Tiwanaku: El rapto de Wiracocha

Una invitación a la lectura del primer capítulo de la nueva novela del escritor paceño radicado en Bélgica

Alberto A. Zalles

Huayla Paco, el Kaywari, el gran señor de Wari, contemplaba desde su trono, de las alturas de la colina de Wichayoc, la imponente arquitectura de la ciudad de Monqachayoc.

El florecimiento de la urbe enaltecía su vanidad.

La edificación estaba recién terminada y su construcción apenas había durado el tiempo en el cual transcurrió un tunkamaranaka.

En la titánica y maravillosa tarea arquitectónica participaron todos los pueblos reducidos por la cruel hueste de los waris de la región de Ayacucho, donde se encontraba su capital inexpugnable. No en vano tan inhóspita tierra era conocida como “el rincón de los muertos”.

Los dominados, una vez rendidos, debían tributar al Kaywari veintiocho mitas. Así, en un principio, durante aquellos jornales de servicio, los subyugados tallaron piedras y elevaron montículos de tierra sobre unas largas galerías que, luego, se convirtieron en pasadizos subterráneos destinados a conservar las huacas de la estirpe imperial wari, las sepulturas de los nobles; pero, asimismo, las galerías guardaban las momias de los mitmakunas sacrificados en honor de Wiracocha, de la divinidad radiante portadora de los dos báculos con los cuales gobernaba al universo y a la humanidad. 

Extasiado por su obra y presumido por la potestad que ejercía sobre casi la totalidad de la extensa geografía de los Antis, el Kaywari mantenía la frustración de no haber podido todavía someter a los aymaras y, sobre todo, de tener que permanecer sumiso a la potestad teológica de los amautas de Taypikala, de aquella venerable aldea donde Wiracocha había dejado su efigie como prueba generosa de su paso por los Antis.

La efigie había sido labrada en oro y tenía un esplendor divino, señero, insuperable.

Los amautas aymaras veneraban y conservaban la fastuosa placa con enorme celo.

En el icono, en la efigie, el mirífico Dios de los Antis mostraba conmovedoras lágrimas en las mejillas y estaba acompañado de cuarenta y ocho idolillos que representaban a los amautas precursores de su culto.

El canon dogmático de las creencias decía que, después de haber consagrado a los amautas aymaras como custodios de su efigie, Wiracocha atravesó el territorio continental y, antes de despedirse, advirtió que convertiría en estatuas de piedra a todos los kurakas que no condujesen a sus pueblos en peregrinación a Taypikala, por lo menos una vez durante el transcurso del turno de gobierno que cumpliesen.

Promulgada la sentencia, Wiracocha se internó al lamaracuta dejando tras de sí una espuma blanquecina y la promesa de volver; aunque, subrayando que, si durante su ausencia los hombres no alcanzasen a convivir en armonía, su retorno sería cruel y despiadado.

Así entonces, los amautas aymaras tenían la misión de resguardar la sacra efigie y se convirtieron en los depositarios privilegiados del conocimiento de los designios de Wiracocha, que el resto de los mortales los ignoraban.

La sabiduría y la fidelidad proferida a Wiracocha era la prerrogativa que hacía de los amautas autoridades doctas que sabían unificar y guiar a los hombres de los Antis tan sólo a través de la práctica de hieráticos rituales.

Por aquellos remotos días, los amautas también gobernaban, bajo los preceptos de la religión de Wiracocha, a los seis ayllus aymaras asentados en la cuenca del lago Titikaka: a kollas, lupakas, pakajes, karangas, soras y killakas.

Quizás por eso, hasta entonces, Huayla Paco evitó someter a los aymaras, como ya lo había hecho con los demás pueblos que sojuzgó arriba del Titikaka, en el Chinchasuyo.

Huayla Paco sabía que, si intentaba dominar por la fuerza a los aymaras, Wiracocha lo podía punir.

Tampoco le interesaba contar con la mita de los aymaras.

El Señorío Wari tenía riqueza y boato suficientes.

Los wari eran quienes organizaron las ciudades bajo un sistema de barrios poblados por diestros artesanos que manejaban, como ninguno de los pueblos de los Antis y de la costa, las técnicas de la alfarería y de la cerámica, de los textiles y de la metalurgia.

En Conchopata, cerca del Cuzco, de los talleres de fundición wari salían planchas de oro y de plata; herramientas y aparejos forjados en bronce y estaño.

Los wari desarrollaron el arte de las aleaciones y así lograron obtener duros metales. De esa forma, las huestes wari contaban con mortales hachas y armas blancas que los hacían temibles; también inventaron herramientas para el laboreo agrícola, como los wiscos que utilizaban para roturar sin esfuerzo la tierra.

