Editorial Pasanaku

Omar Alarcón / Fabricio Callapa

La Editorial Pasanaku es un grupo independiente y colaborativo de publicación literaria. Se fundó el año 2007 en la ciudad de Sucre. La mayoría de los miembros participamos en un taller de literatura creativa con el escritor Máximo Pacheco Balanza, entre los años 2002-2006. Taller muy importante para toda una generación de escritores jóvenes de Sucre por la profundidad y libertad con que Máximo transmitía el oficio y amor por la literatura.

Una vez finalizado el taller los integrantes (entre 10 a 15 personas) continuamos reuniéndonos para compartir escritos e intercambiar libros (una de las actividades más importantes que mantuvimos del taller fue leer nuestros textos e intercambiar críticas y reflexiones). Los años fueron pasando y nos dimos cuenta que muchos de nosotros teníamos bastante material acumulado. Algunos tenían libros de poesía, otros cuentos, y otros incluso novelas. Entonces, frente a los muros económicos (e ideológicos) de las casas editoriales, nos propusimos construir una forma comunitaria, libre y contestataria de publicación literaria. Así nació la Editorial Pasanaku. El sistema de publicación era similar a la tradición comunitaria conocida como pasanaku. Todos los miembros colaboraban con un monto económico por igual, con el dinero se publicaba el libro de uno de los integrantes y con las ventas de dicha publicación se financiaba el libro del siguiente escritor/a. Creando una cadena autosostenible y colaborativa de publicaciones. Desde el año 2007 hasta el año 2018 se publicaron 28 títulos en total, que incluyen poesía, cuento, novela, ensayo, y reediciones de valiosos libros de autores clásicos sucrenses que estaban cayendo en el olvido.

La Editorial Pasanaku nunca tuvo un directorio ni ningún tipo de organización jerárquica. Las decisiones se tomaban en asambleas espontáneas, por mayoría simple o por aclamación grupal. Los interesados en la publicación de un libro lo proponían en las reuniones y después de reflexión y debate conjunto se tomaban decisiones sobre su publicación.

El diseño y diagramación estaba a cargo de los propios integrantes. El dinero recolectado en el pasanaku se invertía en costos de imprenta para las tapas y en fotocopias de alta calidad para los contenidos. El armado de los libros se realizaba de manera manual entre todos los miembros, durante extensas jornadas de trabajo. Las presentaciones, promoción y venta de los libros de igual forma estaba a cargo de todos los integrantes del pasanaku. Con el dinero recaudado se publicaba el libro del siguiente escritor (si por alguna razón se necesitaba más capital los miembros volvían a poner una pequeña suma económica como aporte). Para cada autor se realizaron presentaciones en espacios culturales de la ciudad y se participó en diversas ferias del libro tanto locales como nacionales.

Los títulos publicados esta primera etapa son los siguientes:

•          Omar Alarcón, El corazón entrega sus muertos (2007, poesía)

•          Miguel Ángel Alcaraz, Tratado de la soledad eterna (2007, novela corta)

•          Amilcar Álvarez (Álvaro Bellido), Insinuación al silencio (2008, poesía)

•          Fabricio Callapa Ramírez, Ahora que el espejo ya no recuerda mi forma (2008, relato breve)

•          Santiago Rodríguez Miranda, Delirio inconstante: caprichos, manías y lucidez obscena (2008, poesía)

•          Claudia Marianné del Rosario Palacios Quintana, Sonata lúgubre en afonía (2008, poesía)

•          Jorge Samos Daroca, Invisible (2009, poesía)

•          Jhon Castillo, Lupanar (2009, poesía)

•          Clider Gutiérrez Aparicio, Prólogo a la muerte (2009, poesía)

•          Micaela Mendoza, Lo mágico sombrío (2010, poesía)

Fruto del trabajo anterior el municipio de Sucre invitó a la Editorial Pasanaku a trabajar en una Colección del Bicentenario en conmemoración al grito libertario del 25 de mayo de 1809. Los miembros de la Editorial Pasanaku encargados de dicha colección fueron Juan Pablo Soto, historiador que estaba haciendo una investigación sobre la novela boliviana del Siglo XIX; Juan José Durán y Santiago Rodríguez a cargo de la edición y diseño. En dicha colección se reeditaron valiosos libros de autores clásicos sucrenses que estaban cayendo en el olvido. Algunos de esos títulos fueron: Eduardo Subieta, “La señora del pelícano” (2010, reedición novela); Gregorio Reynolds, “Sucre” (2010, reedición poesía); Julio Ameller Ramallo, “De La Sombra y El Alba” (2010, reedición poesía); Fernando Ortiz Sanz, “Meditación del Mediodía” (2010, reedición ensayo).

De igual forma, manteniendo la característica principal de la Editorial Pasanaku, se incluyeron títulos de autores nóveles de la ciudad.

Algunos libros de dicha colección son los siguientes:

•          María del Rosario Barahona, Huésped (2010, novela)

•          Clider Gutiérrez Aparicio, Celebra la tristeza de los vivos y los muertos (2010, poesía)

•          Máximo Pacheco Balanza, Retrato de ciudad con calavera en la mano (2010, novela)

•          Miguel Ángel Alcaraz, Estatua de sal varada en la arena blanca (2010, novela)

•          Santiago Rodríguez Miranda, Engusanados vientres al despertar (2010, poesía)

•          Wálter Arduz Caballero, Rutina de invierno (2010, poesía. Obra póstuma)

•          Carlos Gutiérrez Andrade, Letrina (2010, poesía)

El día de hoy la Editorial Pasanaku sigue funcionando, aunque con mucho menos ritmo y frecuencia. Los últimos libros publicados son los siguientes:

•          Hugo Montero Añez, Panacea (2017, poesía. Obra póstuma).

•          Fabricio Callapa, El fin de los días que conocimos (2018, cuento)

Obras a publicar próximamente:

•          Máximo Pacheco Balanza, Mea culpa. Obra poética (Incluye todos los libros de poesía del autor publicados hasta la fecha).

Space Invaders: una tragedia con final abierto

Julia Peredo Guzmán

“La tragedia es(…) el poema de una libertad deshecha por la vida,
 los hechos o por el ciclón de la historia”. 
Le Tragique (Chirpaz ).

Patricia Paola, más conocida como Nona Fernández es una reconocida actriz, escritora y directora chilena. Nacida en 1971, ha recibido varios premios y escrito textos de diversos géneros, entre los que destacan textos teatrales, guiones para series televisivas y novelas. En el ámbito narrativo, Nona es una escritora que intenta preservar la memoria histórica de la dictadura, particularmente la chilena. Entre esas resalta de manera especial  Space Invaders, novela breve que cuenta la historia de un curso de colegio que transcurre su vida escolar durante la dictadura de Pinochet. Esta novela podría definirse como lo que Ignacio Echevarría determina “la novela de los hijos” en el sentido en que toma la mirada infantil como punto de partida para narrar una experiencia nacional traumática que transcurre del lado de la calle, de las noticias, de lo que llegaba de afuera y cuyo registro es todavía vago para los personajes. Desde un presente narrativo móvil y difuso estos personajes intentan recordar la historia de Estrella Gonzales, hija de un paramilitar que formó parte del caso Degollados, en la que tres opositores fueron degollados y expuestos cerca del aeropuerto. La novela, escrita de una manera muy simple y con recursos que distan mucho de ser sofisticados, toca el tema de la infancia, de la memoria, de la forma en que se percibe el pasado. Otro dato que llama la atención es que el texto ha sido escrito a partir de una historia real, para lo cual la autora reunió y comparó las distintas versiones que tenía cada uno de sus compañeros de clase acerca de esa época. “El pasado es un conjunto de versiones” menciona Fernández en una entrevista en Lima.

