metales de mayor ley que estos: así el hermoso mineral de Oruro tiene riquezas muchísimo más grandes; pero lo que da al mineral de Corocoro una importancia particular y que asegura un buen suceso en la explotación, es la naturaleza misma del terreno. Este terreno es de una clase tal, que no se puede encontrar otro mejor para abrir trabajos de minas; tiene la doble proporción de ser a un mismo tiempo blando y consistente, y así permite la adopción de las disposiciones más regulares y cómodas. Se consigue una gran celeridad en cavar las galerías, y se trabaja ahora un socavón perteneciente al Sr. Millet[5] que en dos meses y medio se ha adelantado hasta 115 varas; circunstancias semejantes presenta otro socavón que construye la Sra. viuda de Pareja.

Siendo pues tan fáciles y seguros los trabajos, no habría dificultad en entablar explotaciones conformes a las mejores reglas. De todos los minerales que hemos visitado en Bolivia, Corocoro es el que respecto a los trabajos de minas está más adelantado. Las galerías y socavones son más regulares que en otras partes: se han adoptado para el transporte interior caminos de hierro y de madera, con carriles bastante bien compuestos; pero aún hay mucho que hacer para aproximarse a la perfección: a la verdad, se puede decir que no se advierte en la explotación ninguna regularidad, ningún sistema, ninguno de los medios conocidos para asegurar la completa y fácil saca del metal, lo que sería demasiado largo exponer en este informe.

Esto mismo y aún más se puede decir del beneficio de los metales que se hace de un modo muy imperfecto. Aun no es arreglado el beneficio del metal de plata: el del cobre cosiste en una molienda que se hace con Quimbaletes, y una limpia efectuada en Canaletas bastante parecidas a lo que es conocido en la ciencia con el nombre de mesas alemanas: este mal método emplea muchos brazos y ocasiona pérdidas tan grandes que permiten el beneficio de los relaves con provecho, y todo lo que con él consiguen es una barrilla mezclada de mucha arena y cuya riqueza es a lo mas de 75 centavos. Dicen los explotadores que han ensayado otras máquinas, cuyos efectos nunca han sido tan buenos que el de los Quimbaletes. Cierto es según datos que hemos recogido que habiéndose hecho mal esos que demandan una rigurosa precisión, ellos se han visto precisados á dejar un sistema de máquinas y a volver a los antiguos Quimbaletes, más fáciles de manejar.

Creemos pues que más bien y con mejor economía, se beneficiarían los metales de cobre, haciendo la molienda por medio de almadanetas con agua y laberintos; pues limpiando con mesas durmientes y horribles o cedazos y aplicado bien ese sistema que tan perfectamente sirve en la Europa, aun con metales mucho más difíciles de beneficio, no habría tantos desperdicios, ni se enviarían a los países extranjeros los metales mezclados con arena, que no necesitan, y que aumentan inútilmente el gasto de transporte. Tanto más fácilmente se establecerían esas máquinas, poseyendo el país ríos que ofrecen la proporción de fuerzas hidráulicas bastante grandes. Ya han aprovechado de esta circunstancia y existen algunos ingenios donde reconocen esfuerzos que hacen esperar mejoras.

También hay cuatro establecimientos con hornos para fundir el metal de cobre, de los que solos dos están en ejercicio por la escasez de combustible. Estos hornos dejan que desear en su construcción y en el modo como hacen la fundición, pues que no se practica con fundientes convenientes, de suerte que se hacen perdidas notables. Deberían pues emplear en proporciones indicadas por la composición del metal, cal, y también carbón de madera: su objeto seria reducir el cobre que se halla en porción bastante grande en estado mineralizado.

Respecto a los metales de plata, creemos que la base de su beneficio debe ser, como para el cobre, una buena preparación mecánica, es decir, una molienda y limpia por medio de maquinarias perfectas. Así se separarían, no solamente los metales de las arenas, sino también la plata del cobre. Este beneficio tiene por objeto separar las materias ligeras de las pesadas y sirve perfectamente, según hemos visto en Francia, aplicado a separar materias cuyo peso específico varía de 4 a 6: con mayor razón saldrá bien con la plata cuyo peso específico es 11,494 siendo el del cobre 7,783 y el de las arenas 1,5.

Los productos de esta primera operación, que merece un gran cuidado, serian: plata pura, cobre puro y arenas abundantes que se recogerían, porque podrían aun contener algo de plata; en este caso se volverían a moler con mas perfección con azogue, el que tomaría los últimos restos de la plata: además, la plata que tendría un poco de cobre podría refinarse fundiéndola con salitre que oxidaría y convertiría en escoria el cobre y los otros metales oxidables que podrían encontrarse. También el cobre que tendría un poco de plata podría, si conviniese, someterse a la operación que llaman licuación por medio de la cual se sacaría la plata.

Así marchando con observación y estudio de debe llegar a un beneficio perfecto, y se evitará ese triste espectáculo de pérdidas y pobreza que se ve en tantas partes en medio de riquezas magnificas. Resultados grandes se deben conseguir en ese mineral, donde el trabajo de minas y el beneficio del metal son igualmente fáciles, y de cuya riqueza probable se tendrá una idea, calculando que en la mina del Sr. Teare, donde han reconocido el metal de plata en un largo de 60 varas y una profundidad de 30 varas, con un ancho de 2 varas, ya tienen a vista cerca de 1.500 cajones que representan, suponiendo por lo menos una ley de 70 marcos, un valor de 840,000 y todavía están en los principios del descubrimiento que merece mejorará más adelante. Hay esperanza de encontrar estas mismas circunstancias no solamente en las otras minas, sino en todo el largo de esa cadena, de la cual es Corocoro el punto central.