El país de los wari y el gobierno de Huayla Paco eran prósperos, lograron alimentar y vestir a todos sus habitantes, evitándoles penurias y hambre.

Los wari idearon el riego agrícola e hicieron florecer el desierto costero con un sistema de irrigación que captaba las aguas subterráneas infiltradas en las alturas. Cultivaban el algodón con cuyas fibras, finamente hiladas, tejían sus ropas y también refinados textiles.

Además, gracias al privilegio que les concedió Thunupa, aprendieron a laborar la coca en las terrazas de Wilcabamba; pues, era bien sabido que los demás pueblos de los Antis sólo sabían recolectar la coca silvestre diseminada en las selvas tupidas y cálidas de los yungas.

La abundancia de la coca con la que contaban los wari reforzó su poderío.

Entre los demás pueblos de los Antis, incluidos los aymaras, la coca era tan escasa que sólo la pijchaban los taliris y aysiris, los iniciados; en cambio, los wari, gracias a la prodigalidad de los katus de Wilcabamba, podían distribuir coca a la población entera. La coca componía la ración esencial de la hueste que briosa marchaba arrasando a toda comarca que intentase oponerse a la voluntad civilizatoria del Kaywari, y, claro, a la del señor de Wilcabamba, del Quislacamayoc Jamchi Tarki.

El Quislacamayoc de Wilcabamba regía la parcialidad wari de la frontera tropical y era el hombre de confianza de Huayla Paco.

En la puna, fuera de los confines wari, los únicos mitmakunas que recibían coca para el acullico diario eran los pobladores del enclave de Warisata, cerca del pueblo kolla de Achacachi.

En Warisata los wari tenían cultivos de papa y mantenían la mitmakuna porque aquella pampa era el lugar donde las heladas eran duraderas y permitían, en el mes del marataqaphaxsi,asegurar la producción de chuño.

—Es tiempo de dejar de peregrinar a Taypikala, y que los amautas aymaras sean los únicos con potestad de resguardar la augusta efigie de Wiracocha… y también que sean ellos quienes tengan que transmitirnos los mensajes divinos—. Huayla Paco rompió el silencio de su contemplación.

—¡Qué dices, gran señor! ¿Acaso quieres ir contra el mandato de Wiracocha? —intervino Jamchi Tarki.

—De ninguna manera… He pensado que la efigie de Wiracocha merece un sagrario mucho más esplendoroso que el que tiene en la frígida aldea de Taypikala… Creo que el lugar adecuado para la efigie de Wiracocha está aquí en Monqachayoc. Voy a trasladar la efigie aquí.

—No quiero contradecirte, pero, ¿estarías dispuesto a ir contra la voluntad de Wiracocha? —Jamchi Tarki habló sin convicción.

—Wiracocha estará mejor honrado en Monqachayoc… además, nuestros quislacamayocs se sosegarán, pues ya no tendrán que caminar con su gente hasta Taypikala, y, entonces, el Willca Raymi lo celebraremos mucho más fastuoso aquí en Monqachayoc, en el templo de Kuniraya. ¿Qué dices?

—Temo la ira de Wiracocha —contestó con franqueza Jamchi Tarki.

—¿Y cómo no temiste degollar a tu primo Philipu Tarki?

En efecto, Jamchi Tarki no había dudado cometer el asesinato de quien, según los oráculos, debió ser el auténtico señor de Wilcabamba. Al cometer el asesinato, Jamchi Tarki se erigió como el señor de aquella parcialidad wari. Claro, bajo la complacencia de Huayla Paco que, a través de la solapada acción, llegó a monopolizar el poder dentro el Señorío Wari.

Jamchi Tarki era un fantoche que había traicionado a la parcialidad urinsaya asentada en Wilcabamba y fortalecido la supremacía de la aristocracia anansaya establecida en la capital, en Monqachayoc. La lealtad que rendía a Huayla Paco era incondicional y servil.

Huayla Paco, por su parte, lo manipulaba a su antojo y en consecuencia iba otra vez a utilizarlo para cumplir con sus elucubraciones de grandeza, con la ambición de llegar un día a afirmarse como autoridad única en todos los Antis. Para lograrlo, según su inobjetable codicia, estaba dispuesto a enajenar a los amautas de Taypikala la efigie de Wiracocha.

—¡Tenemos que apropiarnos de la efigie! Nuestra hueste asaltará Taypikala, y, para enviarla bien aprovisionada, quiero que me traigas cuarenta chipas de coca.

—Entonces, ya lo tienes decidido, apreciado Kaywari.

—¡Sí! Hay que aprovechar que los kollas y los demás aymaras comienzan la cosecha de papa.

—¿Quieres enseguida las cuarenta chipas?

—¡Desde luego!

