Lucero en el mercado

Fragmento inédito de un libro que su autora llama “de etnología ficción o  etnología novelada” y que son crónicas de la violencia cotidiana en Oruro. Si bien lo narrado se basa en el trabajo de campo que la autora realizó entre 1982 y 2010, la cualidad ficcional del relato hace que toda posible evocación de hechos o personas reales sea mera coincidencia.

Liliana Lewinski

10 de noviembre 1986, medianoche

Lucero abrió los ojos, casi gritando, cuando la puñalada le atravesó el pulmón. Miró y vio un turril de lechugas y vio la Virgen paseando por los pasillos de su sección.

¡El cuchillo, hijo! hijito… wawita de mi corazón…¡ay!… el cuchillo… duele… no te vayas… no me dejes… hijo…

Y la noche la acunó, definitivamente.

Años más tarde Tonio, ya convertido en don Antonio, seguiría buscando en sus recuerdos ese cuchillo. ¿Dónde estaba cuando entró en el cuarto y vería a su madre, en la cama, cubierta de sangre? Cómo verlo si él sólo veía la mamita mamitay que ya no contestaba y su prima que gritaba y lloraba y él que lloraba y gritaba papá, papá y mamá, mamá y nadie contestaba y él que seguía escuchando alaridos en su cabeza que no sabía de dónde venían, que no, que no venían de afuera, alaridos que gritaban y llenaban su cabeza desde hacía horas y que habían aumentado en las últimas horas, cuando trataba de comer con su abuela y no podía, no podía porque algo ardía en su cabeza y para apagar el fuego buscó a su padre y sólo encontró a su madre ensangrentada…

Horas más tarde, cuando el policía le preguntara y su tía le hiciera señas por detrás del uniformado, horas más tarde ya no sabía cómo habían pasado los minutos entre la imagen de la madre ensangrentada y la voz del padre que le pide dinero. ¡Dinero! a él que nunca tenía más que algunas monedas en sus bolsillos. Dinero cuando mamá está ensangrentada. ¿Dónde estaba el cuchillo? ¿Dónde estaba papá? ¿Dónde estaban los tíos? ¿Dónde estaban las tías? ¿Qué había pasado? ¿Por qué descendió corriendo las escaleras y corriendo atravesó el patio gritando papá, papá y gritando abrió la puerta de calle y gritando y corriendo en la oscuridad fue detrás de su padre que corría hacia la esquina?

El adolescente casi tropezó con su padre cuando éste titubeó escuchando la voz de su hijo.

-Papá… ¿qué has hecho?… mamá…

-¿Has visto?… ahora sabrá quién soy… dejará de burlarse… dejarán todos de burlarse de mí…

-Papá…

-Me voy… no vuelvo… dame platita waway que me voy… no nos veremos más… qué pena waway…

Y le dijo dónde iría y Tonio lo repetiría a sus tíos y a sus tías y a su abuela, cuando ya estaban en la casa de regreso del hospital cuando les habían dicho que mamá había muerto. Y los parientes repitieron y repitieron dirás que lo habrás visto pero no dirás dónde está, dónde fue. No sabrás nada. Diremos que él fue, mostraremos el cuchillo que está allí sobre el tejado. El cuchillo. Años más tarde ni sabría si era cierto que el padre le dijo dónde iría.

Entretanto, los gritos de la sobrina de Lucero habían alertado a toda la familia. Salían de la cocina o de sus piezas. Corrían por el patio y subían la escalera. Entraban en la habitación y la miraban. Estaba lívida. Los parientes no comprendían. Respiraba mal. Se escuchaba un ronquido.

-Levantémosla para que respire mejor.

Entre dos, entre tres, la levantan, tratan de ponerla de pie. La mixtura se desprende de sus cabellos negros. Las manos se mojan de sangre. ¡En la espalda! En la espalda hay sangre y por todos lados hay sangre. Luego dirían que un mango de cuchillo sobresalía de la espalda y que unas manos, ¿cuáles? ¿Quién sabrá? lo arrancarían.

-¡Al hospital! ¡Se muere!

Entre todos la bajan con dificultad, con torpeza, con terror, extendida sobre una cama. Hermanos, cuñadas, sobrinos ayudan. La bajan por la estrecha escalera, atraviesan el patio, salen a la calle. La madre de todos los hermanos vuelve a entrar en la cocina para buscar su monedero.  Alguien ya había corrido a buscar un taxi. El pobre automóvil llega. El conductor mira con pena la mujer ensangrentada. Piensa en su tapizado. La acomodan en el asiento de atrás. Calman al conductor prometiéndole limpiar más tarde el taxi.

– ¡Al hospital!

Unos minutos de carrera por las calles, entre los montones de basura, los perros que comen, los borrachos que cantan, las familias que vuelven de los festejos.

-¡Al hospital!

Llegan a las urgencias. Los hermanos gritan, gritan. Los camilleros vienen a buscar a la mujer sin fuerzas. Sin vida.

ay wawitas ya me fui…que es dolor vivir.