Ha llegado pues para Bolivia una época muy prospera y que todo concurre á hacerla grande y gloriosa. De todas partes se anuncian mejoras y adelantamientos y felices acontecimientos; el mineral de Corocoro es llamado a representar un papel importante en ese admirable movimiento, que creado y favorecido por el apoyo los estímulos y los beneficios de la paz, proporcionados por un gobierno fuerte y patriótico, no puede dejar de llevar pronto a Bolivia al primer rango de los Estados de la América del Sud.

Corocoro, 10 de Julio de 1846.- C. A. de la Ribette.

* José E. Pradel B. Estudió en la Carrera de Historia de la UMSA


[1] “La Época”, La Paz, 29 de septiembre de 1845, p. 4.

[2] Santiváñez, José María: Vida del general José Ballivián. Imp. de ‘El Comercio’, New York, 1891, p.153.

[3] Querejazu Calvo, Roberto: Llallagua. Historia de una montaña. Editorial Los Amigos del Libro, La Paz-Cochabamba, 1977, p. 53.

[4] Se ha alterado la ortografía, modernizándola para facilitar su lectura y comprensión. RIBETTE, Augusto (de la): “Informe relativo a las minas de Corocoro presentado al Supremo Gobierno de Bolivia por el ingeniero subscrito”, “La Época”, La Paz, 12 y 17 de agosto de 1846.

[5] Jean Millet, minero francés que durante la década de 1840, fue uno de los más importantes habilitadores de Corocoro, radicó en este centro minero hasta 1858 aproximadamente.

Humanísima Ana Luisa Amaral

El poeta y editor español Rafael Saravia (Málaga, 1978), nos envía este homenaje a la poeta portuguesa recientemente galardonada con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Rafael Saravia

Hay autores que conciben el camino de la escritura como un trampolín mediático hacia la conquista del glamour y el reconocimiento social y otros que saben que escribir no procura nada más que duelos internos por acceder a las cuestiones que vertebran la condición humana.

Hace apenas ocho o nueve meses tuve el privilegio de poder dialogar con Ana Luisa Amaral e intercambiar pensamientos y posicionamientos en torno a lo que la poesía supone para la vida. Todo empezó en la construcción del XVIII Premio Leteo que desde la pequeña ciudad en la que vivo, León (España), entregamos a la poeta lusa. Ana Luisa Amaral es sin duda una de las poetas vivas más importantes que la lengua portuguesa tiene. Es muy triste saber que un país vecino, con el que configuramos nuestra geografía emocional e histórica, esté a veces tan alejado de las realidades vecinales, ciudadanas y, por qué no decirlo, comerciales de nuestro día a día. Hay más conocimiento de la actualidad literaria de Portugal en Bolivia que en España siendo nosotros vecinos sin apenas frontera.

Conocí la obra de Amaral por el también poeta y amigo Juan Carlos Mestre, fue rápido mi interés por su obra y me di cuenta que una poeta de tanto bagaje apenas tenía obra en España. Sus libros se reducían a dos: “Oscuro” publicado en el 2015 por la exquisita Olifante Ediciones y una recientísima edición titulada “What´s in a name” publicada por Sexto Piso que apareció en mitad de la pandemia en el verano del 2020. Había en las redes más propuestas de Ana Luisa en castellano, pero todas ellas publicadas en Latinoamérica.

A raíz de la concesión del Premio Leteo pude hablar, reír, emocionarme y enfatizar en esa postura sobre la cualidad disidente que la poesía debía manejar para que realmente fuese poesía viva. Ana Luisa Amaral ejerció sin duda como una maestra en el arte de la convicción a través de su emotividad. Ella cree radicalmente en eso que de otra manera nos había contado Ciorán del ser humano; Ana Luisa cree que la poesía no vale para nada, por eso es importante, porque al no valer no se puede mercadear con ella de manera impune. En las múltiples conversaciones que tuve con Amaral salí lleno de revelaciones, salí convencido de que ella cree firmemente en la libertad del lenguaje poético y supe que el respeto que le tiene a la conducta poética la convierte en poeta por encima incluso de sus fantásticos textos.

Vitalidad, emoción, disidencia y resistencia para una carrera que se antoja más circular que lineal, así es la trayectoria que ha labrado Ana Luisa Amaral a través de su pensamiento y vivencias.

En este sentido, pocos son los escritores que ansían coleccionar dudas para seguir preguntando a la vida por sí misma. Vivimos tiempos donde la certeza se impone como seña ideológica y el cuestionamiento crítico no tiene ningún valor pues cosecha resultados muy lentos –a veces hacen falta decenas o centenas de años para saber lo que siempre se intuyó desde la duda formulada–. Dentro de este grupo pequeño de amantes de la duda se encuentran normalmente los buenos poetas. Son ellos los que desde ese “no saber sabiendo” que apelaba el querido Juan de Yepes –más conocido como San Juan de la Cruz– fijan el canon de la mirada diaria en esa otredad, a veces cotidiana, que hace que nuestros gestos cobren una importancia y profundidad diferente a la que creíamos entender. No se hace desde la poesía por mero capricho –el juego permitiría triunfar notablemente más si la voraz economía de lo vendible se hiciera libro de autoayuda con estrategias sórdidas y engañosas–. Se hace sin duda por un amor a la verdad tan grande que la equivocación en estos casos es cáliz de redención y nunca perversión por conseguir un lector –una venta– más.

La bonhomía de Ana Luisa Amaral no es signo de descuido o candidez mal entendida. Es una búsqueda de décadas por mejorar la condición humana a través de los gestos mínimos que nos hacen bellos seres frágiles ante el atropello del ego que nos consume. Los poemas que construye en su día a día –me consta que todo para ella es susceptible de convertirse en poema si la palabra precisa sale de la oscuridad que renombra– funcionan como auto cuestionamientos que se extienden desde lo íntimo hasta lo universal de manera fantástica.