—Juntarlas me llevará unos quince días.

—¡Tienes que reunirlas más pronto… Tómate diez días, ese lapso es por demás suficiente. Además, quiero unos trecientos wilcabambeños.

—Por los hombres, no hay problema; pero en cuanto a la coca, haré todo lo posible para reunir la cantidad en el plazo que me pides.

—No me vengas con vacilaciones… tienes que acatar lo que mando… ya te dije que tienes diez días.

Hola, mi amor

Una invitación a la lectura de la nueva novela protagonizada por el investigador Santiago Blanco que el escritor tarijeño, afincado en Cochabamba, acaba de publicar.

Gonzalo Lema

No habían terminado de cagarme las gallinas cuando la muy buena y comprensiva de Gladis me despertó arrojándome agua de sapos de un viejo balde recubierto de óxido abandonado en el canchón. Se le había hecho una sana costumbre en los últimos tiempos.

Una deslumbrante mañana llena de optimismo veraniego despuntaba en el paraíso chaqueño llamado Villamontes. El sol candente anunciaba que ardería absolutamente todo en la faz de la tierra, primero a fuego lento pero luego a llama alta, principalmente al mediodía, justo cuando me tocara freír los sábalos en la parrilla de la acera para nuestro restaurante de clientela tan diversa: matacos, chiriguanos, weenhayeks, chapacos y tobas extraviados. Si despachábamos un buen olor, nos llegaba algún arrogante descendiente de los fundadores del pueblo. Si catequizaban por ahí a la hora indicada, los simpatiquísimos suecos de la Pentecostal, atontados como moscas verdes por el calor sofocante.

Las mariposas amarillas revoloteaban alrededor de la humedad. Las mariposas blancas llegarían con su habitual retraso.

—Han matado a tu cuñado, cholero, y dicen que tú eres el sospechoso principal. Vas a tener que ponerte a investigar si todavía te queda seso.

No atendí sus palabras porque nunca lo hacía mientras me duraba la resaca, pero pronto me senté en el piso firme de la corteza terrestre y sacudí la cabeza como los perros. A tiempo de levantarme alcé el machete y con cierto alivio me persigné y le estampé un beso en el estupendo mango de quebracho. Antes de caminar a la vivienda me miré los brazos: cicatrices viejas, nada más. De peleas viejas. Ni una nueva. Tampoco observé sangre en la hoja acerada y menos materia alguna en la punta ligeramente mellada.

Estábamos a salvo de toda sospecha.

Me despedí de los canarios del Chaco con reverencia sincera.

Ingresé a la oscura vivienda y curiosamente no escuché el llanto de Tiago. Tampoco me di de bruces con la cabeza curiosa de Soraya, su difícil madre. Transité el pasillo desde la puerta posterior cruzando algunas mesas y sillas, me detuve firme ante la gruesa manguera colgante del tanque de un viejísimo inodoro de pie empotrado en la pared de piedra y jalé la cadena. Vacié una botella y media de cerveza amarga directo a mi barriga. Sacudí nuevamente la cabeza por apenas un momento y crucé bajo el rollo grueso de la puerta metálica y cerca de la parrilla todavía arrinconada, a observar la realidad refulgente y electrificada de la acera y la calzada.

El mundo comenzaba a hervir anunciando el fin de los tiempos.

Manchas gruesas de grasa de sábalo y algún ocasional dorado. Sarna nutrida de cemento debido a las patas de la parrilla. Colillas aplastadas de cigarro. Saldos secos de yuca. Regueros secos de gaseosas y de cerveza. Un brote de hierba tozuda entre las baldosas por ahí. Una columna de hormigas débiles. Un macizo par de lustrados botines negros y cabezones de la punta. Unos pantalones con caída y planchados con raya. Un ancho cinturón negro circunvalando un mundo casi redondo con una hebilla plateada conteniendo apenas un brioso potro de crines doradas. Una camisa del mismo color cola de cebolla del pantalón oscurecida desde las axilas a las costillas flotantes. Un simpático rostro mestizo, redondo como un sol moreno, de bigote sucio de comida, y un par de ojos negrísimos y grandes muy propio de los cuchis del monte mismo. Una gorra de capitán de la policía boliviana coronando la testa sumamente burbujeante entre los cabellos parados.

Una sonrisa de paz y amor. Le faltaba un faso de marihuana.

Saturado por tanta belleza no tuve ánimo para mirar el color del cielo ni los rayos del sol.

—Carlitos Aguilar –lo saludé contento.

Gladis había comenzado a barrer la acera desde el meticuloso límite con los vecinos viejos, guiándose por el cambio alarmante de colores de las fachadas, muy cuidadosa de no asentar ni un pelo de su fatigada escoba en la baldosa ajena.

