El escritor y la ideología

Christian Jiménez Kanahuaty

Se ha dicho hasta el hartazgo de que el escritor es parte del mundo de lo social y por tanto está cargado de ideología, y que por ello, su representación de la realidad en lo escrito no es sino, la selección ideológica que él hace de los materiales simbólicos y referenciales que haya y que piensa que pueden ser narrados. Sin embargo, el movimiento de la ideología en manos del escritor habría que pensarlo desde otra perspectiva. Poner por caso que la ideología no es algo ya dado, sino que como dice William Rossberry, la ideología es algo que se va construyendo de a poco. Hay, dice él, un proceso en la construcción tanto de la hegemonía como de la ideología. No es como en Marx que surge como momento de epifanía a través de las condiciones de clase, que no son sino, las condiciones de trabajo en las cuales se insertan los hombres. Digo hombres y no sujetos, porque el sujeto, al menos desde el estructuralismo, o buena parte de él, está dado a partir de su contacto con las estructuras sociales e institucionales dichas y no dichas que la ideología produce. Pero, el cambio, el hombre es un ser que, de momento, hasta que es narrado, puede pensarse sin el marco de lo ideológico y por eso, hay un momento cero, en el cual no habría la ideología.

Entonces, cuando la ideología surge y atraviesa al hombre el sujeto adquiere porosidad. Dicho esto, lo que le queda al escritor, es, y no es poca cosa: narrar el momento en que la ideología como practica social aparece. No le interesa el momento, como al sociólogo o al politólogo, en el que la ideología ya está cristalizada o materializada y limitadas por las contingencias históricas.

El escritor no hace predicción, no especula. Más bien. Lo que hace es, alumbrar desde la interrogación aquello que está por suceder. Pero, lo interesante es que, narra la duda. Las grandes novelas, los poemas, la épica, los cuentos de Borges o en definitiva buena parte de aquello que conocemos como “los clásicos” son los que se animan a narrar la duda. Lo que leemos y recordamos de esos libros, es sí, una trama, unos personajes y un tono o una serie de imágenes, pero ellas en realidad son lo visible que oculta aquello que se revela en una lectura atenta y eso sería, la duda. Una inquietud. Una pregunta que flota. Algo que se intenta conocer, pero que la larga sólo se sugiere, casi del modo en que el policial indaga para dar con el perpetrador de un crimen.

Así, lo que tenemos, es que el escritor se relaciona de otro modo con la ideología y por ello resultan menos interesantes los trabajaos sobre la literatura que la abordan desde una perspectiva sociológica. Porque hacen que el texto diga aquello que jamás dice, y en su intento lo fuerzan y lo transforman sólo para probar hipótesis de trabajo académico, olvidando, entre otras cosas, que la literatura es sobre todo una forma de arte. Y que como todo arte debe ser analizado, visto y pensado o reproducido, desde sus propios términos.

No importa que los términos no estén claros en un nivel teórico, pero siempre lo estarán en un espectro estético. No porque sea la emoción la que hace del trabajo de los hombres arte, sino porque el arte interpela desde otras condiciones a los sujetos. La ideología es más bien, una construcción, también porque no le impide a los escritores jugar con las reglas formales de la escritura para romperlas. Más bien, parecería que sucede al revés. Es gracias a la porosidad de la ideología que los escritores juegan con las formas y las reglas. Dado que, si la ideología estuviera instalada de forma sólida y concreta, no habría forma de rebatirla desde el texto. Quedaría, tanto solo, ajustarse a sus dictados y como todo dictado presupone, es un acto de violencia donde alguien dice algo y el otro sólo transcribe en lo escrito aquello que fue dicho. La ideología en ese sentido dicta sentencia sobre lo social y condiciona su posibilidad. Pero en el terreno del arte y más en concreto en el ámbito de trabajo del escritor, la ideología está al servicio de los materiales.