Desde esa perspectiva, la dictadura en este texto se construye a partir de una percepción trágica de la historia en términos aristotélicos, aunque termina dejando un resquicio para la ruptura. Para ahondar en el asunto, analizaremos a detalle la novela de Fernández.

Un coro de niños

En la presentación del libro para la editorial del Fondo de Cultura Económica (FCE), Nona describe a los narradores como un “coro” de niños; lo cual, viniendo de una dramaturga, no es una definición inocente. Desde ese entendido, los narradores se confunden a lo largo de la historia: la voz pasa de un niño al otro y a través de estas distintas versiones construimos el esbozo de una realidad que ellos mismos intuyen pero desconocen hasta el momento de la revelación. A momentos, se hace difícil distinguir la voz narrativa: los personajes se nombran a partir del apellido (lo cual nos hace dudar del género) y lo que prima es el acontecimiento construido de fragmentos que pueden llegar a ser incluso contradictorios, pues “en los sueños, lo mismo que en los recuerdos, no puede ni debe haber consenso posible” (Fernández 15). Un coro hecho de memorias: una sola voz confusa y endeble como un solo cuerpo que se conforma de muchas personas fundidas en la oscuridad.

Otro factor importante en esta definición es el hecho de que un coro en términos trágicos cumple una función definida: es la voz a partir de la cual habla la Polis. De esta manera, la ciudadanía (o un sector importante de ella) cuenta y comenta la historia de su propia sociedad desde sus propios anhelos, miedos, valores y tradiciones, que son subvertidas por el héroe.

Y es que la infancia, que mantiene una postura de sumisión e inocencia, se acaba casi al mismo tiempo que la novela, y es ahí donde el sentido de este coro se desdibuja como los marcianitos del propio videojuego (space invaders) dejando de ser el coro y transformándose en el héroe: encarna el proceso a partir del cual una sociedad decide cambiar y rebelarse contra el orden hasta entonces establecido.  

Cambio de fortuna y catarsis

“Somos la gran pieza de un juego, pero todavía no sabemos cuál” (Fernández 48) dice uno de los narradores, tal vez en uno de los gestos más trágicos que hila esta pequeña novela.

Para entenderlo, recordamos brevemente un elemento definido como fundamental en la acción dramática de la tragedia: La peripecia. Esta, en términos aristotélicos se da dos maneras elementales: el héroe, buscando evitar su destino (siendo engañado por los dioses) termina por desencadenarlo; o, buscando enfrentar su destino con nobleza, es vencido. En la novela, predomina el primer caso. Y es que todos los personajes, desde su inocencia, pretenden eludir un destino, una situación en la que han nacido y frente a la cual se sitúan precisamente a partir de su propia inocencia, de su vocación para el juego, donde su resistencia es casi inconsciente, lo que los hace perfectos para generar situaciones cuyo efecto será el temor y la compasión (es decir, la catarsis entendida en términos griegos, que genera una purga emocional). Así, Estrella mantiene correspondencia con Maldonado sobre su padre lastimado, Zúñiga se enamora de la hija de quienes detendrán a su familia y los chicos fantasean con el Chevette rojo del “tío Claudio” (el guardaespaldas de Estrella, implicado también en crímenes de Estado). “Los niños”, dice Fernández en la presentación del FCE, “no tienen consciencia completa del horror que están viviendo. No tienen miedo.”

Dentro de este marco, tal vez la escena más evidente de este cambio de fortuna es la de Zúñiga y Riquelme repartiendo panfletos para la Marcha del Hambre, que dejan en el suelo para que sean notados por los transeúntes. Ambos, entusiasmados con su propia valentía, logran pasar desapercibidos hasta que son descubiertos por el “tío Claudio” a quien saludan con simpatía, levantando la mano, devolviendo una sonrisa. Esta escena es una astucia narrativa que decanta en un devenir dramático: al ser un texto de narrador “coral” el lector sabe perfectamente que estos dos personajes inocentes (como Edipo frente a Layo) han sellado su propio destino infausto, lo que genera un sentimiento específico: temor ante el desenlace de una historia que pudo ser la propia, compasión ante las consecuencias inmerecidas que enfrentarán ellos y sus familias.

Anagnórisis: La revelación

Existe un momento en la tragedia que define el desenlace definitivo ante la acción heroica: “Es una transición de la ignorancia al conocimiento, llevando consigo un paso del odio a la amistad o de la amistad al odio en los personajes destinados a la felicidad o el infortunio” (Aristóteles 51). Esta anagnórisis, típica de la tragedia, aparece en la parte final de la novela (“Game over”) cuando se revela finalmente la realidad que corta de cuajo la ingenuidad de estos personajes que dejan de ser niños y salen a luchar a las calles: son los invasores de su propia tierra, dejan el juego pasivo para pasar al real (el de la política) y la novela se convierte en un bildungsroman. Como la nodriza ante Ulises, aquellos que fueron niños miran ante sus ojos la mano de madera que pasa de ser la particularidad de un papá del curso a la mano de un asesino. Acto de revelación metonímico, reconocimiento de la memoria que devuelve y resignifica la historia de una vida: cambia lo familiar por la herida. Los personajes finalmente han arribado al destino que el lector temía: saben que han sido víctimas de su propia inocencia.

La muerte de Estrella

Existe un principio de justicia en la tragedia que se trasmite con el linaje, el cual está tejido por venganzas mutuas, muertes injustas, peleas de poder; gesto repetido en espejo (peleas entre pueblos y familias) y en espiral (actitudes heredadas por generaciones). El héroe: “en aras del triunfo, sacrifica su Polis, su familia, desatiende sus deberes, traiciona la amistad. No obstante, tarde o temprano habrá de pagar por la injusticia cometida” (Serna 4). La venganza como forma de equilibrio obedece a un sentido de justicia superior, por lo que todo héroe trágico (piénsese en Clitemnestra muerta a manos de su propio hijo) sabe que un asesinato conlleva a su vez una muerte violenta propia o encarnada en su progenie. Así transcurre la muerte de este personaje que, siendo el central en la novela, es acaso el menos protagónico. Estrella, hija de un paramilitar sanguinario, muere asesinada a tiros a los 21 años, víctima de los celos de un teniente de Carabineros (su expareja y padre de su hijo).