—Estamos en líos, Blanquito. Han degollado a uno de los Leches.

—Van dos –dije.

—Ya se lo he dicho en el canchón y no ha querido escucharme –opinó Gladis.

—Pero éste estaba farreando contigo anoche en el putero, dicen.

—En otra mesa.

—¡Una vergüenza! ¡Y a tu edad! ¡Si ni siquiera te alcanza tu hombría para el gasto de la casa! –denunció Gladis.

El capitán contuvo la risa, pero no el temblor de su barriga.

—El gran fiscal Delfín Moreno quiere comparar tu ridícula condición humana con el maravilloso reino vegetal en el lugar de los hechos.

Suspiré profundamente. Gladis había logrado diferenciar nítidamente nuestra parte de la acera de la parte de los vecinos. Claro que los vecinos ni siquiera tenían un metro porque estaban en pleno ochave de la esquina, y su puerta principal, e inclusive sus dos ventanas con reja, daban a la calle con nombre de un héroe importante de la guerra del 32: Capitán Víctor Ustariz. En esos pocos centímetros se quedó la tierra arrastrada por el viento de la tarde anterior. La de nuestra acera iba a depositarla en una bolsa de tocuyo, como cada día. No le importaba que se lo criticáramos en familia. Apenas se alzaba de hombros y fruncía la nariz.

—Guardas mi machete –ordené–. Cargas el tanque y le cuelgas la barra de hielo como te he enseñado. Ya vuelvo.

Comencé a caminar junto a la autoridad policial.

—Machito. Gordo hediondo.

Una bandada de loros chocleros y charlatanes se anunció bullicioso y amenazante en el horizonte de matorrales espinosos y trenzados, y algunos pocos tucanes optaron por las de Villadiego. De inmediato se posaron en el follaje tupido y vibrante de los gigantes churquis que nos proveían sombra y siguieron su conversa apasionada sobre el parlamento condicionándonos a alzar toda la voz posible para escucharnos.

Dorado por un sol bíblico de los primeros tiempos y aprisionado, se diría amorosamente, por la vigorosa enredadera crecida en horas gracias al poderosísimo rocío (de fino tallo verde lechuga y flores violetas con boca grande y hambrienta de nítido paladar rojo), el cadáver cuasi descabezado de Omar Ferrarino parecía retornando del urinario a la mesa de la víspera, un poco tambaleante por el mucho trago.

Hacía menos de cinco horas que parloteaba casi a mi lado.

Si bien tenía el cuerpo trenzado por la planta, y la planta se aferraba al tronco de un árbol añoso y recubierto de musgo, la pierna adelantada nos mostraba su intento de salir corriendo de aquella mortal situación. También las manos desesperadas con los diez dedos abiertos y tensos. Pero la cabeza ladeada sobre el hombro derecho, debido al profundo tajo de machete en la base del cuello, sugería resignación y cansancio. Sueño profundo. La falta de zapato y calcetín en el pie izquierdo develaba resistencia tenaz y larga a los aprestos asesinos.

Bueno, se podía practicar otras lecturas del cuadro.

Los ojos menudos y del color de las hormigas del fiscal barrieron con meticulosidad toda el área y se distrajeron con las mariposas amarillas que aleteaban excitadas en el orificio sanguinolento del cuello de Ferrarino.

—Las mariposas blancas se arremolinan ante una gota de agua –dijo–. Las amarillas van por la sangre. Usted es colla. ¿Sabía eso? Puede leerlo en cualquier tratado sobre la guerra del Chaco. La sed era desesperante. Todos peleaban por el agua. Pero la orina también servía. Y la sangre. Me refiero a hombres y animales.

Me asombré moviendo la cabeza un milímetro.

El fiscal se sonrió un tanto arrogante. Caminó dos pasos lentos hacia el cadáver y se puso de cuclillas. Pareció estudiar el pie desnudo. Recorrió el largo de la pierna y del cuerpo. Se detuvo en las manos con el propósito y esperanza de hallar algo. Cualquier insignificancia. Sacudió la cabeza y se puso de pie con cierta dificultad. Atisbó el tajo del cuello, espantando a las sedientas mariposas, como quien se asoma a un precipicio profundo.

—Propio de un toba enojado –dijo–. O de un mataco borracho. Claro que cualquiera lo haría a cambio de algo de oro. Dígame: ¿usted no estuvo compartiendo con él anoche?

—En otra mesa.

El capitán Carlos Aguilar dio un pequeño giro de perro en el lugar un tanto incómodo, y su cuerpo me pareció un planeta en rotación. También mordió un yuyo.

