Enrique Moro

Enrique Moro (Valparaiso 1956-2021). Poeta y gestor cultural. Ha publicado, entre otros, los poemarios: Marilyn (1973), Moro, poemas Libro Objeto (1980), Bolsa, Poesía de cordel (1981), Amantina y otros poemas (1987), La piedra feliz y otros tangos (1994), Hay un Moro en la costa (2006), Poemas últimos (2011) y De ceniza nuestra sábana (2014).

Carnaval de Oruro

Duro como la piedra,
profundo como la raíz del sol
en el universo.

Carnaval de Oruro
abrazo de la ternura de los Andes
del antiguo sol que ilumina
el corazón profundo de América.

Ahí Víctor* hizo ese gesto
y challa, su casa hermosa y amada
un corazón bajo la luna de Oruro.

Ahí fui feliz
ahí besé tu piel y tomé tu cintura
cuando el sol doraba tu pelo
y el agua de los volcanes bañaba tu cuerpo.

Ahí lloramos
en esa esquina, los amigos,
lágrimas del sol bajo la lluvia de enero
en lo más alto de los Andes.

Es carnaval
es Oruro
la fiesta del altiplano
la Pachamama.

Una historia que se baila
con la música del aire.

El cielo está cada vez más cerca
las nubes dibujan su trapecio
para que los sueños y las esperanzas
salten del corazón
del indio a las estrellas.

*Se refiere al músico Víctor Hugo Sepúlveda

Brevísima introspección de la Grey

Yo soy el más muerto de todos
arrinconado en la ciudad
subo los buses con mi cuerpo

Yo soy el que camina
al lado del mundo
-como si nada-

Todo me mira de reojo

Yo no sé si es la luna
un globo de Good-Year

Creo ver una estrella que cae
sola
o tal vez es Superman
luchando por la justicia
yo no sé si deba entrar
a una iglesia
o tal vez será mejor abrir la puerta
de una financiera
porque tengo problemas de toda índole

Tal vez mi dolor solo sea producto
de comer comida enlatada

O de beber leche de vaca
de una teta de cartón

Ya no hay tentativa
para este hombre finito

Gracias Señor

Gracias Señor,
por el suelo a la altura de la suela
la lengua, el paladar entero hecho polvo
y ceniza por el lacrimógeno.
Gracias Señor
por la justicia (a) divina.
Gracias te damos todos los apaleados
y llorosos de América por tu bondad
para con nosotros
huéspedes de tu (pre) paraíso.

Gracias por los barcos y los tanques,
por los aviones y los torturadores,
por la Cruz de Hierro.

Señor, tú sabes el paradero
de los desaparecidos, así es tu Gracia.
Infórmanos al comité o a un tribunal cualquiera
nunca tan justo como el tuyo,
pero danos al menos esa tranquilidad.

Señor, te rogamos,
manda algún ángel desocupado (aquí cesante)
o alguno de tus asesores.
Tenemos hambre de todo.

Señor
que tu luz divina alumbre en las poblaciones
porque la compañía de electricidad
nos cortó la luz terrena.

Señor, te informamos
que la duda eterna se nos convirtió
milagrosamente en deuda externa.
Que el pan que es tu cuerpo
ha subido hasta las nubes
y los niños de mi patria no pueden volar.
Es un decir, Señor,
porque los hemos visto volar, hechos pedazos
y no por tu Verbo
sino por las esquirlas de las bombas.

Señor,
el vino que es tu sangre
tiene a medio continente alcohólico,
es decir, Señor, borrachos de tu sangre,
buscando la tierra prometida.

Señor,
aquí con una Democracia nos conformamos
por último
con una Democracia Cristiana.
Es así nuestro dolor
y nuestra desesperación,
Señor.