Lucero, mujer casada, amó a otro y la mataron. Lucero amó y la amaron. Algunos, mal la amaron. Algunos amaban lo que no cambia. Ella amaba la libertad de elegir.

11 de noviembre 1986, 9 de la mañana

Mañana soleada. El viento baja del Pie de Gallo, pasa la Plaza Cívica, la del Carnaval, agita las hojas de los árboles de la plaza de la Prefectura. ¡Árboles en el Altiplano! Pobres criaturas que resisten calores que hieren sus hojas y escarchas veraniegas que los queman en los amaneceres. El viento mira las tejas rojas cada vez más escasas perdidas entre los techos de calamina. El viento se acerca a las vías del tren que alguna vez fue a La Paz. Allí su ínfula aumenta y comienza a barrer los papeles picados que cubren las calles en derredor del Mercado Campero, sigue, sigue barriendo y llega, un poco perdido y sorprendido hasta un Mercado Bolívar que no reconoce.

-¿Dónde estás, mercado chato? 

-¿Con tu piso de cemento, los puestos de madera alineados formando una tela de araña, los toldos blancos protegiendo las mercaderías expuestas y vendedoras sentadas en su banquillo trono mirando pasar los compradores desde la altura imponente de sus tablados altos, de unos 40 centímetros?

-¿Dónde están las casillas azules que rodean tus murallas, Mercado Bolívar?

-¿Dónde están los canastos altos y delgados de las vendedoras de frutas que se escapan de tus murallas y venden de pie sobre el asfalto?

-¿Qué hace esa estructura hormigonera y gris de dos pisos con ojos múltiples y sin expresión que dejan ver un cerebro monstruoso y vacío?

-¿Dónde está tu bullicio, Mercado?

¿Dónde estás Mercado Bolívar? Ah, allí estás, desparramado por las calles. Mientras esperas, un día, volver a reunir a las comerciantes. El viento sigue su camino. Los puestos están todavía cubiertos por los lienzos habituales que los protegen durante la noche. Son ya las 10 de la mañana. Los puestos de las vendedoras que se levantaron temprano, a pesar de la larga fiesta del día anterior, muestran flores marchitas y serpentinas que se aburren y que caen, lentamente, sobre el adoquinado de la calle. Algo parece quedar de la alegría que ayer, Día de los Mercados, había invadido el lugar, en esa última década del siglo XX.

En la sección verduras, las comerciantes se agrupan, serias, atentas, escuchan un relato, bajan la mirada, suspiran y se agrupan todavía más para poder hablar más bajo.

      -¡Qué desgracia…!

      -Los hijitos…

      -Pobre hombre…

      -Pan de Dios es…

      -Qué vergüenza…

      -Su madre nos decía…

      -La papera, su vecina, decía que no se recogía…

      -Mártir será…

      -Su madre de ella nos decía “mucho me hace sufrir, la muchacha como soltera vive, se va a beber con otras mujeres, se recoge tarde o no se recoge, ni la comida cocina para su esposo…”

      -Le había dicho a la papera que su marido debía reñirla porque era mal ejemplo para todas…

      -Si el marido se ha ido, ¿quién pagará el entierro?

Los lamentos de las mujeres estallan en andanadas. Se escucha un lamento nunca escuchado antes en el mercado. Sus gritos y sollozos recuerdan una melodía trágica, plena de horror contenido. Las vendedoras se cobijan en sus mantas. Los cuerpos parecen empequeñecidos, como buscando entrar en ellos mismos. Los rostros, que se esconden, están tendidos. Los gestos son mínimos y el horror es grande.

Luego, cada una regresa a su lugar para comenzar el día de trabajo. Algunas barren las maderas de su espacio buscando olvidar lo escuchado. Otras, quedan casi paralizadas mirando sus cajones, sus bolsas, la balanza. ¡Tanto trabajo para llegar a unas cuchilladas!

“Se presume que las razones de este grave caso habrían sido pasionales y el exceso de consumo de bebidas alcohólicas” dirán los periodistas ¿Para qué buscar más lejos?

10 de noviembre 1986, 6 de la mañana

Las 6… Salí de la cama cobarde… Salí Lucero… Salí… ¡Haragana! ¡Vamos… Vamos!

¡Ay! Qué cosas me digo para sacarme de la cama. ¡Vamos! Hay que ir a la Vakovic. Los camiones estarán llegando, las amigas también y las enemigas más. Esas que andan hablando con mi mamá. Esas que de mí hablan basuras. ¡Qué saben esas! ¡Que se ocupen de su trasero! Que se ocupen de sus negocios.

Salí de la cama y no lo mires. Asco me da… Odio me da… Qué gordo está y qué malo. Harto me pega. Y cuando duro está me dice ¿Qué me miras katera de mierda?  Que tanta plata ganas y que me desprecias… Pero yo soy corajudo y de la casa no te irás. No podrás irte. ¡Soy tu marido y conmigo te quedarás!