Así, los crímenes de su padre contra su propia comunidad (las familias de sus compañeros de curso, ellos mismos, los muchachos degollados) termina con ella desangrándose en posición fetal en un hotel en Santiago. La ola de violencia continúa: se mata y se muere a hierro, siguiendo un orden crudo que obedece a un sistema de abuso y de intercambio. Temor. Compasión.

“El tiempo no es claro, todo lo confunde, revuelve los muertos, los transforma en uno, los vuelve a separar, avanza hacia atrás, retrocede al revés, gira como en un carrusel de feria, como en una jaula de laboratorio, y nos entrampa en funerales y marchas y detenciones, sin darnos ninguna certeza de continuidad o de escape.” (Fernández 56)

La escena final nos muestra precisamente este compromiso de los personajes que deciden afrontar su sino. En ella, formados en la misma calle, ya adultos, habiendo pasado por todas las revelaciones, dejan de ser los héroes de una peripecia en la que evitan su destino para pasar a enfrentarlo: “Estamos condenados a esta llamada telefónica, no podemos dejarla pasar” (Fernández 73). Forman todavía con sus uniformes pulcros y desgastados en una calle que aún los reconoce como invasores, un sistema del cual aún no han podido escapar, una deuda con esa muerte que todavía arde entre ellos. “Somos las piezas de un juego que no sabemos dejar atrás” (Fernández 73), una “lógica de guerrilla” de la que aun no despiertan pero que se suspende ante una llamada que ya no es posible eludir.

Este quiebre logra finalmente exceder el discurso trágico, a ese círculo vicioso de venganza y propone un atisbo de esperanza allí donde todo parece predestinado al fracaso. Es acaso un guiño hacia una generación acostumbrada a pensar en un futuro posible, en un albedrío que conduzca a una libertad genuina. Queda entonces una pregunta abierta, tal vez un posible desenlace que les permita escapar de lo trágico, que detenga el diálogo de sordos y comience a escuchar con atención, a mirar hacia atrás de otra manera, a despertar.

Poemas de Omar Lara

Omar Lara (Nohualhue, Teodoro Schmidt, 9 de junio de 1941-Concepción, 2 de julio de 2021). Ha publicado los libros de poesía: Argumento del día (1964), Los enemigos (1967),  Los buenos días  (1972), Serpientes (1974), Oh, buenas maneras (1975), Crónicas del Reyno de Chile (1976), El viajero imperfecto / Calatorul neimplimit, antología bilingüe español/rumano (1979), Islas flotantes (1980), Fugar con juego – antología (1984), Serpientes, habitantes y otros bichos. 1973-1974 (1987), Memoria – antología personal 1960-1984 (1987), Cuaderno de Soyda (1991), Fuego de mayo (1997), Jugada maestra (1998), Vida probable – antología (1999), Bienvenidas calles del Perú – antología (2001), Voces de Portocaliu (2003), Delta (2006), La nueva frontera (2007), Papeles de Harek Ayun (2007),  I giorni del poeta (2007), Foto&Grafia (2009), Vida, toma mi mano (2009), La tierra prometida (2009), Argumentos del día – antología personal 1973-2005 (2009), Prohibido asomarse al interior – antología (2009), Mirar la ciudad (2011), Nohualhue (2012), Cuerpo final (2013), Nohualhue. Ida & Vuelta. Poesía 1964-2016 (2017), Los muertos pasean desnudos, antología (2020) y En el corazón de las cosas – Antología poética (2020).

Miro esta tarde que perdí

Miro esta tarde que perdí
esta tarde limpia y brillante
no estoy en ella sin embargo.
Es que de pronto me llegó
su soplo antiguo, delirante.
Me vi corriendo sobre el pasto
entre las margaritas de Imperial
bajo álamos y eucaliptos.
Miro esta tarde que perdí,
robábamos frutas en las quintas
apedreábamos el aire
nos revolcábamos en el trigo.
Y era en tardes como ésta.

Gastadas y estropeadas

Cuando posas tu mano
en mis cabellos
y palpas mi transpiración bajo el pelo
durísimo
yo te doy las gracias en silencio
por tu dulce ferocidad.
Cuando entierro mis dientes en la realidad
y los saco sucios de barro y veneno
cuando me empujan hacia la sola
temible oscuridad
cuando desconozco a mis hijos
y debo recorrerlos uno a uno
ciego
tú me lanzas tu mano como un relámpago
o un salvavidas
y a ella me aferro
y la fiebre declina
y duermo al fin
y vuelven a ordenarse las figurillas
gastadas y estropeadas.

Asedio

Mira donde pones el ojo
cazador
lo que ahora no ves
ya nunca más existirá
lo que ahora no toques
enmohecerá
lo que ahora no sientas
te ha de herir algún día.

Por inercia sigue el paso de las jóvenes

En reposo, heme aquí,
sentado en una plaza, otro jubilado
que juega con las moscas y mira a los fotógrafos.

Gran Himalaya

Es un hecho que no subiré jamás a las cumbres del Gran Himalaya;
está escrito que los hombres allí se vuelven dioses
y el poder temible de la naturaleza disminuye a los seres:
sus pasiones,
a una blanda indolencia.
Pero yo no subiré al Gran Himalaya,
tropezaré con las piedras del camino,
me embriagaré con deleznables licores,
seguiré maldiciéndome con ternura.

En un tren yugoslavo

I

A mi lado hablan los hombres,
dulces y agredidos,
fumamos y el humo nos une,
no entiendo qué dicen
pero cruzan las manos
en un gesto
que me es familiar.

II

Durante varias horas nos ha acompañado
un pequeño río
de grises y duras aguas.
Quisiera preguntar cómo se llama
¿cómo se llama este río?
sonríen,
cómo se llama este río,
sonríen,
este río se llama Sonrisa.
No hubiese podido irme sin saber su nombre.

Día de muertos

Bebo el vinillo triste de Imperial
con mi madre que amadra sin descanso
aquello que no sabe y no sabiéndolo
lo vuelca de un sentido sin sentido.
Una muerta en la boca me deslumbra,
una sombra
un sonámbulo tributo
el despertar confuso de otra sombra
que difunde mi aliento en la penumbra.
Una muerta que viene con el río,
una sombra que finge de estar viva.

Nos vamos y llegamos en un círculo
que al fin encontrará su punto cero
y no habrá verso
vino
ni suspiro.

Cómo será sin lluvia y sin abrazo…
Será como esa piedra o esa hierba
o será como el viento que fatiga
la calle solitaria de noviembre.

Nada

De pronto estuvo ahí
guardada en un horrible abrigo color rata
apareció otro día
con traje y aletas de mujer-rana
rompí la goma rabiosamente
a la altura de un seno
lo besé estaba frío
como pude la fui desnudando
una maraña densa la defendía
me pregunté no estará muerta
“te engañas” me dijo
“estoy viva y soy bella”
en efecto
algo latía en ella y me llamaba
pero había hostilidad en los objetos y nos separaban
seguían apareciendo restos submarinos
musgo/ pequeñas piedras/ botellas con mensajes
uno de ellos decía “recibe esta mujer
y no hagas tonterías por ejemplo preguntas
ella no existe es cierto
pero nadie es perfecto”.