El paisito amaneció triste

Antes de nada y después de todo
Sepa usted

Benedetti
Que el
Paisito
Amaneció triste
Con lo suyo

Benedetti
Usted sabe como cuesta
Hacer la revolución
En estos días

Y usted se va
Se vira
Dice chau
Se muere

Parte derecho al patio de los callados

Ya no con el Frente Amplio
Pero al menos con la frente limpia

Este último viaje suyo
No fue a la Habana
Con poesía y ron
Compañero
En la bodeguita del medio
No fue a Barcelona
Ni a la rambla
Ni a esas viejas librerías
De la calle Argüelles

Ni al Camp Nou
A ver al BarÇa

Ni a Buenos Aires
Con el Polaco Goyeneche
“El mundo fue
Y será una porquería”
Gritaba Santos Discépolo
Y usted
Fue su santo discípulo

Lo suyo
Mario
Es un viaje definitivo
El último de los exilios
Un salto al trapecio
De los sueños perdidos

Lo suyo

Es el último de los suspiros
Un beso a la nada
Un abrazo con las estrellas
Un volver al polvo
Mas polvo enamorado

Azul
El espacio
En lo alto del mar
En lo profundo del cielo

Azul

La palabra
Suspendida en el aire

ARMARIO
De luz
Tu vida

Mario De Montevideo

(Un día para no olvidar)*

Un día para no olvidar
qué locura, un disparate por todos
lados, y esto se viene con todo,
ya se está nublando, el viento sopla
sobre los techos y dentro mío.

Estos pequeños andamios
que sostienen mi calavera
se olvidan y doblan sin soportar
la liviandad de mis huesos.

Tengo frío, los lugares en mi
cabeza asustan
y me duele la rodilla de la
caída de mi cuerpo en esa
vereda tropical.

Así que son 64 los años que vivo.
Está bien; vinos, buena vida,
Gran amor, pero ahora,
Tal vez, muerte.

 *Versos escritos el 4 de marzo de 2021, día del fallecimiento del autor.

A propósito de la poesía de Moro, su compatriota, el destacado poeta Juan Cameron refiere: “Poesía trasminada por la noche y la marcha, por el viaje y la anécdota, por lo crudo y lo cocido de estos años que duros y felices son tierra germinal de cierta nostalgia por lo que vendrá, tanto como la proyección fantástica de cuanto la experiencia de dictó o gritó al oído”. Por su parte, Alejandro Pérez se refiere al poeta en estos términos: “Las vicisitudes existenciales y el renovado escenario político le han impuesto al poeta otra mirada al entorno, otro ritmo de acción y un sentimiento diferente a su oficio, sin perder la gracia, esa agudeza irónica de las composiciones, la recurrencia del habla coloquial y todos los recursos que nos descubren la hostilidad con que se nos presenta la historia”.

La mirada infinita de los seres diminutos

Texto que la autora leyó en la presentación de Insectario (El Cuervo, 2022) en la Feria Internacional del Libro de La Paz.

Portada de Insectario, El Cuervo.

Sulma Montero

Estoy emocionada al presentar los poemas que componen Insectario, de Juan Pablo Piñeiro. Los percibí después de la noticia de su cercanía a través de un sueño en el cual una gran luz aguamarina nacía incólume, trastocando la noche de los tiempos. En la atmósfera flotaba el aroma inconfundible a tinta de imprenta. Agudicé la visión y advertí lo que presentía: era evidente que se fraguaba un libro y, como si el rumor de las hojas fuera el movimiento de las alas de un animal diminuto, me parecieron destinadas a consumar un fuego por el momento invisible.

De pronto, de la penumbra, emergieron grabados antiguos de insectos que despertaban para comunicarnos su estadía en la Tierra. Era la aparición cósmica de una voz que surgía en los entresijos de lo onírico y crecía, mágicamente, desde lo más pequeño, mediante un juego de líneas y letras que se metamorfoseaban al descollar en una conmovedora oración.