No es como hacer una historia social de las cosas y seguirlas hasta que nos lleve hasta su origen, porque desde Foucault sabemos que no existe por completo aquello que llamamos genealogía, porque ella más bien se debe registrar a partir de los huecos. De las instancias de vacío y silencio. Y por ello, tenemos que la literatura en tanto tal rechaza de lleno la idea del realismo como acto de mimesis, sino que, apuesta por la representación, porque ante todo establece una relación el escritor con la realidad que está mediada por el lenguaje. Al hacerlo, lo que se tiene como resultado no es sino una forma nueva que ideológicamente no responde a nada hecho hasta ese momento y que prefigura lo que vendrá. Claro que una lectura deconstructivista apuntaría que el tanto el escritor como el texto mismo no existen como realidades concretas sino desde la existencia y presencia de lo dicho en el texto. Cosa muy distinta a lo planteada por el estructuralismo, pero encuentran contacto ambas escuelas en su análisis alrededor de la ideología, en tanto, evalúan su participación en el momento creativo, como una instancia que no condiciona ni limita el ejercicio del escritor, sino que lo acompaña y va alumbrando el escritor aquello donde la ideología aparece para nombrarla. La crisis, la desigualdad, la violencia, el arrabal, el amor, el viaje, por ejemplo, son sólo momentos en los que el escritor hace de la ideología no un discurso ni un modo de hacer las cosas, sino un personaje, es decir, como se presenta la ideología en el universo espeso de lo real y lo que resta, en entonces, darle seguimiento. Y mientras más ajustado esté el texto a esa presencia y al movimiento de la ideología más multidimensionales serán tanto los personajes como las tramas internas que despliega el texto.

Cuando don Quijote llama

Christian Jiménez Kanahuaty

Escribir sobre Don Quijote de por sí es una tarea destinada al fracaso; y es que en toda empresa el fracaso es lo más importante. No se trata de concluir algo, se postula una intención, un gesto; un modo de alcanzar algo, una tentativa. Esa es la propuesta del arte en el tiempo presente. No la obra acabada sino su espejismo, su construcción. Lo inacabado emula de ese modo la vida que solo adquiere sentido y coherencia tras la muerte porque es en ese momento en el que recién se puede decir algo de lo transcurrido. Así sucede con Don Quijote.

Nunca sabremos nada de él que no esté en el libro de Cervantes. Pero al mismo tiempo, sentimos que lo conocemos porque compartimos sus inquietudes y sus misterios. Aquellos son los de su propia vida y el modo en que cierta locura detonada por la febril lectura de libros de caballería hace  de él un preso en la cárcel de su propia imaginación, que es también la de su propio cuerpo.

Don Quijote imagina con el cuerpo. Sale al encuentro de los infortunios y entuertos y de ventas (hosterías, albergues) que parecen castillos, de zarrapastrosos que piensa como duques y reyes de la antigüedad; mira empleadas domésticas como si fueran princesas a quienes se debe entregar algo más que la vida y el amor. Pero también se enfrenta con rocas, con molineros, con campesinos, y rebaños de ovejas y ladrones. A todos los ve de modo diferente. Quizás porque la vida no le basta. Quizás porque desea condimentar su existir con la fabulación de lo que hay más allá de lo que los sentidos le indican que hay. Sea como fuere, Don Quijote existe porque es desde su cuerpo que plantea el poder de la imaginación.

No se trata de simples mentiras o de aquello que Mario Vargas Llosa llamó en su momento “la verdad de las mentiras”. La verdad de las mentiras nos pone frente a la ficción como revés de la realidad. Nos pone como lectores, como firmantes y garantes de un pacto con el autor del libro. Sabemos que ese libro es una ficción, una mentira por lo tanto, pero una mentira que decidimos creer porque en ella se revelan sentidos más reales que los que nos entrega la realidad. La ficción nos enseña tanto de nosotros mismos como la historia y es quizá por ello que el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez postula que la novela es el lado B de la historia. Y si esto es así, Don Quijote no lo es, debido, en principio, a que su voluntad va más allá de solo entregarse a una mentira. Para él la gesta que vive a lo largo del primer volumen del libro es la realidad. Lo que él conoce a través de su imaginación suplanta la realidad. Y la realidad es la que termina por ser una ficción.

Cuando habla con el cura para ejercer un discurso que no se resuelve del todo entre las letras o las armas, Don Quijote aprovecha para aproximarse a una contradicción. Toda vez que las guerras han concluido, lo único que le queda al hombre es pelear por un nuevo orden a través de la palabra, que justo por ello adquiere una dimensión épica. La palabra suplanta a la espada pero no pierde en la transición, eficacia ni eficiencia.