Breve adiós a Omar Lara

Aquella tarde algo ventosa salimos de Valdivia y nos dirigimos a la costa. Habíamos viajado a esa mágica ciudad a celebrar los cincuenta años de Trilce, la revista de poesía más antigua del continente que tú, siendo un joven universitario, creaste junto a un grupo de amigos en ese recodo alejado y que, gracias a tu pasión, se convertiría en un centro irradiador de la poesía de Chile y toda Latinoamérica. Hubo celebración en actos oficiales de homenaje sincero. Hubo también una cena entre los más íntimos, donde con tu hablar pausado y voz dulce nos reglaste mil y un historias cargadas de intensidad y vida. Tan atrás quedaba tu exilio en Rumania, tu estancia en Madrid y ahora, desde Concepción, volvías al origen como quien ha dado una inmensa vuelta de años y lejanías.

Aquella tarde, mientras paseábamos por Curiñanco rumbo a la cabaña de los entrañables Guido y Melita, te vi caminar con paso firme por el litoral. Cuando llegamos, te instalaste en una reposera junto a pinos y flores y yo bajé a la playa. Me alejé un poco, sobrecogido por la fuerza de aquellas aguas mecidas por la corriente de Humboldt y de lejos te vi en lo alto del acantilado. Mirabas el mar infinito y me supe un agradecido huésped de tu mítico Portocaliu, de donde ahora has zarpado en tu último viaje amigo del alma.

Benjamín Chávez

Un mensaje que se hizo esperar

Jorge Luna Ortuño

I

Fue hijo, padre de seis hijos, abuelo de nueve nietos, y hombre alegre, orureño charlador, cargado con un aire de mariachi mexicano en su expresión y en sus modos, influido por el cine y la telenovela mexicana.  

 —Yo voy a vivir hasta los ochenta, para qué más —-solía decir con una sonrisa de oreja a oreja. Quizá el destino, si es que hay alguno, quiso que su predicción se cumpliera. O tal vez Mario programó el tiempo de su vida y su cuerpo lo escuchó. Se fue cuando cumplió ochenta años, con la precisión de un avaro. Fue generoso y punto de unión de la familia, como un faro que señaliza un liderazgo patriarcal. Siempre nos pareció un roble, pero un día apareció enfermo. Se sometió a unos exámenes, y una semana antes de carnaval, se marchó. Los perros del barrio que tanto lo querían aullaron toda la noche en ese alejado lugar que, en buena parte de mi niñez, fue mi segunda casa. Colgó su abrigo, su sombrero y su chalina en el perchero; después, luciendo su traje más elegante, se fue de paseo por la Luna.

No supimos más de él. ¿Por dónde seguirlo? Es tan definitiva la muerte. Los únicos contactos se dieron a través de extraños sueños que tuvimos en la familia durante varios meses.

Sin embargo, hace poco me enteré de que mi abuelo despertó a otra vida; es decir, se pasea en ese otro lugar por donde le da la gana, por el stadium, la plaza de toros, las canchas de tenis, los trenes, en fin. Encima dice que todavía le gusta viajar, como que se apareció en Acapulco, y luego anduvo dando vueltas por el Caribe con unos cuates que habían colgado los cachos antes que él. “Cuando ella venga, nos venimos por acá”, pensó como si nadie lo oyera.

Su espíritu aventurero, del que dio muestras en esta vida corta, lo llevó a explorar parajes afrodisíacos en la otra. Sin embargo, a pesar de todo lo bien que la estaba pasando, quiso volver a su Orurito a ver cómo estaban las cosas en casa. Era de tarde, el barrio parecía abandonado, aunque algo lo habían mejorado; la casa vacía, la puerta roja descascarada. Cruzó el patio, que ya no tenían tantas flores como antes, entró al living y buscó entre sus viejos discos. Sacó uno y lo puso a tocar. Mientras Jorge Negrete gritaba “México lindo y querido”, se puso a mirar las fotos de Machacamarca colgadas en las paredes, esas fotos en las que aparece con su raqueta de tenis, o aquellas que lo tienen con expresión de ranchero a lado de Viqui y sus hijos, en total seis, todos con expresiones serias, tanto que parecen una banda de rock-punk de los 80. Mario dejó salir un gran suspiro y quiso pensar que todavía no se había ido, que quizás los otros tenían razón, que apenas estaba durmiendo… De pronto escuchó un sonido familiar, el ruido de una de esas carcachas que abundan en Oruro parando muy cerca de la casa. Se puso alerta al tiro, dejó todo en su lugar y se fue a ver quién estaba llegando. El minibús, estacionado al borde de la carretera, echaba humo por la retaguardia.

Todavía había un trecho que recorrer entre la casa y la avenida. No se puede decir que salió corriendo porque en realidad él podía aparecer en el lugar que le diera la gana. Sin embargo, antes de asomarse a la carretera, justo frente a YPFB, quiso pasar por la famosa canchita del barrio. Ahí había visto jugar a todos sus nietos, principalmente a Marquito, el más pequeño, que había pasado su niñez junto a ellos. La cancha estaba totalmente remodelada, le dio ganas de meterse a jugar con los enanos que correteaban detrás de una pelota remendada. Pero de inmediato se acordó de Viqui; en un solo movimiento ya estaba parado vista a la carretera, justo al borde del centro médico del que tanto le gustaba contemplar el movimiento de la zona. Su adorada Vicenta, mucho más delgada, cruzaba la carretera con una bolsa en la mano y una expresión perdida en el rostro; algo estaba masticando en su memoria y no terminaba de digerirlo. Aquello era duro de presenciar, pero incluso así, con los ojos aguados, no dejó de esbozar una sonrisa emocionada al verla otra vez, después de un tiempo que ya no le era contabilizable, pero que en el mundo de los de carne y hueso habían sido un par de años.

¡Qué misterio es el amor!, la vio y era como si fuera la primera vez. Vicenta, mujer de pelo castaño, de hermosos ojos verdes, muy dada al llanto fácil, fue el amor de toda su vida, su novia, su esposa, su vigilante, su hombro tenaz, la madre de sus seis hijos. Viqui, la incansable cochala de Sipe-Sipe, la preferida de los nietos, bailarina de cuecas por excelencia, experta en la preparación de ricas comidas caseras para largas mesas familiares reunidas con motivo de alguna fiesta. Viqui, la mujer compleja, de emociones a flor de piel, adorable al fin, a pesar de algunas amenazas de escobazo para Mario en pasajes de riñas.

No me olvido una ocasión que mi abuelo había hecho renegar a Viqui, la abuelita. Ella barría, era la tardecita, mientras nosotros terminábamos de chupar naranjas. Las mujeres en la familia tienen mucha más prisa por empezar a limpiar enseguida, es como un virus en sus genes. Nosotros reíamos al sol. Y mi abuelo alardeaba sobre su fuerza, y me dijo, algo así:

—Con estas vitaminas, vas a ser de roble, como yo —.