Me quedé pensativa, esperando el primer libro de poemas de mi amigo. Me llegó pasado un tiempo, por WhatsApp, con el sello de la editorial El Cuervo ydedicado a su madre. Maravillada por el claro color de la portada y las ilustraciones creadas, cual filigranas, por Mario Piñeiro para cada una de sus partes; admiré los collages donde se muestran, dueños de sí mismos y exponiendo su intimidad, los insectos, que nos invitaban a participar de un delicado y bizarro microcosmos en el infinito de la página.

Sumergida en la lectura de los 23 poemas vertidos en cinco partes: Larvas, Pupa, Subímago, Ímago e Invocación, agradecí el regalode una espiral de numinosas emociones. Ingresando a Larvas, me detuve en la familia Odonato: Ashitsu /Nace del agua, /despliega sus alas, /la libélula.; haiku que inicia el canto del poeta etólogo.

Recordemos al científico austriaco Konrad Lorenz, cuando hablaba de una psique animal, de sus deseos, apetencias y miedos, situándonos ante el umbral del mundo de lo recóndito, donde comienzan a suceder las transformaciones. En Pupa, el poema “Paraísos artificiales”, expresa: He descubierto con dicha y espanto /que cada uno de nosotros /es el avatar de un insecto, /celda de miel, /estatua de cera fractal, adorado talismán de muchas lunas invocadas.

Nos vemos involucrados en una realidad profunda en la cual estar frente a un insecto cobra otra perspectiva y abre el acceso al estado de lo inefable, cuando remata: Todo está lleno de nosotros / menos nosotros, interiorizándonos para aceptar ser cómplices de su escritura. Luego, como una revelación, llega el poema “Abeja reina” con una pregunta que se resuelve en sí misma, llevándonos a atender un mensaje de unión con el otro ser, el que nos complementa, como la abeja reina o los demás insectos e insectas que habitan la Madre Tierra: ¿Acaso la vida no debería ser otra cosa?… /una aventura silenciosa /de un habitante del desierto /que ha decidido/no moverse de su sitio /hasta que, a sus pies, /crezca un árbol /y brille verde en el sol.

A partir de ese momento algo destella hacia adentro; los poemas parecen recordarnos que hay que saber mirar para reconocer el sendero bañado por una única y titánica luz.

Insectario nos enseña lo valioso de la vida como finalidad de la humildad, a retomar el viaje siendo parte de la armonía con la naturaleza, a respetarla, aprendiendo de los pueblos primitivos, quienes defendían la tierra como un ser primordial de la creación y se comunicaban de manera espontánea y amorosa con todo organismo vivo. A decir del poeta maliense Ismael Diaidé Haidara: Nos acercamos a lo humano por nuestros actos, pues existimos porque los demás existen, y los demás también son los insectos, esos seres que transitan por el libro como las letras que los escriben y transfiguran al lector, y que luego se instauran en el poema “Crisálida melancolía”, al consagrar una filosofía de vida que poco tiene que ver con los hombres y, sin embargo, cobra magnificencia.

La alquimia de lo esencial parece manifestarse en boca de estas criaturas y sus cualidades casi divinas, haciéndonos parte de ellas, pues en Ímago nos convertimos en ellas; invitados a encarnarlas, a descubrir su idioma, así como su forma de tocar y discernir el micro mundo.

“Idioma escarabajo” evidencia ese camino, el insecto o la insecta, ya camarada, nos habla de sus preferencias por los miradores bajitos, de los detalles ensanchados del corazón azul de los seres diminutos, y además…nos enseña a respirar como algunos espíritus y todas las plantas.

Imbuida en el poema “Zumbido”me pregunto: ¿de qué miradas infinitas hablamos si la estratósfera, la tropósfera y la exósfera son las células de una madre en gestación?, ¿si en la vida, como se escribe en los primeros versos de Insectario, un único segundo tiene pasado? Es un hecho que todos venimos a nacer y morir a este planeta,quizás debamos intentar amarlo.

Al final, el poeta se refiere al milagro de las transformaciones de su propia vida: agradece el estar aquí a su madre y a todos los insectos por medio de una “Invocación”, tránsito con el que corona el libro.