Vamos a trabajar, hay que ganar. Con dinerito podré irme. Con dinerito pagaré al doctorcito y me divorciaré.  Me llevaré a las wawas. Mamá se enojará. ¡Ni modo! Todavía se enojará. Siempre se ha enojado conmigo. Una vez más se enojará.

¡Vamos a trabajar! Hay que ganar.

Ah, hoy por fin seré pasante. Tanto rezar a la Virgencita y ¡por fin llegó mi día! Hoy por fin tocarán la sonorización por mí y vendrán a darme el presterío y todos me felicitarán.

 Olvidaré a ese gordo y pensaré en la Virgencita y le pediré, le rogaré y ella me escuchará y me iré. Al año, cuando sea la pasante de su fiesta ya estaré con Julián Solano y las wawas en la nueva casa. La Virgencita nos bendecirá y ayudará.

¡Esa barriga! Qué gordo se ha vuelto. Joven era gordito, pero ahora… ¡Qué gordo! ¡Qué borracho!

Me voy antes que se despierte. Me voy para siempre. Me divorciaré y me casaré con Julián. Ese gordo no me puede obligar a quedarme. Me iré con las wawas, comprenderán ellos. Cansada estoy de los gritos y los puñetazos y las borracheras de ese gordo. Ni moderno es, se viste siempre como cholo. Se enoja porque visto pantalones y no vestido. Ni moderno es. Ni gana lo suficiente para que las wawas vayan a estudiar. Pero hay mi comercio y mis caseras.

¡Vamos a la Vakovic!

Se viste apresurada. Vestido azul y manta gris. Medias y los zapatos bajos. Toda la ropa fue comprada la semana pasada. Fue la fiesta antes de la fiesta. Olvidándose por una hora de su mercadería, que dejó tapadita con una bolsa de harina, se fue a pasear por los angostos pasillos del Mercado Fermín López. Se dejó tentar por un hermoso vestido, por el más lindo mandil y un bombín… Qué lindo bombín que haría brillar los ojos de Julián. Linda mujercita de mi amor, le dirá. Alisa el cabello con agua y un golpe de peine. Revisa su monedero, necesita suficiente dinero porque tendrá que comprar chicha para homenajear a los pasantes de la Virgencita y para agradecer a la compañera que le pasará el presterío y para agasajar a todas las otras compañeras, amigos y parientes que vendrán a felicitarla. Una…dos o tres latas de chicha.

Se asoma en la habitación contigua donde duermen sus tres hijos. El mayor, Tonio, ya comienza a revolverse como si fuera a despertarse.

Qué grande está. Ya tiene sus 18. Pronto irá a trabajar y al cuartel y vendrá con enamorada y al año seré abuela. A los 35 seré abuela. Julián estará contento de ser abuelo. Él ya quiere a mis hijos como quiere a los suyos. Lindo será.

Cierra suavemente la puerta de sus hijos y sale a la calle. No tiene tiempo de tomar un matecito. Camina a lo largo de la calle, dobla hacia el mercado y sigue hacia la riel buscando la zona de estacionamiento de los mayoristas de tomates y verduras varias.

Nunca le perdonaré a mi mamá el escándalo de la foto. Qué escándalo y qué vergüenza.

Cansada volvía del mercado, pensaba que tenía que lavar la ropa del marido y de las wawas, que tenía que cocinar y mirar los deberes de la wawa y preparar la ropa para la escuela de mañana y arrinconar toda la casa. Tan cansada estaba. ¿Luz en el cuarto de Mami? ¿Qué será? me pregunté. Mami me llama. En el cuarto hay cuatro personas. ¡Ay, Julián! ¿Estás aquí? ¿Qué haces aquí? ¿En mi casa? ¿Qué son ellos? «Esos son los padres de la señora» dice mi mami. Y me dice que la señora encontró mi foto en la ropa de su marido. ¡El muy tonto! ¡El pobre! Y todavía todos me dicen regaños, súplicas, consejos, me recuerdan las palabras del padre en la iglesia durante el casamiento, que el casamiento es sagrado, que no se debe mirar a otro hombre, que no se destruye una familia, que me iré al infierno, que piense en mis wawas y en mi marido que es un santo. «Yo me quiero morir de vergüenza, digo, no sé de qué me dicen. No hice nada». Los regaños continúan y yo digo siempre no. Si supieran cómo pienso en mis wawas.

Cansados y enfadados, me piden que piense. Mi mami nos pide darnos el abrazo cristiano de perdón. Nos abrazamos y se van. Me voy a mi cuarto. Mi marido entra borracho, furioso. «¡Haz negado!» y me da de puñetazos. La wawa mayor le pide «no papa, no le pegues». El sigue pegándome, se calma solo cuando se duerme, borracho.

Lucero era la más joven de la casa. Había dos hermanos y dos mujeres y el entenado, el hijo que Mamá había tenido antes de casarse con Papá. El entenado venía poco a la casa, venía para las grandes celebraciones, pero visitaba a la Madre en su puesto en la calle, esperando que el nuevo Bolívar sea construido.