Ni corta ni perezosa, mi abuela respondió con agilidad:

—Ja, que va a ser de roble…, si el otro día de un escobazo casi lo desmayo —.

No pudimos más que soltar unas carcajadas con mi abuela, mientras él sólo sonreía, mirando hacia abajo, tal como harían mis tíos Jaime o Walter, esa manera familiar de meterse el gol para adentro y atisbar una sonrisa sólo con la mitad de la boca.

–Nosotros nos casamos jovencitos, cuando yo tenía 16 años y él 19–suele contarme la abuela Viqui como si no lo supiera, y lo hace con cierto orgullo, como si hubiera sido una gran batalla, un paso gigante, y luego se asoma un resplandor a sus ojos que parece pincharme para que me case de una vez, pues siempre termina preguntándome: ¿cuántos años tienes tú?… ahhahh.

Todos en el barrio saben que Mario ya pasó a otra vida, como quien dice, que toca el arpa en otros hemisferios, pero lo curioso es que el recorrido por ese rincón del planeta lo hace sentir muy vivo, revitalizado. Le resulta llamativo que el mundo en ese pueblo, al igual que el de otros que ya visitó por lejanos parajes, funcione de cabeza. Recorre las calles de vez en cuando y las encuentra repletas de gente que camina como muerta, aunque caminen rápido o disimulando alguna dirección, se notan demasiado mecánicas, faltas de sabor, de risa, de luz, de alguna agitación… ¡Da ganas de empujarlos para que despierten! ¡De tirarles una patada! Pero eso le costaría mucho más que una tarjeta amarilla. Lo confunde el olor a conformidad de esas vidas, el asentamiento generalizado, la resignación, y las calles en Oruro están llenas de gente que exhala esa dejadez, a lo largo de toda la 6 de octubre hasta la plaza y de ahí de bajada hacia el cementerio o siguiendo arriba al Socavón. Lo puede adivinar en sus ojos sin fondo, en sus caras consumidas, en sus pasos indiferentes y sus cuerpos blandos. Por acá se olvidaron de vivir. Se le viene a la mente la canción de Julio Iglesias, esa que cantaba a todo pulmón en algún encuentro con un amigo: “de tanto correr por la vida envuelto en sueños, me olvidé que la vida se vive un momento…, de tanto gritar mis canciones al viento… hoy no soy como ayer… hoy no sé lo siento… me olvidé de vivir…” ¿Y a qué viene toda esta cháchara? Todo comenzó con Vicenta, sí, su amada Viqui que está cruzando la carretera desde hace una hora, así pareciera, ella también lleva cifrada en su expresión algo de esas personas sonámbulas que se olvidaron de vivir, y que quizás ya ni siquiera se atreven a recordarlo.

II

Pero si hablamos de Mario es todo lo contrario. Es muy feliz, y no es porque no la extrañe, es simplemente que lleva una existencia muy agitada a fuerza de haberse dado cuenta de que no hay otra forma de vivir. Hay demasiadas cosas que hacer y realizar en la vida, y cuando uno se va y franquea el umbral, es peor aún… Pregúntenselo a él. Me contó que ya tiene un camión grande y amarillo, tal como soñaba en sus horas de contemplación de la carretera Oruro-La Paz, cuando veía desfilar, junto conmigo a veces, todos esos buses, tráileres y volquetas entrando y saliendo. Con ese camión se va de paseo por todos lados –aunque sea sólo un gusto, igual todo es gratis–, y lo hace generalmente con su hermano mayor, que partió a otra vida sólo unos meses antes que él en Cochabamba.  Los fines de semana le gusta jugar lota y cartas con los amigos, tomar unas cervezas, saltar, bailar, dormitar, y entre todo eso, escuchar unas buenas rancheras de Jorge Negrete, de Antonio y Luis Aguilar, y de todos esos dioses inmortales de la música mexicana que tiene planeado conocer, a su debido tiempo, en los rincones misteriosos de su nueva residencia. –¡Tienen que estar en algún lado carajo, en alguna especie de paraíso, si nos dieron tantas alegrías con su música!– suele decir con aire de urgencia.  Por otra parte, ahora que se liberó del cuerpo ya cansado, ha vuelto a jugar tenis de vez en cuando. Se suele encontrar con viejos amigos que lo tientan a pasar en Machacamarca algunas tardes llenas de anécdotas. En la antigua estación se le vienen a la memoria los más dulces recuerdos de su vida como padre y esposo, sin importar lo difícil que le fueron algunas etapas, pues todo lo que se ha vencido sólo se vuelve a mirar en el retrovisor con una sonrisa.

Sin embargo, desde su última pasada por la carretera, siempre se da tiempo para ver, aunque sea un ratito, a su Vicentita. Cuando va por la casa y ella no ha salido, se encuentra con mucha bulla, es que Viqui deja siempre una radio encendida en otros dormitorios, así trata ella de aminorar la soledad.  Se pasea por el pasillo que sigue tan soleado como siempre, se sienta y trata de hacer una siesta a lado de su antigua radio. En la cocina, ella está correteando de un lado a otro, a veces en afán de preparar la comida, otras veces simplemente correteando, correteando por corretear, porque ya se olvidó lo que tenía que hacer, y luego, al recordarlo, se olvida de lo que antes tenía claro. Esos trámites la suelen bambolear de un lado a otro como si estuviera caminando dentro de un barco turbulento en medio del océano.

Finalmente, en las primeras horas de la tarde, Viqui cuelga el secador de manos, apaga las radios y se va al pasillo a reposar. Sentada mira por la ventana a lo lejos, en lo infinito del cielo celeste orureño que se asoma por encima de los tejados; su mirada se pierde en la línea del horizonte, piensa inevitablemente en su querido Mario que ahora ya no está, ni para reír ni para pelear. En un momento dado, ella también está como ausente. Silencio, quietud… muecas, salta una lágrima y vuela una mosca por su lado en el mismo instante. Él la acompaña mirando de reojo, está sentado a su lado. Presencia y ausencia, y las dos. Viqui es su compañera de más de 60 años de vida, no es un bonito cuadro; Mario se queda pensando en algunas cosas que le hubiera gustado hacer y que ya no pudo, pero, sobre todo, recuerda todas las cosas que hicieron juntos. Ella se pasa la mayor parte de los días sola, está amarrada a su casa, quiere morir en ella, porque ahí transcurrió lo mejor de su vida. Quiere morir en esa casa, igual que su esposo, porque siempre cuenta que la construyeron con sus propias manos, ladrillo sobre ladrillo, cuando toda esa zona era sólo un pichón. Nadie le cambia la idea, no piensa moverse de la casa, sólo lo hará el día que se baje el telón para ella, y en posición horizontal. Mientras espera por el último acto, suspira exclamando en su interior: “¿hasta cuándo?, ¿cuándo será que dios se acuerda de mí y me lleva también?”  Mario escucha esto y le molesta. ¡Qué desperdicio! La eternidad nos espera a todos, y esto es una certeza, pero la vida es sólo unos momentos, dura lo que tarda en inflarse el moco de un niño resfriado que estornuda en medio de la clase; la eternidad es lo que experimenta el niño al disculparse y justificarse ante sus compañeros y la maestra. ¿Por qué está Viqui dejando de exprimir los minutos que tiene? “¡Ay Vicenta, mi Vicenta de telenovela! –se lamenta. Sólo atina a irse por el patio para escribirle algunas líneas llenas de entusiasmo en las ventanas, en la puerta del horno, en una sábana que se bambolea en la cuerda con el viento, en el espejo del baño, en la TV… Pero es inútil, está tan cegada por su pena que no alcanza a ver lo que está en sus narices.