El fiscal husmeó en el piso de tierra roja de alrededor. Caminó con la espalda doblada y flexionando las rodillas. Parecía un baile de lequeleques del altiplano. Se irguió un poco, después, cuando las espinas desmesuradas de una caraguata le salieron sorpresivamente al encuentro.

Chorreaba de sudor a mares.

—La gente me dice que Ferrarino no lo quería en su familia –dijo.

Más de un diente pareció pelarse de labios con su sonrisa a medias–.

Supongo que no estaba ninguna señorita en cuestión.

—Supone bien. Estábamos en el prostíbulo. Borrachos y putas.

—Pero también supongo que primero se miraron como media botella de ron con el occiso y luego ya riñeron. ¿Se amenazaron de muerte?

Me miró fijamente. Parado a lado de Ferrarino parecía un pescador exitoso mostrando su dorado. La tapa lustrosa de Caza y Pesca.

—Nos amenazamos –reconocí.

—Pero ni siquiera llegaron a las manos –dijo él y me pareció que daba por terminado ese primer capítulo. Giró el cuerpo y observó el cadáver con curiosidad de biólogo–. Es sorprendente: ha comenzado a crecerle un alga y musgo en el cuello. El reino vegetal es superior al reino animal. Continuará aquí cuando nosotros ya no estemos más. El capitán Aguilar pareció desconcertarse. Escupió apurado el yuyo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Su camisa íntegramente, y parte del pantalón, habían mudado de color: del reglamentario verde propio de la cola de cebolla al verde petróleo. Sucio. Seguramente tenía los calzones y los calcetines listos para exprimirse a dos manos. Dos gruesos hilos turbios de traspiración espesa bajaban veloces desde sus patillas hasta el primer anillo de su abdomen.

Lucero en el mercado

Fragmento inédito de un libro que su autora llama “de etnología ficción o  etnología novelada” y que son crónicas de la violencia cotidiana en Oruro. Si bien lo narrado se basa en el trabajo de campo que la autora realizó entre 1982 y 2010, la cualidad ficcional del relato hace que toda posible evocación de hechos o personas reales sea mera coincidencia.

Liliana Lewinski

10 de noviembre 1986, medianoche

Lucero abrió los ojos, casi gritando, cuando la puñalada le atravesó el pulmón. Miró y vio un turril de lechugas y vio la Virgen paseando por los pasillos de su sección.

¡El cuchillo, hijo! hijito… wawita de mi corazón…¡ay!… el cuchillo… duele… no te vayas… no me dejes… hijo…

Y la noche la acunó, definitivamente.

Años más tarde Tonio, ya convertido en don Antonio, seguiría buscando en sus recuerdos ese cuchillo. ¿Dónde estaba cuando entró en el cuarto y vería a su madre, en la cama, cubierta de sangre? Cómo verlo si él sólo veía la mamita mamitay que ya no contestaba y su prima que gritaba y lloraba y él que lloraba y gritaba papá, papá y mamá, mamá y nadie contestaba y él que seguía escuchando alaridos en su cabeza que no sabía de dónde venían, que no, que no venían de afuera, alaridos que gritaban y llenaban su cabeza desde hacía horas y que habían aumentado en las últimas horas, cuando trataba de comer con su abuela y no podía, no podía porque algo ardía en su cabeza y para apagar el fuego buscó a su padre y sólo encontró a su madre ensangrentada…

Horas más tarde, cuando el policía le preguntara y su tía le hiciera señas por detrás del uniformado, horas más tarde ya no sabía cómo habían pasado los minutos entre la imagen de la madre ensangrentada y la voz del padre que le pide dinero. ¡Dinero! a él que nunca tenía más que algunas monedas en sus bolsillos. Dinero cuando mamá está ensangrentada. ¿Dónde estaba el cuchillo? ¿Dónde estaba papá? ¿Dónde estaban los tíos? ¿Dónde estaban las tías? ¿Qué había pasado? ¿Por qué descendió corriendo las escaleras y corriendo atravesó el patio gritando papá, papá y gritando abrió la puerta de calle y gritando y corriendo en la oscuridad fue detrás de su padre que corría hacia la esquina?

El adolescente casi tropezó con su padre cuando éste titubeó escuchando la voz de su hijo.

-Papá… ¿qué has hecho?… mamá…

-¿Has visto?… ahora sabrá quién soy… dejará de burlarse… dejarán todos de burlarse de mí…

-Papá…

-Me voy… no vuelvo… dame platita waway que me voy… no nos veremos más… qué pena waway…

Y le dijo dónde iría y Tonio lo repetiría a sus tíos y a sus tías y a su abuela, cuando ya estaban en la casa de regreso del hospital cuando les habían dicho que mamá había muerto. Y los parientes repitieron y repitieron dirás que lo habrás visto pero no dirás dónde está, dónde fue. No sabrás nada. Diremos que él fue, mostraremos el cuchillo que está allí sobre el tejado. El cuchillo. Años más tarde ni sabría si era cierto que el padre le dijo dónde iría.