Los hermanos se habían casado e instalado en La Paz. Aun la hermana mayor se casó y se marchó a Santa Cruz. Todos fueron a buscar mejor vida y mejor destino lejos de Oruro. ¿O lejos de la madre autoritaria?

Lucero se quedó en Oruro. Difícil de ser la última, la menor. La que ha tenido que quedarse en la casa para ayudar a la madre en la venta en el mercado y a hacer todo en la casa, arrinconar, lavar la ropa y cocinar. Pero ella tenía otros deseos, otros planes, No quería ser comerciante. Quería ser enfermera o secretaria. No quería ir siempre a sentarse en el mercado. No sabía bien lo que quería hacer, pero seguro que no quería ser comerciante. Era duro, era duro y quería ser como las señoras de Arriba. Las que vivían hacia la falda del cerro, donde había lindas casas y no en el Arenal, donde había polvo y casas feas. Quería calzar tacos, vestir lindas faldas y no vestido como las cholas modernas, ni polleras como las cholas antiguas. Quería tener las manos limpias, sin grietas, con las uñas limpias. Quería tener el pelo siempre limpio y no lleno del polvo de la calle y del mercado. No sabía lo que quería hacer, pero, era seguro, no quería ser comerciante. Por el momento quería bailar y salir con las amigas del colegio.

Mientras esperaba que llegara el día de jurar como bachiller iba a los bailes de los sábados por la noche. Allí conoció varios jóvenes y encontró varios hombres. Uno de ellos, insistiéndole y haciéndola beber le robó el entendimiento y lo siguió, una noche, cuando los músicos se fueron. No pensó más en él durante algún tiempo. Los cursos continuaban. Una mala mañana, contando los días y las semanas comprendió que sus reglas se habían retirado. ¡Estaba embarazada! A los 15 años había sido engrosada. ¿Qué hacer? ¡Ni modo! había que hablar con su Mamá. Y su Mamá dijo “Harás como todas nosotras o crías sola a la wawa y vas a sentarte al mercado o te casas y ayudas a tu marido vendiendo en el mercado”. Ni pensar en seguir estudiando. Ni pensar en ser enfermera o secretaria.


*Liliana Lewinski es antropóloga e historiadora franco argentina. Reside en Francia.

«Cachín» Antezana y la extrema habilidad posible

Luis H. Antezana J., uno de los más grandes intelectuales orureños de las últimas décadas, reconstruye en esta entrevista las diferentes etapas de su vida y su trayectoria, y reflexiona sobre sus temas favoritos de estudio y lectura. ¿Qué mejor para celebrar esta efeméride de Oruro que realzando a uno de sus hijos mayores talentos?1

Martín Zelaya

Luis H. Antezana J. en un café cochabambino en 2015 (Foto: MZ).

“Creo que puedo decir que yo fui un ser racional, libre y constituido –lo que pasa cuando tomas una decisión estando consciente de sus consecuencias–, desde mis siete años. Fui a una librería a comprar un libro de texto pero no había, y me dijeron que iba a llegar en una semana. Solo tenía que esperar, pero vi en los estantes Los tigres de Mompracem de Salgari y quedé encantado. Sabía que podía comprarme el libro con el dinero que tenía. Pensé que tal vez mi padre me iba a dar una paliza, pero temía que si no me lo llevaba después ya no habría… y lo hice. Esa fue mi primera decisión”.

A Luis Antezana le cuesta hablar de sí mismo y más aún con una grabadora delante. Recién se suelta al segundo café y tras varios cigarrillos, aunque en el pequeño reloj de un cafetín del centro de Cochabamba apenas dan las 10 de la mañana. Mientras tanto, el tiempo no se pierde, ni mucho menos. Hablamos de tenis, fútbol y música y se reafirma así una idea que se repite a lo largo de su valiosa obra ensayística: el maestro orureño no es más que un observador atento y acucioso en busca de la estética, “de la extrema habilidad posible”, de la belleza… ya sea en un poema, en una lúcida reflexión, en la genialidad de un futbolista o en una conmovedora canción.

Vocación y formación

Como no ocurre con muchas personas, al hablar del recorrido profesional, académico de Cachín se habla al mismo tiempo de su historia de vida. “Feliz de aquel que trabaje en lo que ama”, repiten los viejos en tono cursi. Pero el lugar común cobra sentido cuando el mayor placer que uno puede lograr le sirve, de paso, para ganarse la vida. A nadie le cabe duda que estamos hablando de leer, ¿verdad?

Media hora antes de sentarnos en el bolichito, el maestro me recibió en una pequeña antesala de su casa. Un ambiente rectangular más bien modesto y alejado del ubicuo sol de la Llajta, y que desde hace años es casi de su uso exclusivo. Allí está lo que más quiere y necesita: sus libros (no todos, pero los esenciales), su computadora y un televisor de buen tamaño que ese instante, claro, estaba sintonizado en un canal deportivo que retransmitía la liga alemana.