Los días pasan, días que se van en patota levantando el polvo; dos otoños que corretean por el patio como quien busca sus hojas desparramadas por el suelo, los siguen inviernos resfriados que visitan la casa al asalto de una buena sopa de pollo caliente; calurosos veranos con lentes de sol se asoman a la nevera, y las primaveras van y vienen con las flores en la mano renegando del negocio que se hace con ellas. Es en vano, Viqui no lee nunca el mensaje.

La espera desespera, y lo demás, no es lo de menos. Mario no sabe qué hacer. Si no puedes escribir, pinta –le dijo una vez una poeta. Él se sale con su hermano de paseo, se van a los arenales, se van al sud a ver la víbora, se van, simplemente se van… Se enfrascan en charlas teñidas de inolvidables recuerdos que vienen acompañados de largas risotadas. Todavía tienen algo de despaciosos, los agarra la noche. Es curioso, porque ni siquiera tienen que hablar, pero se cuentan tantas cosas, todo lo que quieren expresar, lo hacen bailando, el otro lo entiende perfectamente. A veces recurren al silencio, y otras veces una mirada basta para señalar el curso de la conversación. Expresión y ya no comunicación, lenguaje de viejos amigos. Al entrar la noche mi abuelo se vuelve a la casa caminando un poco entonado, todavía tiene unos días para rondar por el lugar. Le resulta fácil emborracharse, incluso con un vaso de agua, le produce los mismos efectos. Es urgente que le haga llegar unas palabras a su Vicenta; camina por el barrio cantando una coplita: “¡me dicen vicharachero…cuídense pollitas que vengo agarrando parejo …lo mismo feas que bonitas, ¡¡¡¡ooooleeé!!!!… cuídense, cuídense, y guárdenme su corazón!”

Las estrellas se alegran y algunos perros se ponen a aullar, si pudieran se pondrían a cantar con él. Son los únicos que están tan atentos como para poderlo escuchar.

Entra en la casa de puntillas, cuelga su sombrero, recorre el pasillo y se asoma al cuarto de Viqui. Desde la puerta entreabierta la contempla unos instantes. Duerme tranquila, como un ángel. Se acerca y la besa en la frente; está tan tapada que casi no la ve. Siempre tan friolenta. La arropa un poco más con la frazada, quizá para no perder la oportunidad de tratarla con cariño por un momento, y se sale silenciosamente. En el otro cuarto René, uno de los hijos que la visita, ronca como un tranvía. ¡Dios mío, va a despertar a los muertos!

En el tejado se encuentra con dos gatos, los espanta de un carajazo antes de echarse sobre la calamina con los brazos cruzados detrás de la cabeza. La noche callada, con todas sus estrellas juntas; se siente agazapado bajo ese cielo infinito que parece una frazada enjoyada, y se pone a pensar en cómo le hará llegar el famoso mensaje. –Si lo escribo y lo dejo en el ropero como si fuera una vieja carta –piensa–, va a resultar muy sospechoso.

Mira en el cielo y una estrella saltarina le recuerda a su amigo Cantinflas, que en estos momentos está en una suerte de luna de miel con su gran amor, su bella esposa rusa que en otro momento lo dejó por una dolorosa enfermedad que no pudieron curar.  Mi abuelo y Cantinflas tienen una partida de póquer pendiente, y por supuesto el mexicano le va a ganar, no sabe cómo, es que él se la pasa distraído escuchando las miles de anécdotas que le cuenta el hombre de los pantalones caídos y los bigotes de chino, de modo que siempre termina pagándole las apuestas de buena gana.

Mario piensa y piensa, y el sueño lo sorprende. Dicen que en el sueño se resuelven la mitad de nuestros problemas. La idea se aplica también a su situación. Perdido en ese mundo donde no influye la ley de la gravedad, se sueña con sus hijos, a veces habla con Miriam, la mayor de las hijas, y también con Walter y con Jaime, pero ninguno recuerda al día siguiente lo que conversaron, sólo alcanzan a recordar la sensación de paz. Todos sus hijos están bien, está feliz por ellos, la que le preocupa es su Vicenta… En ese sueño, o quizás como continuación del reato, sucede lo que les voy a contar.

Llega el día siguiente, muy temprano, Viqui alista las flores y sale al cementerio. Mario la acompaña, pero no termina de entender cuál es el sentido de esa costumbre. ¡Otro desperdicio de tiempo! Llegados, él aprovecha para fumarse un puro mientras ella le cambia las flores a su nicho. Ve a su alrededor y lo único que le gusta de ese lugar son los jardines muy bien cuidados. Después de las tradicionales lágrimas, ella dice mirando la foto: “hazme un campito, que ya te alcanzo pronto”. Conmovido, él se dice en silencio: “está loca si piensa que le voy a hacer un campito aquí. Apenas me alcance armamos una fiesta y bailamos unas cuecas hasta el amanecer sin que nadie nos moleste.” Finalmente se cumple el ritual, salen del cementerio y se van caminando en busca de un micro para volver a casa. Más allá, en una esquina a la altura de la cancha de Oruro Royal, el micro se detiene con el semáforo en rojo. Sentado en la parte posterior derecha, Mario observa por la ventana sin decir palabra; en eso un muchacho que va rajando en su bicicleta se detiene estrepitosamente a lado del micro –quedan casi a la misma altura, de modo que llegan a saludarse de manera imperceptible.  Sorpresa. Es su nieto, Jorge, el que se las da de filósofo, el mismo escuincle que lo acompañaba algunas tardes de vacaciones y chupaba diez naranjas en las famosas competencias que hacían. “Mira que ocurrencia de éste mi nieto, estudiar filosofía, y ¡en La Paz! En país donde mandan bárbaros e ignorantes es mejor ser hombre de negocios o industrial. Pero ya está, ya lo hizo. Que tenga mucha suerte”—se dice. Lo saluda con una sonrisa, justo cuando comenzaba a desanimarse, la respuesta terminó de completarse por sí sola. “Creo que a él le gusta escribir. ¡Venga, por qué no! Le voy a pedir un favor”.