Inaugura la modernidad no solo porque es un personaje que se da el lujo de glosar y criticar su propia vida como si esta fuera un texto escrito, sino que también juega con el estructuralismo, porque analiza la estructura y el sentido de cada libro de caballería con el noble objetivo de librarlos del fuego. El cura, que es, al final, el encargado de esta labor incorpora algunas de las novelas ejemplares de Cervantes en este rito de análisis para establecer su valor. Y guiñando al lector les dice que sí, que los libros de ese tal Cervantes no son del todo malos.

Ese desdoblarse e incorporarse en la ficción hace del libro un libro que se piensa a sí mismo, del mismo modo en que en ocho de los capítulos de la primera parte, Don Quijote (Y Cervantes en general) descubren el ejercicio del monologo interior.

Don Quijote es deudor del teatro clásico. Por ello surge Sancho Panza, porque Don Quijote necesita alguien que lo escuche y replique lo que se dice, para así dar agilidad a las acciones. Pero, al parecer, como este libro es también un ejercicio sobre la escritura, Cervantes hace la prueba de una nueva técnica, inédita hasta entonces, que se basa en el hecho de que Don Quijote se habla a sí mismo, ya sea para entender mejor las palabras de Sancho o para ver si lo que siente es cierto o si lo que ve a lo lejos le hará daño o podrá salir bien librado.

Esta autonomía del cuerpo y de la imaginación da lugar, entonces a ese monólogo interior y este gesta, al sujeto moderno, a nuestra subjetividad.

Al pensarse y hablarse a sí mismo, Don Quijote nos permite conocernos, nos permite reflexionar que la locura no es hablar con uno mismo en voz alta; la verdadera locura es no hacerlo, porque al escucharnos decir algo en voz alta logramos poner en limpio lo que sentimos. Darle densidad y contexto. Sin ese movimiento estaríamos perdidos porque no podríamos reflexionar sobre lo que nos acontece.

En cierto modo, lo que pasa con Don Quijote es lo que nos sucede como personas a medida que maduramos. Vemos el mundo de otro modo. Leemos la realidad con mayor densidad y relacionando lo verdadero con lo falso y lo pasado con el presente. Don Quijote es el libro que nos enseña a leernos a nosotros mismos porque al hacerlo leemos mejor el mundo que nos rodea. Leer, es entender el mundo, como si este fuese un libro. En ese sentido, Cervantes parece ser el último romántico y el primer estructuralista. El último romántico porque entiende que no se trata de ideales ni de entregar la vida a las quimeras. Entiende que el valor es una forma de vivir la ética y que al final, la ética no es sino un modo por el cual se manifiesta la intimidad de las personas. Don Quijote, al igual que Sancho Panza, se muestra tal y como es. Ellos no desean aparentar nada. Lo que se ve, es lo que hay.

Y en ese sentido, Cervantes es el primer estructuralista porque estructura el mundo en principio de forma binaria: bien/mal, paz/ guerra, Don Quijote/Sancho Panza, amor/desamor, etc.; y luego interpreta la realidad como un texto escrito que puede ser leído tras una interpretación situada. 

Lo que tenemos –entonces– es un ejercicio de interpretación que se sitúa en un punto intermedio entre la razón y la intuición. Don Quijote no es aquel que perdió la razón. Es aquel que adquiere una razón diferente, la razón moderna. Tiene ciertos puntos de contacto con la razón instrumental que ve desde el pragmatismo nuestro estar en el mundo, pero al mismo tiempo, él se incorpora con la intención de detonarlo desde dentro. Es decir, para sembrar la duda y para organizar la resistencia al imperio de los sentidos aprendidos y normalizados por un periodo de tiempo histórico que, para él, ya está agotado. Interrogan Cervantes y Don Quijote, por medio de la duda, la política que imponen nuestros sentidos y aprendizajes. Se juzga, como resultado, que si el conocimiento se adquiere por medio de los libros y los libros conducen a una transfiguración de la realidad, entonces el sentido no proviene de lo que fue leído sino de aquello que fue escrito. Hay que interpretar desde dentro y, en esos límites, lo que se lee, como un producto creativo que obedece a leyes muy singulares que no siempre están explícitas en el momento ni de la creación ni de la lectura del libro en tanto texto. Por ello el contexto, el carácter y la historia de cada lector cuentan en la interpretación; pero esta al final solo es un matiz dentro de la acción de la lectura, porque al final, hay tantas versiones de un mismo libro como sean distintos también sus lectores.