Ya escribí no hace mucho sobre los textos de Amaral en una reputada revista española, allí contaba sobre su primer libro en España que eran textos donde la épica, la historia, la reconstrucción de las tradiciones y la búsqueda perpetua se hacían hueco en su producción poética. Ese libro ya vigilaba y exponía parte de las inquietudes humanistas que sacuden la escritura de Amaral, me refiero al título “Oscuro” editado por Olifante Ediciones. De su segundo libro “What´s in a Name”, traducido por la también poeta Paula Abramo dije que es un libro que responde desde la poesía a esa cuestión universal… ¿Qué hay en un nombre? Y el matiz de que el título lleve la palabra “Nombre” en mayúsculas nos hace profundizar más en la intención de la autora: ¿Hay objetividad en el acto o en su nominación? ¿Se puede separar el hecho de nombrar con el hecho de sentir lo nombrado? ¿Hay una única forma de comprender la vida, sus revueltas, sus desbordantes posibilidades? ¿Esa forma de comprendernos es parte de la cárcel del lenguaje?

La humanidad, humildad y derroche de conocimiento –no en vano es una de las grandes expertas en literatura anglosajona con traducciones e investigaciones sobre Emily Dickinson o el propio William Shakespeare por poner algún ejemplo– hacen de Ana Luisa Amaral una voz potente generadora de maestría. Una voz que reconoce al yo poético más allá del sustrato superficial que el ego desarrolla y que amasa profundidad, generosidad y sencillez en dosis inequívocas de brillantez escritural.

Ahora se le ha concedido el XXX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Un galardón que hace redimirse un poquito al gran corpúsculo institucional que menciona y visibiliza –casi siempre con un retraso pasmoso– la realidad literaria. Ana Luisa se merece desde el primero hasta el último de los votos que la han hecho merecedora de esta distinción y creo firmemente que aporta más ella al galardón que viceversa. No en vano son múltiples los premios que esta poeta acumula y que ella agradece siempre con humildad pero que sin duda cada uno de ellos tienen justificadísima su nominación. Para poco sirven los premios si no es para visibilizar lo importante, por ello este galardón real concedido a una republicana de pro hace que tengamos esperanza en el ser humano –también en el sector editorial– y salgan desperezadas ediciones imprescindibles de Ana Luisa Amaral en nuestro idioma hermano del suyo.

Para que nombrar tenga un significado profundo, para que la comprensión del mundo escape del canon utilitarista, necesitamos personas que tengan la delicadeza de pensar lo nombrable, necesitamos poetas que se atrevan a cuestionar hasta el orden predefinido de lo intangible. O como diría Ana Luisa Amaral:

“Pregunto. ¿Qué hay en un nombre?
¿De qué espesura está hecho si se atiende,
en qué guerras se ampara,
Paralelas?
¿Linajes, suelos serviles,
razas domadas por algunas sílabas,
pilares de la historia sobre leyes
que en fuego y llamarada se forjaron?
extirpado el nombre, quedará el amor,
quedaremos tú y yo, aun en la muerte
aun sólo en el mito […]”.

“Lo más importante que tenemos los bolivianos: ¡la cultura!”

Mario Molina Guzmán

“…cumpliendo nuestra promesa ante el pueblo boliviano, restituimos el Ministerio de Culturas (…) dar espacio a lo más importante que tenemos los bolivianos: ¡La Cultura!”

 (Luis Arce, discurso de posesión de Sabina Orellana, 20-11-2020)

Parecía que el tormentoso desmantelamiento y desaparición del Ministerio de Culturas y Turismo (por ser un gasto absurdo, según Jeanine Añez), había llegado a su fin. Esperanzas de mejores días entibiaron los espíritus y las ilusiones.

Pero, ¿qué hubo antes? ¿Cuál es el balance de 14 años de gestión gubernamental y 10 desde la instauración del Ministerio de Culturas y Turismo durante el gobierno de Evo Morales? Ejercieron cinco ministras(os); el período continuo más largo alcanza a dos años y nueve meses, el más corto solo a un año y 11 meses; en suma, una gestión altamente volátil y discontinua operativamente, con extravíos inexplicables en la gestión al punto de centrarse en patrocinar deportes motorizados durante varios años.

La prioridad debió haber sido abordar la Ley de Culturas, motor del propio ministerio, para definir el corpus ontológico y estructural de la cartera llamada a garantizar el uso, goce y disfrute de los nóveles “derechos humanos culturales –que llegaron para quedarse con la Constitución Política de 2009–; después de 12 años, es una tarea que sigue pendiente. 

No cabe duda de que la CPE vigente marca un punto de inflexión en la dogmática constitucional boliviana; en materia de cultura, es fundacional: crea, declara y expande sus alcances a ámbitos otrora impensados: los mundos geográficos distintos de la ruralidad y los complejos universos urbanos, las regionalidades, multiculturalidad,  multilingüismo, multiidentidad, plurinacionalidad, multietnicidad, género, segmentos etarios; factores todos que deben engranar operativamente en los niveles nacional, subnacionales y autónomos en una sociedad en que la autoafirmación es un imperativo existencial, frente y en medio de la aldea global, con los desafíos, amenazas y oportunidades que entraña la jungla posmoderna.

En paralelo y desamparo, el flujo de las energías creativas de tan diverso conglomerado, encuentra canales de expresión en manifestaciones culturales múltiples y heterogéneas por medio de urdiembres pretéritas, soportes físicos y virtuales, técnicas, disciplinas, artes, lenguajes y formas inagotables, en permanente creación y búsquedas. Lo expresado, aderezado con aromas y sabores aprehendidos junto con las palabras en el sosiego del regazo materno. 