La poesía es el misterio del ciclo, de nuestro ciclo ya encendido. La llama que alimenta el fuego, se ha tornado visible. Todo ha sucedido porque debía suceder. Y somos parte de un diáfano paradigma, enriquecidos por una ética de vida, que nos convoca a escuchar y honrar a todos los habitantes de la naturaleza.

Juan Pablo, hermano de las cosas pequeñas y las miradas infinitas, bienvenidos sean los poemas de Insectario.

La presentación de Insectario en la FIL. (Foto: Marcela Araúz)

Eduardo Kunstek en la eternidad

Redacción El Duende

Publicado en El Duende 59, el 13 de agosto de 1995.
Publicado en El Duende 88, el 21 de septiembre de 1996.

Ha partido a la eternidad el poeta orureño Eduardo Kunstek, piedra angular de El Duende en sus inicios, poeta de exquisito verso y entrañable animador de tertulias. Desde estas páginas le rendimos homenaje con una breve selección de poemas, como adelanto de un dossier especial en su honor que se publicará en la edición de este domingo.

Arquitecto de la noche

Las palabras de la noche son estrellas
astronomía humilde sobre café negro
soledades que sueñan juntas la tibieza
de lenguajes sin eco compartidos.

Las palabras son el sueño del insomne
descubren al dueño de la voz
y a sus amigos la lejana grandeza
de una estrella; le dan luz o la construyen.

A un poeta no se lo hiere
–es preferible matarlo–
pues de la llaga podrían salir palabras
más dulces de lo mismo que significan:
verbigracia, narguile, remolacha.
Tampoco un poeta miente pues su palabra
es la anti-mentira
verbigracia: Un poeta no muere
se resquebraja como hoja seca para ser música
se impacienta y se abraza a la muerte
frente al brillo de unos ojos que la propician
el fulgor de unos ojos como los tuyos.

Tomado de El recurso del fuego

Publicado en El Duende 70, el 14 de enero de 1996.

Eduardo Kunstek Montaño (Oruro, 1952)

Destacado poeta autor de cinco poemarios publicados entre 1989 y 2021. Fue uno de los fundadores del suplemento cultural El Faro que luego dio paso a El Duende. Miembro del movimiento “15 poetas de Bolivi”a. Desde hace varios años radicaba en Santa Cruz. En el libro Letras Orureñas se lee: “La poesía de Eduardo Kunstek es inteligente, rigurosa, culta y elegante. Sus poemas son un ejercicio aleccionador de sensibilidad y sobriedad poéticas”.

D. López Koehnke

D. López Koehnke. (La Paz, 1991). Poeta, narrador, músico, ilustrador y diseñador. Ha publicado el poemario Tramas (2022).

Hito

Y mis palabras que son torpes se deshilachan 
Cada cordel es un conducto 
Y tu pensamiento se escurre,
La gravedad lo llevará a lo profundo 
Y quizá entiendas más cosas de las que deberías 
Y quizá esa profundidad lunar se te haga familiar, 
Entonces lo aparente será un recuerdo. 
Tu cuerpo volcánico conocerá el agua, mis aguas 
Habitaremos tierra firme, tierra fértil 
Los hilos crecerán como pasto
Podremos tocarlos con los pies 
Jugar a estar descalzos. 
Entre párrafos, los cordeles nos crecerán como enredaderas 
Como venas fecundas 
Como dagas de guerra,
Ésas que delimitan nuestra tierra 
Que dan forma a nuestros cabellos 
Que perforan la piel 
Y escriben en los árboles.  
Quizá ésa sea nuestra tumba
Quizá sea nuestro comienzo
O quizá los hilos se consuman con tu forma cáustica 
Y no lleguemos tan lejos.  

Un Cuento

Una niña y un bosque 
Vaya imagen tan conocida,
Ella dormía
Sin lobos, ni brujas
Ni figuras sombrías sin rostro.