No hay un Luis H. Antezana J. –que así es como firma Luis Huáscar Antezana Juárez, Cachín para los amigos y alumnos– lector o crítico, otro docente y otro semiólogo. Es uno solo.

Indudablemente sus tres grandes pasiones, modos de vida y de trabajo fueron y son la lectura crítica de la literatura, la docencia y la investigación. “Van juntas todas. Para poder enseñar hay que leer, hay que aprender a leer y hay que aprender a enseñar”, afirma.

A sus 72 años –la entrevista se hizo en 2015– el ilustre académico nacido en Oruro y asentado hace mucho en Cochabamba, recibiría días después un reconocimiento definitivo y justiciero: el doctorado honoris causa otorgado por la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz; razón más que suficiente para buscarlo, interrumpir su sábado futbolero y lograr una generosa conversación con un solo objetivo: la evocación.

“De Oruro, mis primeros recuerdos son posteriores a mi primera niñez, muy fragmentarios, porque entre mis cinco y 10 años viví en Tupiza, donde mi padre consiguió trabajo como administrador del cine Suipacha, y ahí hice la primeria. Alguna vez dije que todo lo que me gusta lo hice de niño en Tupiza, porque ahí aprendí a leer y escribir y quién iba a decir que después mi profesión iba a ser eso, leer y escribir”.

De Tupiza guarda además otro recuerdo que determinaría su vocación, su acercamiento al cine “que siempre ha sido fundamental en mi interés cultural” y con seguridad le ayudó en su perspectiva de análisis y noción estética.

En 1961 salió por primera vez del país gracias a una beca de intercambio, y luego de adelantar sus exámenes finales de bachillerato en el colegio Alemán de Oruro. Por entonces, confiesa, aún no había decidido qué iba a estudiar, aunque tenía dos opciones claras: los números, para los cuales tenía un talento natural, y las letras.

“Siempre he leído bastante. Mi afición por la lectura nació con revistas argentinas de historietas. No te hablo de El pato Donald, sino de series de historietas, trabajos de escritores, de artistas que concebían una trama literaria, o que adaptaban obras consideradas juveniles de Julio Verne, Emilio Salgari…”.

Pero inclusive cuando cursaba ya secundaria no se consideraba aún un literato en ciernes. “Más que todo jugaba al fútbol, correteaba todo el día detrás de la pelota, hasta que en la materia de literatura, ya en los últimos años, la profesora me dio a leer La vida nueva, de Dante. Siempre he dicho que ese fue el primer libro que me marcó profundamente”.

Juventud. Vocación

En su biblioteca, leyendo una carta de Jaime Saenz (Foto: MZ)

Ya bien lanzado en la remembranza, no hay quien lo pare. ¡Suerte la nuestra! Cachín se pide otro café, abre un nuevo paquete de cigarrillos y se preocupa de que se acabe la batería del teléfono-grabadora-cámara fotográfica-internet, todo en uno.

“Tras la experiencia en EEUU volví a Oruro y decidí estudiar ingeniería química porque me seguían gustando mucho las ciencias exactas. Me fui a La Plata donde al pasar los cursos me orienté a la electrónica, pero muy pronto me di cuenta de que mi futuro como ingeniero electrónico, en Bolivia, no existía… y decidí dedicarme a la docencia de física y matemáticas”.

Así fue como, a su regreso al país, se decantó por la Normal de Cochabamba. “Como ya tenía un nivel avanzado en matemáticas, física y química, me puse a estudiar paralelamente para profesor de literatura y lenguaje, porque leer era lo que más disfrutaba. Pero de todas maneras, ya me ganaba la vida dando clases particulares de matemáticas”.

Seguramente habría acabado como un excelente maestro de ciencias exactas -como finalmente lo es de literatura y semiología- pero cuando culminaba la Normal le llegó una beca de posgrado para la Universidad del Sur de California donde, por supuesto, escogió la mención de letras.

Fue allí donde amplió su panorama de lecturas y a la par de profundizar a Borges (su primer “flechazo” serio), se empapó del emergente boom de la literatura latinoamericana.

La docencia ya era una realidad y empezaba a abrirse en su mente el universo de la investigación, del análisis semántico y semiológico, pero ¿y qué de la ficción? ¿Nunca pasó por su mente escribir prosa o poesía? “Jamás”, se apresura a responder, contundente.  “Sabía que era incapaz. Así como a mis siete años sabía que era un ser racional, a mis 12 ó 14 sabía que lo mío era leer”.

Fue en su primera juventud, también, cuando se consolidaron otras dos grandes pasiones: la música -desde la inigualable voz de Gladys Moreno hasta el jazz en sus distintas variedades, pasando por Leonard Cohen- y el fútbol.