En contrapartida, el mandato del poder constituyente originario nos ha provisto de un concepto holístico de cultura; amplio, cimentado en visiones y categorías antropológicas. El giro trascendental se opera con la entronización de la cultura en el olimpo de los derechos humanos. ¡Qué cambio! Qué inmenso desafío para repensar en una nueva ingeniería del Ministerio de Culturas, apto para garantizar el uso goce y disfrute de los derechos culturales de todos y todas las bolivianas. El derecho a la vida es la piedra angular hacia donde confluye todo el entramado de los DDHH; los derechos culturales, a partir del específico ethos de pertenencia, es el “cómo quiero vivir”.

Por esta su condición de derecho humano de la cultura, el Estado está constitucionalmente obligado a programar presupuestos suficientes y garantizar desembolsos oportunos, ¡sin ninguna condicionalidad previa! Exactamente igual que el derecho a la salud, al agua o la educación. ¿Existe la voluntad política para hacerlo, ahora?

Resulta pertinente auscultar si el restituido Ministerio de Culturas tiene la estructura adecuada para iniciar, desarrollar y conducir los procesos pendientes desde 2009. ¿Por dónde comenzar? El solo ejercicio de construcción de una ficha esquemática de un futuro proyecto de ley general o marco de culturas pondría sobre el tapete de análisis el complejo entramado de categorías, conceptos, proyectivas de políticas, planes y programas; instrumentos de control, seguimiento y evaluación; definición de políticas sectoriales, competencias y coordinación y, un prolongado etc.

Miremos el ámbito subnacional: de los 340 municipios y autonomías indígenas que tiene Bolivia, solo tres (menos del 1%): La Paz, Sucre y Santa Cruz, han aprobado su respectiva Ley de Culturas que aún no cuentan con reglamentos; y no hay visos para descentralizar la gestión. Es una consecuencia refleja y ha resultado más perniciosa de lo imaginable. ¡Estamos en alta mar más de una década, sin carta de navegación, astrolabio, brújula, ni rumbo definido!  

En los ámbitos urbanos, el macromundo artístico ha sido diezmado por la pandemia; pero duele comprobar que más que por la pandemia, es por la inexistencia de políticas públicas culturales; entiéndase como reglas claras que eviten recortes, disminución de ítems, anulación de programas, incumplimiento de contratos, hasta el inverosímil incumplimiento de pago de premios otorgados (vulgar estafa). Es una situación que produce desempleo, pérdida de puestos laborales, talleres en silencio, abandono de sueños y proyectos de vida. Quítale al ser humano sueños e ilusiones… ¿Qué queda?

Estamos enfrentando un proceso de depauperación del sector que se está desconfigurando peligrosamente. Son demasiados talentos eximios que están sobreviviendo enajenados de su vocación. ¿Quién llena ese vacío del capital social que permite reproducir el ethos de la patria?

El 12 de marzo pasado renunció Cergio Prudencio Bilbao al cargo de viceministro de Interculturalidad, cartera responsable de generar y conducir, entre otras, políticas para las manifestaciones culturales. Expuso que su despacho “…quedó sin margen institucional de operaciones efectivas, con recursos humanos insuficientes y carentes de infraestructura adecuada…”.  Es tiempo de que el Ministerio de Culturas deje de ser una decoración de utilería. El discurso presidencial del pasado 20 de noviembre fijó objetivos inmediatos, ¿se habrá movido algo? Hasta aquí, en cuanto a culturas, paradojal pero evidente, es que estamos frente a un Estado estupefacto ante a su propia Constitución.

La falta de racionalismo en la vida social boliviana

H. C. F.  Mansilla

La carencia de valores racionales de orientación en la Bolivia contemporánea puede ser rastreada mediante el análisis de aquel estrato pensante que afirma ser el depositario de la razón histórica.

Muchos intelectuales de izquierda, en todas sus formas de manifestación, están todavía contra un orden social abierto, moderno y pluralista. Como dijo en una entrevista el destacado historiador mexicano Enrique Krauze, estos intelectuales se parecen mucho a los obispos católicos del siglo XIX: son provincianos y pueblerinos, y también dogmáticos, arrogantes y se creen los únicos depositarios de la verdad histórica. Aquí está el principal problema de las fuerzas de izquierda en su configuración actual: no son conscientes de los peligros y las consecuencias que entraña un orden autoritario. A los intelectuales progresistas les falta igualmente la virtud de la ironía que es, entre otras cosas, la capacidad de cuestionar las convicciones propias más profundas y verse a sí mismos con algo de distancia crítica. Y, como agrega Krauze, el populismo levanta alas cuando “los más lúcidos renuncian a decir la verdad por miedo a ser impopulares”.

Para la mayoría de nuestros intelectuales de izquierda no ha existido el totalitarismo de la Unión Soviética bajo Stalin o de China en la época de la Revolución Cultural. Ellos prefieren ignorar asuntos como Cambodia bajo Pol Pot, Corea del Norte desde la instauración de la dinastía Kim o Cuba durante los gobiernos de los hermanos Castro. Los intelectuales progresistas no quieren percatarse de que a menudo los regímenes izquierdistas y populistas han resultado ser un remedio peor que la enfermedad socio-histórica que pretendían curar.

Se puede afirmar, con cierta cautela, que en Bolivia los intelectuales no se interesan efectivamente por los derechos de terceros, por los problemas del medioambiente o por una educación moderna, racionalista y democrática. La crítica de las izquierdas es indispensable porque a través de este esfuerzo podemos acercarnos a comprender la magnitud y la intensidad de la cultura política autoritaria que lamentablemente todavía predomina en el país. La crónica de los últimos años en Bolivia nos ha recordado la vigorosa persistencia de valores tradicionales que van desde el machismo cotidiano hasta la irracionalidad en las altas esferas burocráticas. Las consecuencias son muy variadas: la pervivencia de una burocracia muy inflada y poco productiva, el saqueo irracional de los bosques y de otros ecosistemas naturales, la improvisación en todos los ámbitos y el pensar permanente en el corto plazo. Un ejemplo elocuente de esto último es el reparto de los parques nacionales a favor de agentes inescrupulosos que siempre tienen buenos contactos en la burocracia estatal. En el campo gubernamental la preocupación por la conservación del entorno natural a largo plazo ha mostrado ser mera retórica, y esto en todos los gobiernos.