Entretanto, los gritos de la sobrina de Lucero habían alertado a toda la familia. Salían de la cocina o de sus piezas. Corrían por el patio y subían la escalera. Entraban en la habitación y la miraban. Estaba lívida. Los parientes no comprendían. Respiraba mal. Se escuchaba un ronquido.

-Levantémosla para que respire mejor.

Entre dos, entre tres, la levantan, tratan de ponerla de pie. La mixtura se desprende de sus cabellos negros. Las manos se mojan de sangre. ¡En la espalda! En la espalda hay sangre y por todos lados hay sangre. Luego dirían que un mango de cuchillo sobresalía de la espalda y que unas manos, ¿cuáles? ¿Quién sabrá? lo arrancarían.

-¡Al hospital! ¡Se muere!

Entre todos la bajan con dificultad, con torpeza, con terror, extendida sobre una cama. Hermanos, cuñadas, sobrinos ayudan. La bajan por la estrecha escalera, atraviesan el patio, salen a la calle. La madre de todos los hermanos vuelve a entrar en la cocina para buscar su monedero.  Alguien ya había corrido a buscar un taxi. El pobre automóvil llega. El conductor mira con pena la mujer ensangrentada. Piensa en su tapizado. La acomodan en el asiento de atrás. Calman al conductor prometiéndole limpiar más tarde el taxi.

– ¡Al hospital!

Unos minutos de carrera por las calles, entre los montones de basura, los perros que comen, los borrachos que cantan, las familias que vuelven de los festejos.

-¡Al hospital!

Llegan a las urgencias. Los hermanos gritan, gritan. Los camilleros vienen a buscar a la mujer sin fuerzas. Sin vida.

ay wawitas ya me fui…que es dolor vivir.

Lucero, mujer casada, amó a otro y la mataron. Lucero amó y la amaron. Algunos, mal la amaron. Algunos amaban lo que no cambia. Ella amaba la libertad de elegir.

11 de noviembre 1986, 9 de la mañana

Mañana soleada. El viento baja del Pie de Gallo, pasa la Plaza Cívica, la del Carnaval, agita las hojas de los árboles de la plaza de la Prefectura. ¡Árboles en el Altiplano! Pobres criaturas que resisten calores que hieren sus hojas y escarchas veraniegas que los queman en los amaneceres. El viento mira las tejas rojas cada vez más escasas perdidas entre los techos de calamina. El viento se acerca a las vías del tren que alguna vez fue a La Paz. Allí su ínfula aumenta y comienza a barrer los papeles picados que cubren las calles en derredor del Mercado Campero, sigue, sigue barriendo y llega, un poco perdido y sorprendido hasta un Mercado Bolívar que no reconoce.

-¿Dónde estás, mercado chato? 

-¿Con tu piso de cemento, los puestos de madera alineados formando una tela de araña, los toldos blancos protegiendo las mercaderías expuestas y vendedoras sentadas en su banquillo trono mirando pasar los compradores desde la altura imponente de sus tablados altos, de unos 40 centímetros?

-¿Dónde están las casillas azules que rodean tus murallas, Mercado Bolívar?

-¿Dónde están los canastos altos y delgados de las vendedoras de frutas que se escapan de tus murallas y venden de pie sobre el asfalto?

-¿Qué hace esa estructura hormigonera y gris de dos pisos con ojos múltiples y sin expresión que dejan ver un cerebro monstruoso y vacío?

-¿Dónde está tu bullicio, Mercado?

¿Dónde estás Mercado Bolívar? Ah, allí estás, desparramado por las calles. Mientras esperas, un día, volver a reunir a las comerciantes. El viento sigue su camino. Los puestos están todavía cubiertos por los lienzos habituales que los protegen durante la noche. Son ya las 10 de la mañana. Los puestos de las vendedoras que se levantaron temprano, a pesar de la larga fiesta del día anterior, muestran flores marchitas y serpentinas que se aburren y que caen, lentamente, sobre el adoquinado de la calle. Algo parece quedar de la alegría que ayer, Día de los Mercados, había invadido el lugar, en esa última década del siglo XX.

En la sección verduras, las comerciantes se agrupan, serias, atentas, escuchan un relato, bajan la mirada, suspiran y se agrupan todavía más para poder hablar más bajo.

      -¡Qué desgracia…!