El nieto anda iniciándose en el ingrato oficio de escritor. Está buscando algo sobre que escribir, ideas, aventuras, polémicas, alguna cosa, y no se da cuenta de que tiene muy cerca una historia llena de vida. Esa misma noche el abuelo lo visita en un sueño y le susurra: “tengo un mensaje que quiero que escribas para tu abuelita. Dame una mano con eso y te agradeceré haciéndote caer un vinito del cielo el día que menos lo esperes y más lo desees”. Y así esta historia llega a su fin. Acabo de despertar, todavía estoy medio dormido, pero ya prendí la computadora y me puse manos a la obra. Mejor en fresco. El día que le escribí este mensaje a mi abuela, fue el día que empecé a escribir.

A partir del sueño de un sábado, Oruro, 2007.

La decadencia del mundo actual según algunos escritores

H. C. F.  Mansilla

La obra ensayística de Mario Vargas Llosa es muy interesante para aproximarnos a una crítica al relativismo postmodernista y a las modas intelectuales que predominan hoy en día de manera avasalladora. Nos ayudan a construir una vida con sentido, buscando una base sólida para los principios que deberían guiar nuestro comportamiento cotidiano.

En la misma línea se halla el intento de preservar lo razonable del orden anterior a los dictados de la modernidad. Literariamente la mejor alternativa ha sido una alusión a la estética de la naturaleza, que ha sido arruinada precisamente por el avance de la civilización moderna y por la ampliación de la frontera agrícola en todo el mundo. El progreso material está destruyendo el bosque tropical, el receptáculo de una belleza sin par. La selva, tan exuberante y vigorosa a primera vista, y tan frágil y precaria en la realidad, ha sido evocada con gran fuerza en su curiosa y poética novela El hablador. Allí nuestro autor ha señalado que las tribus amazónicas habían sobrevivido durante milenios en un entorno natural muy difícil y hostil porque desarrollaron una “buena inteligencia” con respecto a la selva tropical. A través de una práctica antiquísima, que abarcaba ritos, prohibiciones y rutinas – que a nosotros nos parecen ahora el colmo del irracionalismo –, transmitidas de generación en generación, habían logrado preservar esos ecosistemas tan delicados sin violentarlos, aprovechándolos sólo lo indispensable para sobrevivir. “Todo lo contrario de lo que estábamos haciendo los civilizados”, concluye Vargas Llosa, “que malgastábamos esos elementos sin los cuales terminaríamos marchitándonos como las flores privadas de agua”.

Hablando de estética y ética en cuanto los esfuerzos más significativos para dar sentido a la vida, aquí quiero señalar la importancia de la crítica realizada por Vargas Llosa a las concepciones postmodernistas derivadas de Nietzsche, como las de Michel Foucault y sus discípulos. En su ensayo Prohibido prohibir ha mostrado la total inconsistencia de teorías reputadas como izquierdistas y progresistas cuando se las aplica al plano de la praxis cotidiana de las escuelas, como la doctrina sacrosanta sobre la necesidad de desmontar las estructuras de poder erigidas para reprimir y domesticar a los alumnos. Vargas Llosa menciona con detalle el caso de Francia. Después de 1968, y luego de innumerables reformas para liberar la escuela de sus estructuras aparentemente represivas, tenemos ahora en aquel país instituciones caóticas, “pequeñas satrapías de matones y precoces delincuentes” – como se expresa Vargas Llosa – en las escuelas públicas. Decayeron, eso sí, la autoridad del prestigio, el valor del conocimiento intelectual y el antiguo prestigio ético asociado a la calidad del docente.

En la Francia contemporánea el sistema escolar público ha caído en el empobrecimiento y el desorden, con un resultado paradójico: los únicos colegios aceptables son los privados, adonde van los hijos de los izquierdistas astutos y acomodados. El entonces presidente francés Nicolas Sarkozy criticó en abril de 2007 la dictadura del “pensamiento único”, es decir de la doctrina “progresista” vigente desde 1968, señalando que la izquierda habría renunciado al mérito y al esfuerzo. Tal vez quiso restaurar el valor social de la moralidad, de la diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso y entre lo bello y lo feo, aunque lo dudo, pues Sarkozy era un frívolo habitual. Afirmó que anhelaba restablecer la “ciudadanía de los deberes”, equilibrada con los derechos. Pero resultaba aceptable su inclinación, aunque fue meramente verbal, contra el relativismo axiológico. Aseveró, por ejemplo, que el pensamiento único iniciado en 1968 y las corrientes postmodernistas habrían generado, en última instancia, “el culto del dinero-rey”: una verdad incómoda.

¿Cómo terminará este modelo civilizatorio, en el cual tiene lugar un imparable proceso de avances tecnológicos, pero en medio de una sensación generalizada de decadencia, soledad y desamparo? Aquí parece útil referirse a la novela Sumisión (2015), de Michel Houellebecq, que narra la ascensión enteramente legal de un musulmán moderado a la presidencia de Francia. La sociedad francesa, desmoralizada en el plano moral, pero próspera en el económico – como las de Europa Occidental –, se aparta de los ideales laicos, humanistas y racionalistas de su propia tradición y da la espalda a los fundamentos de la Ilustración. La concepción de libertad se convierte entonces en una forma de desdicha. Surge un poderoso movimiento que recupera valores premodernos como señales de la buena salud social: la homogeneidad ideológica, la familia sólida, tasas altas de natalidad, el renacimiento de las jerarquías y una educación basada en una moral rígida. En esta constelación es plausible que el electorado francés se incline, sin muchas ganas, es verdad, por un programa de islamización moderada. ¿Es este el futuro que le espera a gran parte del mundo?

En este contexto debemos escuchar a Vargas Llosa, quien dijo que no es seguro que los espacios de civilización (los libros, las obras de arte, las pequeñas cosas refinadas e inteligentes que coleccionamos) puedan a la larga prevalecer sobre la barbarie, pese a que las “letras dicen cosas fabulosas”. El periodismo, por ejemplo, no tiene hoy la función de informar, sino la de hacer desaparecer toda posibilidad de diferenciar entre verdad y mentira, entre la realidad y la ficción creada por los medios de comunicación y los periodistas, “los cuervos hambrientos de carroña”.

Es, por lo menos, debatible otra opinión de Vargas Llosa: los deportes embrutecen de modo similar a los medios masivos de comunicación. Hoy en día el deporte se habría convertido en un “exhibicionismo de irracionalidad colectiva”. Para afirmar esto en una época que idolatra el deporte se requiere de una buena dosis de valentía. Hace muchas décadas, durante la revuelta estudiantil en Berlín (1967-1968), escuché a simpatizantes y adherentes de la extrema izquierda, que celebraban las cualidades de los auténticos líderes. Los muchachos de esos grupos creían seriamente que eran reencarnaciones de Lenin, Trotsky, Stalin, Mao y Castro, pero con el aspecto de atletas exitosos modernos: varones fuertes, rudos, decididos, implacables con los competidores, heroicos, muy populares entre las mujeres jóvenes, dispuestos al sacrificio… verbalmente. Siempre pensé que estas imágenes mostraban reminiscencias de la época hitleriana.