Hay que señalar que la mayoría de los feminicidios ocurren precisamente en la Bolivia premoderna. Se trata, por supuesto, de un tema incómodo, y por ello muy interesante para una discusión teórica. Igualmente incómoda resulta la aseveración siguiente. Los sucesos de los últimos tiempos nos señalan claramente que una buena parte de la población boliviana es reacia a comprender concepciones abstractas como el distanciamiento social en ocasión de pandemias, los derechos de terceros, el pluralismo cultural, el Estado de derecho y el pensar en el largo plazo. Son fenómenos asociados al racionalismo, tendencia teórica y social que fue muy escasa en la época colonial y que no ha sido aclimatada adecuadamente durante la república. El sistema escolar, las tradiciones populares y hasta los intelectuales más ilustres promueven un modelo civilizatorio basado en los sentimientos, las emociones y las intuiciones, que puede ser muy fructífero en el campo cultural y en la vida familiar, pero que es anacrónico y hasta peligroso en las esferas política y económica.

La inmensa mayoría de la nación boliviana no es, por supuesto, partidaria explícita del autoritarismo y de la irracionalidad sociopolítica. En el ambiente familiar y local ha desarrollado valiosas normativas de orden ético congruentes con principios racionales, que, lamentablemente, no son extendidos al conjunto de la sociedad y menos a la esfera política. El potencial antidemocrático y antipluralista, por lo tanto, sigue siendo alto porque el culto de los sentimientos y las emociones colectivas y el desdén del racionalismo político permanecen como predominantes. Esto se percibe claramente en la incomprensión de concepciones abstractas como distanciamiento social (en el tiempo de la pandemia del coronavirus), derechos de terceros, pluralismo ideológico y cultural de parte de dilatados sectores de la nación.

Insisto en debatir esta temática porque nos muestra lo difícil que es para la mentalidad tradicional boliviana el pensar racionalmente y a largo plazo. Por ello creo que la gravedad de la situación a largo plazo, dependiente de la conjunción del crecimiento demográfico con una utilización abusiva de nuestros fundamentos y recursos naturales, no es comprendida en toda su magnitud e intensidad por la mentalidad tradicional de la mayoría de la población, ni tampoco por los círculos políticos hoy prevalecientes ni por los intelectuales que podrían influir sobre la opinión pública. Como los síntomas actuales son de un empeoramiento progresivo, pero no dramático de las condiciones ecológicas, existe el peligro de que los gobiernos implementen medidas serias para salvaguardar el medioambiente cuando ya sea demasiado tarde. Los factores tiempo, irreversibilidad, acumulación cuantitativa de hechos que repentinamente originan una nueva calidad, representan lamentablemente elementos de juicio que están fuera del pensamiento pragmático, utilitario y centrado en el corto plazo que prevalece aún en la mayoría de la sociedad boliviana.

Estos argumentos y, en general, los postulados pro-ecológicos apuntan a un plano racional, mientras que las ansias de crecimiento y progreso materiales tienen que ver primordialmente con el nivel preconsciente y emotivo de la mentalidad colectiva. Ninguna sociedad renunciará a edificar instalaciones industriales que brinden trabajo, ingresos y adelantamiento económico si alguien demuestra que a largo plazo ellas conllevarán daños para los nietos. Primero viene la satisfacción de los anhelos urgentes y de los profundos, mucho después la reflexión sobre las consecuencias de nuestros actos. Además, poquísimas personas están (y estarán) dispuestas a poner en cuestión las bondades aparentes de la industrialización, la agricultura intensiva y la modernización, pues estas actividades encarnan los esfuerzos sistemáticos y los éxitos indiscutibles de varias generaciones. Al hombre normal no se le pasa por la cabeza que las labores más esmeradas y tecnificadas de buena parte de la humanidad vayan a ser en el futuro las causantes de estragos irreparables.

La mentalidad tradicional sigue vinculada a los sentimientos colectivos y a las emociones profundas, sentimientos y emociones que tienen mayoritariamente una opinión despectiva con respecto a los análisis racionales; por ello rara vez intentan comprender el campo discursivo del adversario. Como se sabe, el peligro inherente a las emociones, a las intuiciones y la mística en el terreno cultural es el surgimiento de élites privilegiadas de iluminados que interpretan la realidad –siempre complicada, plural y opaca– en nombre de las masas. Los sentimientos son extremadamente importantes en la vida íntima de las personas, pero cuando son transferidos al campo político se exponen con relativa facilidad a ser manipulados por los expertos en cuestiones públicas. Es la eterna repetición de lo ya conocido y experimentado.

Psicoanálisis y poesía: Edmundo Camargo en el tiempo de la muerte

Rosalba Guzmán Soriano

El siguiente comentario nace a raíz de la lectura de un artículo presentado por María Elena Lora en el espacio “Psicoanálisis y literatura” de la Nueva Escuela Lacaniana, Delegación Cochabamba, que hace un paralelismo entre psicoanálisis y poesía a partir de la obra de Edmundo Camargo, precisando la invitación del psicoanálisis a tejer con la palabra, a hacer significar más allá del hecho en bruto.

La palabra viva dice lo que no dice, dice más allá de la metáfora o metaforiza lo real.  Evidentemente, ese es un intersticio en el que el inconsciente y la poesía logran rozarse en los pliegues de la piel compartida en ese umbral. Así el psicoanálisis y la poesía, como puntualiza María Elena, “logran un decir de lo que no puede ser dicho”. 