      -Los hijitos…

      -Pobre hombre…

      -Pan de Dios es…

      -Qué vergüenza…

      -Su madre nos decía…

      -La papera, su vecina, decía que no se recogía…

      -Mártir será…

      -Su madre de ella nos decía “mucho me hace sufrir, la muchacha como soltera vive, se va a beber con otras mujeres, se recoge tarde o no se recoge, ni la comida cocina para su esposo…”

      -Le había dicho a la papera que su marido debía reñirla porque era mal ejemplo para todas…

      -Si el marido se ha ido, ¿quién pagará el entierro?

Los lamentos de las mujeres estallan en andanadas. Se escucha un lamento nunca escuchado antes en el mercado. Sus gritos y sollozos recuerdan una melodía trágica, plena de horror contenido. Las vendedoras se cobijan en sus mantas. Los cuerpos parecen empequeñecidos, como buscando entrar en ellos mismos. Los rostros, que se esconden, están tendidos. Los gestos son mínimos y el horror es grande.

Luego, cada una regresa a su lugar para comenzar el día de trabajo. Algunas barren las maderas de su espacio buscando olvidar lo escuchado. Otras, quedan casi paralizadas mirando sus cajones, sus bolsas, la balanza. ¡Tanto trabajo para llegar a unas cuchilladas!

“Se presume que las razones de este grave caso habrían sido pasionales y el exceso de consumo de bebidas alcohólicas” dirán los periodistas ¿Para qué buscar más lejos?

10 de noviembre 1986, 6 de la mañana

Las 6… Salí de la cama cobarde… Salí Lucero… Salí… ¡Haragana! ¡Vamos… Vamos!

¡Ay! Qué cosas me digo para sacarme de la cama. ¡Vamos! Hay que ir a la Vakovic. Los camiones estarán llegando, las amigas también y las enemigas más. Esas que andan hablando con mi mamá. Esas que de mí hablan basuras. ¡Qué saben esas! ¡Que se ocupen de su trasero! Que se ocupen de sus negocios.

Salí de la cama y no lo mires. Asco me da… Odio me da… Qué gordo está y qué malo. Harto me pega. Y cuando duro está me dice ¿Qué me miras katera de mierda?  Que tanta plata ganas y que me desprecias… Pero yo soy corajudo y de la casa no te irás. No podrás irte. ¡Soy tu marido y conmigo te quedarás!

Vamos a trabajar, hay que ganar. Con dinerito podré irme. Con dinerito pagaré al doctorcito y me divorciaré.  Me llevaré a las wawas. Mamá se enojará. ¡Ni modo! Todavía se enojará. Siempre se ha enojado conmigo. Una vez más se enojará.

¡Vamos a trabajar! Hay que ganar.

Ah, hoy por fin seré pasante. Tanto rezar a la Virgencita y ¡por fin llegó mi día! Hoy por fin tocarán la sonorización por mí y vendrán a darme el presterío y todos me felicitarán.

 Olvidaré a ese gordo y pensaré en la Virgencita y le pediré, le rogaré y ella me escuchará y me iré. Al año, cuando sea la pasante de su fiesta ya estaré con Julián Solano y las wawas en la nueva casa. La Virgencita nos bendecirá y ayudará.

¡Esa barriga! Qué gordo se ha vuelto. Joven era gordito, pero ahora… ¡Qué gordo! ¡Qué borracho!

Me voy antes que se despierte. Me voy para siempre. Me divorciaré y me casaré con Julián. Ese gordo no me puede obligar a quedarme. Me iré con las wawas, comprenderán ellos. Cansada estoy de los gritos y los puñetazos y las borracheras de ese gordo. Ni moderno es, se viste siempre como cholo. Se enoja porque visto pantalones y no vestido. Ni moderno es. Ni gana lo suficiente para que las wawas vayan a estudiar. Pero hay mi comercio y mis caseras.

¡Vamos a la Vakovic!

Se viste apresurada. Vestido azul y manta gris. Medias y los zapatos bajos. Toda la ropa fue comprada la semana pasada. Fue la fiesta antes de la fiesta. Olvidándose por una hora de su mercadería, que dejó tapadita con una bolsa de harina, se fue a pasear por los angostos pasillos del Mercado Fermín López. Se dejó tentar por un hermoso vestido, por el más lindo mandil y un bombín… Qué lindo bombín que haría brillar los ojos de Julián. Linda mujercita de mi amor, le dirá. Alisa el cabello con agua y un golpe de peine. Revisa su monedero, necesita suficiente dinero porque tendrá que comprar chicha para homenajear a los pasantes de la Virgencita y para agradecer a la compañera que le pasará el presterío y para agasajar a todas las otras compañeras, amigos y parientes que vendrán a felicitarla. Una…dos o tres latas de chicha.

Se asoma en la habitación contigua donde duermen sus tres hijos. El mayor, Tonio, ya comienza a revolverse como si fuera a despertarse.