La tarde y el bosque 
Una imagen anaranjada 
Con aves, hojas 
Humedad y huellas 
Eco
Pasos 

La niña y un sueño
Una espera eterna 
Con espereza, con deseo
La tópica, torpica, ¿torpe?
… idea del amor 

La tarde y una niña
Un momento casi eterno
El eco de los hachazos, la madera
Luego más pasos, un extraño
Una niña.

Un bosque y un sueño 
El hacha, la soledad 
Y una imagen tan onírica
tendida ante sus ojos.

Una tarde sin sueño 
Aves volando, unos gritos
Pobre niña,
Vaya imagen tan conocida.

De semillas 

Atascado sobre madera muerta,
Bajo aleteos inconfundibles 

Semillas en sus manos 
La vejez en las semillas…

Te preguntas quién soy 
Yo me pregunto lo mismo

Yo te pregunto lo mismo
Tú te preguntas…

Atascado sobre piedras centenarias,
Bajo las campanas del medio día

Semillas en sus ojos
El futuro en las semillas…

¿Reconoces quién soy?
¿Reconoces tú rostro?
¿Tan dividido está el tiempo?
¿Tan repartida está esta mente?

Atascado sobre carne y patria,
Bajo la marcha cotidiana

Semillas en nosotros,
Las palomas se las comen de a poco…

Bocanadas 

Otro más
Ya va siendo el tercero
Otro niño
Otro niño de humo

Ese último giraba muy rápido 
Era como un recuerdo 
Pero en lo que iba subiendo
Se fue viendo ajeno… 

Aquello que entra me va desgarrando
Aquello que entra me va arrancando por pedacitos
Y sale victorioso 
Se diluye en el aire  

Otro más
Ese blandía inocencia entre sus manos
Pero se fue deshaciendo 
Desnudando hasta desaparecer

Dime que sucede después 
¿A dónde van cuando solo quedan las colillas
Cuando el alquitrán va tomado mi lugar etéreo
Dime si me puedo ir con ellos?

Otro y otro más
Y algo de vértigo
Y de ellos quedan cenizas 

Tramas es el primer libro de poemas de Diego López Koenhnke, quien antes ya había publicado un libro de cuentos (Malescritos, 2019) y grabado un disco (Exis, 2020). Hay en el libro una simbiosis entre palabra y dibujo, donde las líneas se intersectan en la configuración multidimensional de un universo de significados que se reflejan y complementan creando un continuum entre poema e ilustración. En el prólogo de Tramas, Claudia Daza Durán anota que: “su propuesta sale del pecho como si fuera un lobo, un animal que te cruza entero hasta hacerte pisar su tierra firme. Se desnuda en dibujo y nos desnuda en palabras, nos lleva al juego de palabras y a los cierres narrativos, porque narra poéticamente, desde la línea de sus ilustraciones hasta el sonido de sus finales en punto.”

Dos poemas por el Día de la Madre

Cartas a mi madre

Ramiro Condarco Morales

FLOR DE OTOÑO. Perpetua enmudecida.
Rosa blanca de abril. Sueño de infanta.
Perlado pelo cano te hizo santa:
Santa imagen de amor despedida.

Cada vez más distante y más sentida
por tanta pena y amargura tanta
que siempre tu recuerdo me adelanta
al reencuentro de tu última partida.

Cautivo del pasado. Nada llena
en mi alma enferma de dolor tu ausencia.
Quise ser luz de sol para tu pena,

y sólo he sido reverbero inerte.
Quise ser la extensión de tu existencia
y sólo soy la sombra de tu muerte.

¡Puerto Agonía al alba! ¡Madre mía!
¡Quien creyera que de acá te escribo!
¡Aunque, Madre, aún exista, ya no vivo!
¡Ya no vivo tu vida ni la mía!

¡Puerto Dolor, donde la luz no es día:
ni paisaje hiemal ni aliento estivo!
¡Una ascensión sin fin de paso esquivo
tanto más dura cuanto más tardía!

¡Tiempo incierto, doliente, acibarado!
Desbordante de luz, pleno de sombra.
Flujo incorpóreo, triste y reiterado.
¡Eter vivaz sobre la nube-alfombra!