Para el psicoanálisis el goce es aquello que va más allá del principio de placer, lo que no cesa de inscribirse en el inconsciente; el goce, en ese sentido, supone un sufrimiento en que el sujeto se ve lanzado a la repetición. Siguiendo este razonamiento Lora propone que, mientras el goce del sujeto encarna en su síntoma un sufrimiento encapsulado, para el poeta hacer poesía es un goce que se comparte. Yo diría que la poesía es la construcción de una llave mágica que abre el camino para nombrar ese dolor.

Otro punto a destacar en el artículo de Lora es la analogía entre la palabra analítica y la poética: el analista revela en su decir esa no correspondencia con la palabra del otro. La palabra analítica entonces puede tener un saber decir en el silencio, en el gesto, en un murmullo, en un pequeño acto, en un corte… La palabra poética tampoco se registra en la sintaxis prosaica de los dichos, va siempre más allá y así se constituye en una esfera de significaciones agalmáticas en el cuerpo del lector. Esto hace referencia al lazo entre un lector y un poema que de pronto lo toca, lo conmueve, crea resonancias. 

Edmundo Camargo, poeta chuquisaqueño, encontró su hogar en Cochabamba. Camargo dejó una herencia riquísima en los anales de poesía boliviana. Fue un hombre que vivió poco, no llegó a los 30. Murió a los 28 años dejando una única obra póstuma que publica otro reconocido intelectual (Jorge Suárez): “Del tiempo de la muerte”, libro que retoma Lora para su análisis.

                                      Yo tuve que nacer después de tanta herida
entre el ángel sanguinario
cuya espada abrió arpas de sangre.

                                       Era ya un día antiguo
bajo la sombra cárdena de las palomas
un tiempo mensurado
por este cementerio de sangres
que aún no es mío.

                                      Yo tuve que llegar
rompiendo las palabras
las formas
atravesar primaveras oliendo a azúcar
entre una población innominada
hallar arcilla para mi voz
manchar los lienzos puros de la nada
de pronto ver cómo del cieno
sonando antiguos cráneos
de la ceniza
un oleaje disforme de hombres
subía hasta mis límites
y hundían en mi sangre sus rostros
su vocerío ávido.

                                       Inmersa la población
desde el principio sus engranajes
pulsaron este tiempo que es mi tiempo
midieron esta voz
unánime dolor.

                                       El dios golpeó las húmedas estatuas
unió miembro con miembro
a dos gargantas dio el mismo signo
los órganos se confundieron
como barro enredando sus reptiles
los sexos fueron uno.

                                       Y entre tiempo que es de todo tiempo
de esa informe población
nací como un resumen de la muerte.

Para Lora, la palabra plena permanece conjugada al deseo y a la verdad de goce. Ante el vacío, en la poesía como en el psicoanálisis, no hay revelación sino creación.  Podemos pensar entonces que la travesía de un análisis es una travesía poética, marcada por el recorrido de los laberintos de la muerte, de la miseria y de la deflagración.

Ese saber hacer sobre el vacío, nombra la nada iluminando la oscuridad, la oquedad. Camargo no necesita tiempo, experiencia, saber, es el ser frente a la muerte, su poesía “hace hablar a la muerte”, nombra en el vacío lo que la muerte propone como horizonte. Y lo hace de un modo espeluznantemente bello.

Lora cita el verso “Nací como un resumen de la muerte” e interpreta ese enunciado como testimonio de un lazo fraterno, o más aún como si la muerte fuera su partenaire. Dirá “Camargo ilumina con poesía el espacio oscuro de la muerte; el cuerpo como un territorio donde habita el goce, nos permite escuchar el silencio de la muerte en medio del ruido de la vida”. El poeta se asoma a la nada, al vacío, lo bordea tocando sus aristas y dándole nombre con un lenguaje propio y singular. El cuerpo para el psicoanálisis es el yo, la imagen corporal que se refleja en el espejo en el que Narciso se dejó caer. El cuerpo es el depositario de los afectos, el espacio sensible de la mirada del otro, el hogar del sufrimiento y las pasiones del alma, desde ese cuerpo es que la muerte grita su silencio, el mundo calla.

                                    Quiero sentir la tierra circular por mis venas
morderla fríamente, clavarla con mis tibias
sintiéndome en su inmensa placenta, adormecido
como un niño a la espera de un nuevo natalicio.

Lora termina marcando el lazo que el poeta hace con la muerte, su reconciliación con ella, “un motor, en tanto crea voluptuosidad, da forma, voz, palabra”, así entonces revela el secreto del poeta, ese presente en su realidad discursiva que le permite crear sin negarla, sin pelear con ella, aceptando que morir es un acontecimiento de la vida.

El escritor y la ideología

Christian Jiménez Kanahuaty

Se ha dicho hasta el hartazgo de que el escritor es parte del mundo de lo social y por tanto está cargado de ideología, y que por ello, su representación de la realidad en lo escrito no es sino, la selección ideológica que él hace de los materiales simbólicos y referenciales que haya y que piensa que pueden ser narrados. Sin embargo, el movimiento de la ideología en manos del escritor habría que pensarlo desde otra perspectiva. Poner por caso que la ideología no es algo ya dado, sino que como dice William Rossberry, la ideología es algo que se va construyendo de a poco. Hay, dice él, un proceso en la construcción tanto de la hegemonía como de la ideología. No es como en Marx que surge como momento de epifanía a través de las condiciones de clase, que no son sino, las condiciones de trabajo en las cuales se insertan los hombres. Digo hombres y no sujetos, porque el sujeto, al menos desde el estructuralismo, o buena parte de él, está dado a partir de su contacto con las estructuras sociales e institucionales dichas y no dichas que la ideología produce. Pero, el cambio, el hombre es un ser que, de momento, hasta que es narrado, puede pensarse sin el marco de lo ideológico y por eso, hay un momento cero, en el cual no habría la ideología.