Qué grande está. Ya tiene sus 18. Pronto irá a trabajar y al cuartel y vendrá con enamorada y al año seré abuela. A los 35 seré abuela. Julián estará contento de ser abuelo. Él ya quiere a mis hijos como quiere a los suyos. Lindo será.

Cierra suavemente la puerta de sus hijos y sale a la calle. No tiene tiempo de tomar un matecito. Camina a lo largo de la calle, dobla hacia el mercado y sigue hacia la riel buscando la zona de estacionamiento de los mayoristas de tomates y verduras varias.

Nunca le perdonaré a mi mamá el escándalo de la foto. Qué escándalo y qué vergüenza.

Cansada volvía del mercado, pensaba que tenía que lavar la ropa del marido y de las wawas, que tenía que cocinar y mirar los deberes de la wawa y preparar la ropa para la escuela de mañana y arrinconar toda la casa. Tan cansada estaba. ¿Luz en el cuarto de Mami? ¿Qué será? me pregunté. Mami me llama. En el cuarto hay cuatro personas. ¡Ay, Julián! ¿Estás aquí? ¿Qué haces aquí? ¿En mi casa? ¿Qué son ellos? «Esos son los padres de la señora» dice mi mami. Y me dice que la señora encontró mi foto en la ropa de su marido. ¡El muy tonto! ¡El pobre! Y todavía todos me dicen regaños, súplicas, consejos, me recuerdan las palabras del padre en la iglesia durante el casamiento, que el casamiento es sagrado, que no se debe mirar a otro hombre, que no se destruye una familia, que me iré al infierno, que piense en mis wawas y en mi marido que es un santo. «Yo me quiero morir de vergüenza, digo, no sé de qué me dicen. No hice nada». Los regaños continúan y yo digo siempre no. Si supieran cómo pienso en mis wawas.

Cansados y enfadados, me piden que piense. Mi mami nos pide darnos el abrazo cristiano de perdón. Nos abrazamos y se van. Me voy a mi cuarto. Mi marido entra borracho, furioso. «¡Haz negado!» y me da de puñetazos. La wawa mayor le pide «no papa, no le pegues». El sigue pegándome, se calma solo cuando se duerme, borracho.

Lucero era la más joven de la casa. Había dos hermanos y dos mujeres y el entenado, el hijo que Mamá había tenido antes de casarse con Papá. El entenado venía poco a la casa, venía para las grandes celebraciones, pero visitaba a la Madre en su puesto en la calle, esperando que el nuevo Bolívar sea construido.

Los hermanos se habían casado e instalado en La Paz. Aun la hermana mayor se casó y se marchó a Santa Cruz. Todos fueron a buscar mejor vida y mejor destino lejos de Oruro. ¿O lejos de la madre autoritaria?

Lucero se quedó en Oruro. Difícil de ser la última, la menor. La que ha tenido que quedarse en la casa para ayudar a la madre en la venta en el mercado y a hacer todo en la casa, arrinconar, lavar la ropa y cocinar. Pero ella tenía otros deseos, otros planes, No quería ser comerciante. Quería ser enfermera o secretaria. No quería ir siempre a sentarse en el mercado. No sabía bien lo que quería hacer, pero seguro que no quería ser comerciante. Era duro, era duro y quería ser como las señoras de Arriba. Las que vivían hacia la falda del cerro, donde había lindas casas y no en el Arenal, donde había polvo y casas feas. Quería calzar tacos, vestir lindas faldas y no vestido como las cholas modernas, ni polleras como las cholas antiguas. Quería tener las manos limpias, sin grietas, con las uñas limpias. Quería tener el pelo siempre limpio y no lleno del polvo de la calle y del mercado. No sabía lo que quería hacer, pero, era seguro, no quería ser comerciante. Por el momento quería bailar y salir con las amigas del colegio.

Mientras esperaba que llegara el día de jurar como bachiller iba a los bailes de los sábados por la noche. Allí conoció varios jóvenes y encontró varios hombres. Uno de ellos, insistiéndole y haciéndola beber le robó el entendimiento y lo siguió, una noche, cuando los músicos se fueron. No pensó más en él durante algún tiempo. Los cursos continuaban. Una mala mañana, contando los días y las semanas comprendió que sus reglas se habían retirado. ¡Estaba embarazada! A los 15 años había sido engrosada. ¿Qué hacer? ¡Ni modo! había que hablar con su Mamá. Y su Mamá dijo “Harás como todas nosotras o crías sola a la wawa y vas a sentarte al mercado o te casas y ayudas a tu marido vendiendo en el mercado”. Ni pensar en seguir estudiando. Ni pensar en ser enfermera o secretaria.


*Liliana Lewinski es antropóloga e historiadora franco argentina. Reside en Francia.