“Otra vez la culpa es de Tupiza -dice a propósito del balompié-. Mi padre me llevaba a ver partidos a la canchita municipal y ahí un día ubiqué a un llok’alla que manejaba la pelota como los dioses. Recién mucho después supe que era Víctor Agustín Ugarte”. Ahí nació la fascinación. Además de su amor por el juego como tal, muy temprano descubrió algo que muchos hinchas fanáticos a veces apenas llegan a intuir: la estética del fútbol, que se acrecentó a su vuelta a Oruro en la época dorada de San José.

Al regreso del café, mientras el maestro mete en un sobre unos documentos que me encomienda para La Paz, pausado en la computadora de la sala de su casa, está el disco de Enrique Morente en homenaje a Lorca. La música no falta casi nunca en sus días o sus noches, entre libros, Kindle, o un partido de fútbol de cualquier liga.

“Lo mío con la música no tiene que ver con la formación clásica. La música es una permanente canción de cuna que me tiene que enrollar y acunar. Me quedo con las canciones o melodías que me acompañan, porque no tengo el oído para apreciar la maravilla musical con rigurosidad… El jazz y Leonard Cohen me acompañan toda la vida”.

El maestro, el referente. Consolidación

Hojeando uno de sus «tesoros»: las pruebas de galera de Felpe Delgado, con apuntes y correcciones de Saenz. (MZ)

Antes de terminar su posgrado en California, Luis tuvo que regresar repentinamente a Oruro debido al fallecimiento de su padre. Se quedó varios meses acompañando a su madre, hasta que se presentó la posibilidad de otra beca en Bélgica donde finalmente se doctoró, en 1974, con una brillante tesis sobre Jorge Luis Borges publicada después como Álgebra y fuego. Lectura de Borges.

“Ya había leído todo Borges de arriba abajo. Conocía sus libros de memoria, así que tuve sobre todo que aprender el análisis semiótico”. Indudablemente el gran escritor argentino es uno de sus referentes fundamentales, así como otros cuatro o cinco nombres de autores bolivianos sobre los que más adelante dejamos que se explaye: Carlos Medinaceli, Óscar Cerruto, Jaime Saenz y Jesús Urzagasti.

Menos de una semana después de esta charla, Cachín recibió su doctorado honoris causa, en el marco del Congreso Internacional Barthes Amateur. Nada más oportuno que premiar al genial investigador y crítico boliviano, que evocando el centenario del francés que fue pilar del análisis semiológico y referente de la investigación semiótica y lingüística en la literatura.

Investigación y crítica. Semiología y literatura. “Para mí, ambas van juntas –señala. Trato de leer el texto literario no tanto por su posible contenido sino por su forma, por la manera como trabaja, como funciona, una herencia –claro– de mi formación semiótica. Jamás van a ver que yo haga crítica de valor; nunca digo esta obra es buena o es mala; digo esta obra funciona por esto, o no funciona por esto”.

Un legado imprescindible

Todo el bagaje y aprendizaje de Luis Antezana en más de 50 años de reflexión e investigación se reflejan en casi una decena de libros.

A fines de los 70, ya consolidado como uno de los grandes intelectuales bolivianos, y mientras pergeñaba entrevistas, reseñas y comentarios en la revista Hipótesis que codirigía con Gustavo Soto, o “cometía la locura de viajar cada semana a dar clases durante tres días a La Paz”, publicó sus primeros libros: Elementos de semiótica literaria (1977) y Algebra y fuego. Lectura de Borges (1978), la tesis con la que años antes se había doctorado.

Sobre el semestre maratónico de 1979, cuando aceptó un cargo de docente invitado en la UMSA, no puede obviarse acá una anécdota: “me quedaba una semana en casa de Jesús Urzagasti y otra en la de René Poppe. Todos los lunes, al bajar del aeropuerto, visitaba a Cerruto en la cancillería y charlábamos largo y tendido, pero nunca quiso darme una entrevista. Los martes almorzaba con Julio de la Vega y los miércoles con René Bascopé… y del trasnoche de miércoles, generalmente por jugar cacho en la casa de Jaime Saenz, directo al aeropuerto”.

En los años 80, en los que vivió ocasionalmente fuera del país “investigando teorías de la lectura en Alemania” y en otros países, editó Teorías de la lectura (1984), Tendencias actuales en la literatura boliviana (1985) y Ensayos y lecturas (1986).

En la década final del siglo XX, ya asentado en las reparticiones de investigación social de la Universidad Mayor de San Simón, sacó tres publicaciones: La diversidad social en Zavaleta Mercado (1991); Sentidos comunes (1995); y Un pajarillo llamado “Mané”. Notas al pie de su fútbol (1998).

Finalmente, ya en la década actual, Plural editores reunió lo mejor de su producción en Ensayos escogidos (2011), un libro imprescindible para comprender a fondo la literatura y el pensamiento político y social de Bolivia a partir de la Revolución del 52.