Entonces, cuando la ideología surge y atraviesa al hombre el sujeto adquiere porosidad. Dicho esto, lo que le queda al escritor, es, y no es poca cosa: narrar el momento en que la ideología como practica social aparece. No le interesa el momento, como al sociólogo o al politólogo, en el que la ideología ya está cristalizada o materializada y limitadas por las contingencias históricas.

El escritor no hace predicción, no especula. Más bien. Lo que hace es, alumbrar desde la interrogación aquello que está por suceder. Pero, lo interesante es que, narra la duda. Las grandes novelas, los poemas, la épica, los cuentos de Borges o en definitiva buena parte de aquello que conocemos como “los clásicos” son los que se animan a narrar la duda. Lo que leemos y recordamos de esos libros, es sí, una trama, unos personajes y un tono o una serie de imágenes, pero ellas en realidad son lo visible que oculta aquello que se revela en una lectura atenta y eso sería, la duda. Una inquietud. Una pregunta que flota. Algo que se intenta conocer, pero que la larga sólo se sugiere, casi del modo en que el policial indaga para dar con el perpetrador de un crimen.

Así, lo que tenemos, es que el escritor se relaciona de otro modo con la ideología y por ello resultan menos interesantes los trabajaos sobre la literatura que la abordan desde una perspectiva sociológica. Porque hacen que el texto diga aquello que jamás dice, y en su intento lo fuerzan y lo transforman sólo para probar hipótesis de trabajo académico, olvidando, entre otras cosas, que la literatura es sobre todo una forma de arte. Y que como todo arte debe ser analizado, visto y pensado o reproducido, desde sus propios términos.

No importa que los términos no estén claros en un nivel teórico, pero siempre lo estarán en un espectro estético. No porque sea la emoción la que hace del trabajo de los hombres arte, sino porque el arte interpela desde otras condiciones a los sujetos. La ideología es más bien, una construcción, también porque no le impide a los escritores jugar con las reglas formales de la escritura para romperlas. Más bien, parecería que sucede al revés. Es gracias a la porosidad de la ideología que los escritores juegan con las formas y las reglas. Dado que, si la ideología estuviera instalada de forma sólida y concreta, no habría forma de rebatirla desde el texto. Quedaría, tanto solo, ajustarse a sus dictados y como todo dictado presupone, es un acto de violencia donde alguien dice algo y el otro sólo transcribe en lo escrito aquello que fue dicho. La ideología en ese sentido dicta sentencia sobre lo social y condiciona su posibilidad. Pero en el terreno del arte y más en concreto en el ámbito de trabajo del escritor, la ideología está al servicio de los materiales.

No es como hacer una historia social de las cosas y seguirlas hasta que nos lleve hasta su origen, porque desde Foucault sabemos que no existe por completo aquello que llamamos genealogía, porque ella más bien se debe registrar a partir de los huecos. De las instancias de vacío y silencio. Y por ello, tenemos que la literatura en tanto tal rechaza de lleno la idea del realismo como acto de mimesis, sino que, apuesta por la representación, porque ante todo establece una relación el escritor con la realidad que está mediada por el lenguaje. Al hacerlo, lo que se tiene como resultado no es sino una forma nueva que ideológicamente no responde a nada hecho hasta ese momento y que prefigura lo que vendrá. Claro que una lectura deconstructivista apuntaría que el tanto el escritor como el texto mismo no existen como realidades concretas sino desde la existencia y presencia de lo dicho en el texto. Cosa muy distinta a lo planteada por el estructuralismo, pero encuentran contacto ambas escuelas en su análisis alrededor de la ideología, en tanto, evalúan su participación en el momento creativo, como una instancia que no condiciona ni limita el ejercicio del escritor, sino que lo acompaña y va alumbrando el escritor aquello donde la ideología aparece para nombrarla. La crisis, la desigualdad, la violencia, el arrabal, el amor, el viaje, por ejemplo, son sólo momentos en los que el escritor hace de la ideología no un discurso ni un modo de hacer las cosas, sino un personaje, es decir, como se presenta la ideología en el universo espeso de lo real y lo que resta, en entonces, darle seguimiento. Y mientras más ajustado esté el texto a esa presencia y al movimiento de la ideología más multidimensionales serán tanto los personajes como las tramas internas que despliega el texto.

Cuando don Quijote llama

Christian Jiménez Kanahuaty

Escribir sobre Don Quijote de por sí es una tarea destinada al fracaso; y es que en toda empresa el fracaso es lo más importante. No se trata de concluir algo, se postula una intención, un gesto; un modo de alcanzar algo, una tentativa. Esa es la propuesta del arte en el tiempo presente. No la obra acabada sino su espejismo, su construcción. Lo inacabado emula de ese modo la vida que solo adquiere sentido y coherencia tras la muerte porque es en ese momento en el que recién se puede decir algo de lo transcurrido. Así sucede con Don Quijote.

Nunca sabremos nada de él que no esté en el libro de Cervantes. Pero al mismo tiempo, sentimos que lo conocemos porque compartimos sus inquietudes y sus misterios. Aquellos son los de su propia vida y el modo en que cierta locura detonada por la febril lectura de libros de caballería hace  de él un preso en la cárcel de su propia imaginación, que es también la de su propio cuerpo.

Don Quijote imagina con el cuerpo. Sale al encuentro de los infortunios y entuertos y de ventas (hosterías, albergues) que parecen castillos, de zarrapastrosos que piensa como duques y reyes de la antigüedad; mira empleadas domésticas como si fueran princesas a quienes se debe entregar algo más que la vida y el amor. Pero también se enfrenta con rocas, con molineros, con campesinos, y rebaños de ovejas y ladrones. A todos los ve de modo diferente. Quizás porque la vida no le basta. Quizás porque desea condimentar su existir con la fabulación de lo que hay más allá de lo que los sentidos le indican que hay. Sea como fuere, Don Quijote existe porque es desde su cuerpo que plantea el poder de la imaginación.