¡Un espectro a la espera del Buen hado!
¡Y una voz que te llama y que nombra!
Puerto Desolación en hora mustia.
Te escribo desde el polen de los lirios,
desde  las rosas blancas y los cirios,
desde la sombra muerta de mi angustia.

Puerto Desolación en tierra adusta
huyeron ya calvarios y delirios,
las sombras del pasado y tus martirios…
En paz descansa tu aflicción augusta.

Puerto Desolación. ¡Ya nada late,
nada vibra, ni vive ni palpita,
nada pulsa ni vuela ni se abate.

No hay calor, no hay paisaje, no hay sonido,
mi corazón lo siente y acredita.
En él, también, ha muerto hasta el latido.

Puerto Ausencia a la fecha en el Vallado.
Te busco en el rocío que desgrana
la doliente oración de la mañana
en la espiga del pan abandonado.

Refección que no sabe a tu pasado,
muerdo tan sólo mi presencia humana…
El triángulo de luz de la solana,
como nunca, silente e inanimado.

Te busco en la fatiga de mis músculos,
y, al calor familiar de mi aliento,
en el claro arrebol de los crepúsculos.

Y de pronto renaces en mi mente,
pero en tal soledad y apartamiento
que sí estás sola, es que yo estoy ausente.

Puerto Esperanza al fin del camino.
Tu lo viste en verdad reverdeciente.
El eras tú: criatura de tu mente,
Él era yo: retazo de tu sino.

Puerto Esperanza abierto al sibilino
soplo de la existencia. Aunque doliente
mi alma te reclama y hoy te siente
como el propio matiz de mi destino.

Puerto Esperanza al fin de mi sendero.
Más allá sólo el mar: otra esperanza
que aquieta mi dolor en agua mansa.

Esperanza: postrer pan del arriero,
promesa austera de volver a verte
mientras tu vas a Dios y yo a la muerte.

¡Salve madre!

(A Ernestina Soza Pérez).

Rómulo Quintana Soza

Sola…
Despertaste, surgiendo
del silencio silente.

Profundo y primer suspiro…
Certero y seguro
de seguir el sendero.

Tu cuna
no supo de la suave seda,
mas, supo de la cebellina
del sublime sentimiento.

Ansiosa…
Subiendo subiste
a los cenitales celajes,
con tu cesta cestada
de sapiencia.

El sacrificio de tu vida…
Símbolo Sempiterno
de la sensible sencillez…
es la brillante centella de luz
que guía los pasos del amor…

Ser del suplicio superior…
Señora, Soberana.
Sencilla en su sortilegio.
Solícita cual ninguna…

Sumida en el sufrimiento,
en la ciénaga sombría,
susurrabas cual señorial
santuario del Sacrificio.

Cerraba tu cielo
la cercana, sedienta
y mortal sentencia de la noche…

¡Salve!
Santo ciclamor.
Sigue tu luminoso sueño…

Duerme, Madre, duerme…
Duerme tu dulce y solaz silencio…

(Con todo el amor
que puedas imaginar…)

Omar Alarcón

Omar Alarcón. Poeta boliviano (1986). Ha publicado: El corazón entrega sus muertos (2006), Roca negra (2020) y Mil y una noches sin Wi-Fi (2021)

Mil y una noches sin Wi-Fi

A estas  alturas del siglo
es necesario que el microprocesador
incluya en sus algoritmos la ternura.
Hace muchos años que la mecánica cuántica estudia la
frágil frontera que existe entre una  piedra y un sueño,
es inútil seguir cronometrando las pulsaciones,
los segundos.
La física del siglo  XXI se parece cada  vez más
a una  aritmética del viento.

La mariposa Efímera, que vive  un solo día,
puede enseñarnos a escribir otra  vez los
calendarios.
Frente al televisor lo sabemos mejor que nadie:
El ADN es una larga cadena desde la bacteria más
diminuta hasta  nuestro ego.
En nuestra historia, aprender a sincronizar la siembra y las estrellas fue más importante que la invención del
microondas.