Y no hay que olvidar su incursión en los trabajos multimedia: La bodega de Jaime Saenz (2005), La pascana de Gladys Moreno (2007) y La ausencia de Adela Zamudio (2012), tres joyas interactivas en las que se puede apreciar textos, audios, imágenes y gráficas de estos tres referentes de la cultura y las artes del país.

El crítico

Por espacio y dinamismo, transcribimos brevísimas sentencias, oraciones con las que Antezana define a los cuatro mayores referentes de la literatura boliviana del siglo XXI, base de su enorme aporte plasmado en su abundante obra ensayística afortunadamente compilada en 2011:

“Carlos Medinaceli es esencial para la crítica literaria boliviana porque se ha inventado lo que llamamos la literatura boliviana”.

Cerruto es uno de los escritores más completos que tenemos, con perfección en prosa y verso. No es una exageración decir que, después de Cerruto, en Bolivia no se puede escribir mala poesía”.

Saenz ha sido toda una experiencia de vida. Más o menos en 1978, cuando hacía la revista Hipótesis, y después de leer la obra poética de Jaime publicada en la Biblioteca del Sesquicentenario, me entró la idea de entrevistarlo, pero era muy difícil porque ya era todo un ícono y no era fácil llegar a él.

Por suerte a través de Blanca Wietüchter aceptó que lo entreviste, y hasta me dio de yapa las galeras de Felipe Delgado para publicarlas en la revista. Desde entonces se volvió un ritual cada que iba a La paz, trasnocharnos jugando cacho, y a la vez empecé a leer toda su obra y estudiarlo.

Jaime se inventó La Paz, La Paz marginal y nocturna y todavía “todos” escriben de esos temas, sobre esa creación de La Paz; los personajes, descripciones y paisajes saencianos son interminables.

Recorrer esta distancia y La noche pueden rivalizar sin problema con cualquier libro de la poesía latinoamericana”.

“Jesús Urzagasti es un escritor fascinante. Yo tengo una deuda con su obra; tengo varios escritos, pero me falta hacer una revisión general. Por ejemplo, siempre he querido escribir sobre De la ventana al parque, una novela fabulosa. Ya tengo unas 30 páginas avanzadas a las que me falta encontrarles un buen estilo de exposición”.

Con varios cafés y cigarrillos encima, apagamos el omnisciente smartphone y caminamos hablando, por supuesto, de fútbol y música. ¿Realmente era tan bueno el Maestro Ugarte? ¿Ya conoce el último disco de Leonard Cohen y el video del que tal vez haya sido su último recital?

De pronto, no sé cómo, se entromete un nuevo tema: el deporte, es específico el fútbol y el tenis. “Ugarte –comenta– era como Iniesta ahora, pero mucho más talentoso y elegante, una máquina de hacer pases maravillosos para que otros hagan el gol… y es que eso es lo que hay que buscar, la genialidad, la belleza; después de ver al Barcelona de hace dos o tres años, qué más puedes esperar del fútbol. O después de ver las maravillas que hace Federer con la raqueta, el tenis nunca podrá parecerte igual. Hay que estar atentos para no dejar pasar la ocasión de apreciar la extrema habilidad posible”.

El destino en el que no creo, me regaló esta vez la oportunidad de no desaprovechar la extrema habilidad posible que solo Cachín Antezana encarna.


1 Una versión corta de este texto -que, a su vez, es el inicio de un ensayo biográfico de largo aliento- apareció en 2015 en el suplemento LetraSiete, y otra versión, ya avanzada, se publicó en la revista Decursos 40, dedicada a Antezana.

Latinas Editores


En este nuevo espacio, Tipos Móviles, El Duende traza un panorama de la labor editorial boliviana a través de sus protagonistas. Editores que concretan y difunden las ideas y la creación de las y los autores. Un recorrido por la labor de un gremio imprescindible.

Iván Canelas

El 10 de diciembre de 1986 nació Librerías Latinas, emprendimiento que llevamos adelante mi señor padre el Prof. César Canelas Verduguez (+) y mi persona.
Por varios años habíamos deseado abrir una librería, mi padre, hombre intelectual, gustaba mucho de los libros y eso nos motivó a llevar adelante este emprendimiento.
El primer local que ocupamos, a lo largo de varios años, estaba ubicado en la calle Cochabamba número 542 entre 6 de octubre y Soria Galvarro.
Tras esa experiencia, años en que desarrollamos relaciones enriquecedoras con el público lector, el año 2007, se consolidó LATINAS EDITORES LTDA., empresa dedicada a los rubros de: Editorial – Librería – Imprenta.

Fue necesario efectuar esta ampliación puesto que el libro importado subió significativamente de precio y por ello se hizo imprescindible editar libros hechos por nosotros, diseñados, impresos y facturados en nuestro taller.

Conformamos un fondo editorial propio, compuesto por libros de diversas materias y títulos, de ahí el habernos constituido en la única editorial del departamento de Oruro con reconocimiento nacional.

Inicialmente fue un fondo editorial conformado por obras de la literatura universal y los clásicos de la literatura boliviana, se sumaron libros empleados particularmente en el ciclo secundario de colegios.