No se trata de simples mentiras o de aquello que Mario Vargas Llosa llamó en su momento “la verdad de las mentiras”. La verdad de las mentiras nos pone frente a la ficción como revés de la realidad. Nos pone como lectores, como firmantes y garantes de un pacto con el autor del libro. Sabemos que ese libro es una ficción, una mentira por lo tanto, pero una mentira que decidimos creer porque en ella se revelan sentidos más reales que los que nos entrega la realidad. La ficción nos enseña tanto de nosotros mismos como la historia y es quizá por ello que el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez postula que la novela es el lado B de la historia. Y si esto es así, Don Quijote no lo es, debido, en principio, a que su voluntad va más allá de solo entregarse a una mentira. Para él la gesta que vive a lo largo del primer volumen del libro es la realidad. Lo que él conoce a través de su imaginación suplanta la realidad. Y la realidad es la que termina por ser una ficción.

Cuando habla con el cura para ejercer un discurso que no se resuelve del todo entre las letras o las armas, Don Quijote aprovecha para aproximarse a una contradicción. Toda vez que las guerras han concluido, lo único que le queda al hombre es pelear por un nuevo orden a través de la palabra, que justo por ello adquiere una dimensión épica. La palabra suplanta a la espada pero no pierde en la transición, eficacia ni eficiencia.

Inaugura la modernidad no solo porque es un personaje que se da el lujo de glosar y criticar su propia vida como si esta fuera un texto escrito, sino que también juega con el estructuralismo, porque analiza la estructura y el sentido de cada libro de caballería con el noble objetivo de librarlos del fuego. El cura, que es, al final, el encargado de esta labor incorpora algunas de las novelas ejemplares de Cervantes en este rito de análisis para establecer su valor. Y guiñando al lector les dice que sí, que los libros de ese tal Cervantes no son del todo malos.

Ese desdoblarse e incorporarse en la ficción hace del libro un libro que se piensa a sí mismo, del mismo modo en que en ocho de los capítulos de la primera parte, Don Quijote (Y Cervantes en general) descubren el ejercicio del monologo interior.

Don Quijote es deudor del teatro clásico. Por ello surge Sancho Panza, porque Don Quijote necesita alguien que lo escuche y replique lo que se dice, para así dar agilidad a las acciones. Pero, al parecer, como este libro es también un ejercicio sobre la escritura, Cervantes hace la prueba de una nueva técnica, inédita hasta entonces, que se basa en el hecho de que Don Quijote se habla a sí mismo, ya sea para entender mejor las palabras de Sancho o para ver si lo que siente es cierto o si lo que ve a lo lejos le hará daño o podrá salir bien librado.

Esta autonomía del cuerpo y de la imaginación da lugar, entonces a ese monólogo interior y este gesta, al sujeto moderno, a nuestra subjetividad.

Al pensarse y hablarse a sí mismo, Don Quijote nos permite conocernos, nos permite reflexionar que la locura no es hablar con uno mismo en voz alta; la verdadera locura es no hacerlo, porque al escucharnos decir algo en voz alta logramos poner en limpio lo que sentimos. Darle densidad y contexto. Sin ese movimiento estaríamos perdidos porque no podríamos reflexionar sobre lo que nos acontece.

En cierto modo, lo que pasa con Don Quijote es lo que nos sucede como personas a medida que maduramos. Vemos el mundo de otro modo. Leemos la realidad con mayor densidad y relacionando lo verdadero con lo falso y lo pasado con el presente. Don Quijote es el libro que nos enseña a leernos a nosotros mismos porque al hacerlo leemos mejor el mundo que nos rodea. Leer, es entender el mundo, como si este fuese un libro. En ese sentido, Cervantes parece ser el último romántico y el primer estructuralista. El último romántico porque entiende que no se trata de ideales ni de entregar la vida a las quimeras. Entiende que el valor es una forma de vivir la ética y que al final, la ética no es sino un modo por el cual se manifiesta la intimidad de las personas. Don Quijote, al igual que Sancho Panza, se muestra tal y como es. Ellos no desean aparentar nada. Lo que se ve, es lo que hay.

Y en ese sentido, Cervantes es el primer estructuralista porque estructura el mundo en principio de forma binaria: bien/mal, paz/ guerra, Don Quijote/Sancho Panza, amor/desamor, etc.; y luego interpreta la realidad como un texto escrito que puede ser leído tras una interpretación situada. 

Lo que tenemos –entonces– es un ejercicio de interpretación que se sitúa en un punto intermedio entre la razón y la intuición. Don Quijote no es aquel que perdió la razón. Es aquel que adquiere una razón diferente, la razón moderna. Tiene ciertos puntos de contacto con la razón instrumental que ve desde el pragmatismo nuestro estar en el mundo, pero al mismo tiempo, él se incorpora con la intención de detonarlo desde dentro. Es decir, para sembrar la duda y para organizar la resistencia al imperio de los sentidos aprendidos y normalizados por un periodo de tiempo histórico que, para él, ya está agotado. Interrogan Cervantes y Don Quijote, por medio de la duda, la política que imponen nuestros sentidos y aprendizajes. Se juzga, como resultado, que si el conocimiento se adquiere por medio de los libros y los libros conducen a una transfiguración de la realidad, entonces el sentido no proviene de lo que fue leído sino de aquello que fue escrito. Hay que interpretar desde dentro y, en esos límites, lo que se lee, como un producto creativo que obedece a leyes muy singulares que no siempre están explícitas en el momento ni de la creación ni de la lectura del libro en tanto texto. Por ello el contexto, el carácter y la historia de cada lector cuentan en la interpretación; pero esta al final solo es un matiz dentro de la acción de la lectura, porque al final, hay tantas versiones de un mismo libro como sean distintos también sus lectores.