Para encontrar sentido a la existencia deberíamos salvar el valor único e inconmensurable de las creaciones culturales genuinas, nos dice Vargas Llosa: “[…] la cultura, la literatura, las artes, la filosofía, desanimalizan a los seres humanos, extienden extraordinariamente su horizonte vital, atizan su curiosidad, su sensibilidad, su fantasía, sus apetitos, sus sueños, los hacen más porosos a la amistad y al diálogo, y mejor preparados para enfrentar la infelicidad”. Las hermosas palabras de Vargas Llosa están inspiradas por las mejores tradiciones del racionalismo occidental, que ahora es tan vilipendiado por haber presuntamente ahogado la dimensión de los sentimientos y las emociones. Pese a todo ello me atrevo a afirmar lo siguiente. Los aspectos realmente creativos de la dimensión civilizatoria, que siempre son generados por individuos descollantes – es decir por una aristocracia cultural –, es lo que no pueden comprender ni las masas de las sociedades contemporáneas, ni las élites plutocráticas y tecnocráticas de las mismas. En un texto excepcionalmente brillante, Mediocridad y delirio, el poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger ha examinado la naturaleza y las funciones de las clases dirigentes contemporáneas, cuando los títulos nobiliarios, los méritos intelectuales o guerreros, los logros científicos y artísticos y las cualidades éticas ya no significan nada. El valor de estas capas privilegiadas hoy en día, nos dice este autor, reside en su capacidad para divertir al público y para aparecer en los medios masivos de comunicación. Lo que a mí más me duele: la formación académica ha perdido toda relevancia. La política misma se transforma en una modalidad de la industria de la diversión, lo que entraña el peligro de que la democracia se convierta en algo obsoleto, que los ciudadanos seamos manipulados por especialistas incultos y que los asuntos públicos sean manejados con un secretismo creciente. Enzensberger nos muestra la estupidez que aquella poderosa concepción de nuestros días que nos obliga a seguir ciegamente las modas, a despreciar el pasado (incluido el propio), a adorar el fundamentalismo del progreso perenne y a sentirnos, por consiguiente, como esclavos de procesos sobre los cuales no tenemos ninguna influencia.

Yo fui el orgullo

Gonzalo Lema

A Óscar Únzaga de la Vega corresponde el juicio más certero sobre Franz Tamayo: “Ninguna personalidad puede ser más representativa por sus dimensiones y simbolismo que Tamayo, en esta primera mitad del siglo veinte. Ningún valor es más auténticamente boliviano, más nuestro, con su grandeza contradictoria y con su amarga soledad de cima”. Deberíamos, en esencia, estar de acuerdo: la gigante dimensión de su personalidad, su genio a menudo contradictorio y su soledad de intelectual único.

Su biógrafo más importante, Fernando Díez de Medina, afirmó: “Tamayo es ciertamente un enigma estético”, debido a la altura y también profundidad inalcanzables de su poesía. Augusto Céspedes intentó en lo suyo: “Estamos en medio de una obra deforme”. Luego completó: “Talento amorfo, amenazado siempre por el absurdo y por el genio, presionado por la dificultad de sus abstrusas ideologías, cuando se ofrece al público en palabras no se entrega del todo”.

¿Quién fue, en realidad, Franz Tamayo? Un poeta, un pensador y un político, y no debería importarnos el orden. El estupendo libro de Mariano Baptista Gumucio, “Yo fui el orgullo”, de lectura, diría, obligatoria, no solo devela el magnífico nivel alcanzado por este hombre en estos oficios, sino que también recoge dudas y certezas testimoniales sobre su origen.

Tamayo tuvo madre aymara, lo que siempre fue su orgullo, pero desde el libro citado es posible considerar que también fue aimara por parte de padre. De ser así, don Isaac Tamayo fue el destacadísimo hombre que lo educó. Nacido en La Paz, en febrero del año 1879, Franz Tamayo acompañó activamente la vida nacional sin tregua ni descanso hasta fallecer en 1956. En su derrotero casi completo, sólo faltó, y faltan, lectores. Carlos Medinaceli, nuestro novelista excepcional, dijo: “No se puede reclamar para Tamayo la gratitud popular”. Cierto: su excelsa intelectualidad abrió un verdadero abismo con el nivel de aquella sociedad y todavía con la nuestra.  De todas formas, él fue apoyado y votado en las elecciones de 1934 y no asumió la presidencia debido a esa vergüenza que llamamos “corralito de Villamontes”. Medinaceli fue justo: “Tamayo tiene el ímpetu de vuelo de un Ícaro, pero lleva en las alas el peso de una biblioteca”.

Este “profesor de plenitud” no se agotó en exuberancia. Panfletos políticos, polémicas escritas, reflexiones filosóficas, discursos parlamentarios, proverbios, versos reveladores, si bien prácticamente no leídos, trascendieron el papel de tal forma que suscitaron la admiración popular. Felipe Delgado establece bien: “Usted sabe que nosotros somos Bolivia. Pero la verdad es que Tamayo es Bolivia”. El espíritu de su letra parece haberse posesionado de nosotros.

Franz Tamayo es fundador de dos periódicos (“los únicos con ideas”, dijo Medinaceli), más un partido político. La suma de editoriales es su libro muy conocido y divulgado: Creación de la pedagogía nacional, en el que fundamenta la tesis de una educación basada en el carácter nacional. La ardua polémica sostenida con aquel ministro de educación, Felipe Segundo Guzmán, pareció consolidar y proyectar sus ideas: comenzó defendiendo la raza y pronto avizoró una visión americanista. Quiso que se comprendiera el ser nacional, su alma y su mentalidad, para luego educarlo en las ciencias y disciplinas universales. Afirmó que: “fuera del mundo occidental no hay salvación para nosotros”. Y aclaró: “Otra cosa es que nosotros integremos al occidentalismo nuestra alma íntegra”. Muchos de sus planteamientos y de su visión americanista están presentes en la carta  a Casanova que, ojalá, sepamos recuperarla siempre y que “Yo fui el orgullo” la reproduce en su integridad. América integrada a Occidente conservando su carácter, como Bolivia integrada a América y a Occidente. Lejos de la inútil guerrilla de la “pureza” de razas y culturas que hasta hoy nos ocupa, plantea la viabilidad y fluidez del mundo vía integración. Esta posición, y esta manera de ser, sin embargo, generaron que René Ballivián advirtiera: “Existen dos sendos peligros sobre nuestra juventud: El polifacetismo y el universalismo”. A Tamayo siempre le pareció que la mejor respuesta a ese prejuicio era “la plenitud”.

A juicio de Augusto Céspedes, el Partido Radical apenas “resultó un semillero de tránsfugas que se pasaron al liberalismo o republicanismo”. Es cierto: con el tiempo, su escaso número de militantes fue aún menor, hasta que terminó subsumido en el partido de Salamanca para las elecciones del 34. Casi todos los bolivianos paladeamos algo de Franz Tamayo: “En la desolada tarde,/ Claribel,/ Al claror de un sol que no arde,/ Claribel/ Me vuelve el amante alarde/ Aunque todo dice es tarde/ Claribel.