Entre aciertos y errores, ganamos experiencia, nuestro fondo editorial se ha alejado del espacio literario, la escasa demanda de estos magníficos libros nos obligó a afrontar nuevas tareas, surgió el libro universitario, en sus diversas especialidades, arduo de elaborar, riesgoso en su proyección, mas, apasionante.

Nuestra participación en las ferias nacionales del libro que se desarrollan en las tres ciudades del eje troncal de nuestro país nos ha permitido consolidar una presencia en el rubro editorial boliviano; nuestro producto tiene amplia aceptación por la calidad de su elaboración y lo económico de sus precios, es cien por ciento elaborado en la empresa, no subcontratamos ni terciarizamos los procesos, situación que nos permite garantizar un seguimiento constante en la elaboración de nuestros textos.

Los autores de los libros que editamos, provienen de diferentes puntos del territorio nacional, este es uno de los logros más importantes que hemos alcanzado, existe confianza en nuestro trabajo enmarcado en criterios éticos y profesionales desarrollados en estos 35 años de existencia.

Uno de los puntos más sobresalientes de nuestra actividad editorial se da cuando nuestros autores, al editar sus libros en nuestra editorial, se suman al fondo editorial en el que ya existen textos de materias y temas similares, escritos por profesionales reconocidos, facilitando ello, significativamente, la difusión de sus obras.

Además, al ser parte de nuestra página web, curricularmente, son reconocidos internacionalmente.

Actualmente, dada la situación sanitaria, social y económica que vive nuestra sociedad, estamos haciendo esfuerzos significativos por mantener la regularidad de nuestros trabajos.

Iván Canelas Arduz es gerente de Latinas Editores

Dirección: calle Sucre 1164 entre Petot y Linares
Teléfonos: 2-5252458 y el 2-5250715
WhatsApp: 71843839 (solo mensajes)
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Los duendes del Duende

Edwin Guzmán Ortiz

El Suplemento Cultural El Duende de Oruro, dentro el contexto periodístico nacional, se traduce en los campos de la literatura, cultura, arte, pensamiento, lectura, crítica, educación. Tópicos sin duda gravitantes en el marco del desarrollo cultural democrático. Realidades que en el país no terminan de librar batallas en diferentes frentes, por ser parte sustancial de la transformación social.

La actividad cultural es un espacio que rompe esquemas, rutinas, invita a la renovación y a comprender desde otro ángulo la realidad y la historia. La cultura dispara un discurso interpelador y potenciador del pensamiento, generador de nuevas formas de nombrar y entender al mundo, combatiendo la repetición y la comprensión monocorde. Nada más transformador que un discurso que piensa y que se piensa.

La lectura, en ese marco, es uno de los factores de cambio cualitativo esenciales, sobre todo hoy, frente al tartamudeo de las redes. Dícese que la lectura es a la mente lo que el ejercicio es al cuerpo. Por ello, una de las bases fundamentales de la educación es la lectura. Estudiar y pensar también es leer, y aunque la realidad y las cosas no pasan siempre por sus páginas, terminan comprendiéndose en ellas.

La preeminencia de la literatura en “El Duende” es premeditada y alevosamente intencional. Desde la producción local y nacional relevantes, ha trascendido a textos de grandes autores universales, clásicos y contemporáneos. El suplemento ofrece periódicamente literatura destacada por su calidad y actualidad. Superando contenidos tradicionales y reiterados, se ha impuesto el desafío de poner en escena  escrituras renovadas, autores contemporáneos con obras gravitantes, lecturas creativas, temas que provocan una recreación inteligente.

De la poesía al relato, del ensayo a la crónica y las artes gráficas “El Duende” convoca a minar el discurso esclerotizante que la rutina siembra sigilosamente en el imaginario. Frente a una mentalidad que a falta de lectura decae en la reiteración verbal, temática, argumental, y en la rumia cotidiana, “El Duende” se aparece mágicamente bajo el sombrero, al medio de esa comparsa  ataviada de letras, y con las artes del prestímano ilumina las dendritas invitando a enriquecer un yo y un nosotros más abierto, creativo y crítico, en la escena cotidiana.

Mas, no se trata de un duende solitario, pasajero, de un duende eventual. Hoy, al cabo, celebramos la existencia de 700 duendes aparecidos a lo largo de más de dos décadas, un duende que sin dejar de ser él mismo, es a su vez muchos –dicho al modo borgiano. Una t’ojpa obstinada y pertinaz que no baja las manos, y cuya persistencia lo consagra como uno de los suplementos culturales más consecuentes del país.

Es alentado por una incansable maquinita –los hacedores de El Duende–, La Patria, una memoria vital que sopla desde hace años y que lo hace posible. Sumados números y páginas, permiten configurar un rechoncho volumen, donde es posible leer en el tiempo, gratamente, parte de la cultura que se mueve en Oruro, el país y allende.