Los cuatro mil satélites que pusimos en órbita alrededor de
la tierra pueden confirmarlo:
Siempre seremos aquellas sombras acabando
de descubrir el fuego.

Las manos que pintaron figuras humanas hace treinta mil
años en la cueva de Chauvet, hubieran podido dibujar,
semillas de diente de león girando en el aire.

Teletrabajo y cosecha de ilusiones

Sentado frente a la computadora siento  mi cuerpo
como una  ausencia mal codificada.
El teletrabajo divide mi sombra en dos,
cada  mañana el telón  del dormitorio abre  y cierra
una  oficina virtual donde únicamente la soledad me
guiña un ojo.

Después de ocho horas  en la misma  posición pienso en mi
bisabuelo Gregorio Poquechoque, que cultivaba trigo en
campos donde sólo crecían utopías.
Sus manos  eran  una  cosecha  de ilusiones y en sus brazos aleteaban sus hijos  igual que los recuerdos.

La primera vez que llevaron una  radio a su pueblo
todos  preguntaron cómo hicieron las personas que allí hablaban para entrar en un aparato tan pequeño.
Imagino a mi bisabuelo Gregorio,
brindando por la invención de la radio,
celebrando los nuevos inventos,
con un vaso colmado de enigmas.

Antes de cavar un hueco en el techo y llenarlo de pájaros

Era media  noche  y la pandemia me despertó
con un aullido frío.
Desde entonces cada  estornudo es un incendio,
un huracán anónimo.
—Mis manos  pueden convertir la muerte
en luciérnagas —escribo—. Cavar un hueco  en el techo
y llenarlo de pájaros.

Hace tres  meses estoy  encerrado,
las paredes de mi habitación empiezan a creer
que soy un espejismo.
Cada  día escribo  un poema  en el reverso
de estas  páginas.
Afuera, el mundo es un signo de interrogación
girando en el viento.
—Puedo escalar paredes tan altas  como la esperanza.
—Desenterrar el mundo de sí mismo.

Cada  mañana abrazo el niño  huérfano que llevo dentro.
El encierro es un espejo de cuatro paredes.
—Puedo ser un amor  de olas incontrolables.
—Tocar la luz con las manos  de un ciego.
Detrás  del tapabocas mis ojos esperan otros ojos.
En mis pupilas, la muerte, es una  estrella fugaz.

Nuestro tiempo

—El deseo  es un pozo donde las ranas se ahogan
persiguiendo las estrellas —decía Diógenes a los viajeros.

Eso fue mucho antes  del huracán de mariposas de 1953
cuando salió el primer número de la revista Playboy
con Marilyn Monroe en la portada,
y antes  del estallido púrpura de la foto de Andy Warhol haciéndose un lifting facial,
cuando supimos que la identidad es un código de barras,
más auténtica que la comida enlatada y el kétchup.

El final  de la segunda guerra mundial marcó  nuestra
historia para siempre.
La bomba  atómica que cayó sobre Hiroshima no estaba
hecha  de uranio, sino de píldoras, computadoras y plástico.
Desde entonces somos un sueño  de La bella durmiente,
un programa de televisión transmitiendo en vivo.

En Alicia en el país de las maravillas, el deseo  profundo
de la protagonista no es encontrar una  salida,
el deseo  profundo de Alicia,
es vivir para siempre en una  ilusión.

Sobrepoblación y La Tierra Baldía de Eliot

En las metrópolis la gente gira en círculos
alrededor de sus pensamientos.
Los trenes vuelven eternamente
al punto de partida,
donde la vida  siempre llega tarde.
Podría ser Buenos Aires, Nueva York o Beijing,
el tráfico es el mismo.
En los embotellamientos el tedio  puede llegar
a 100 kilómetros por hora.

El área  urbana de Tokio tiene
cuarenta millones de habitantes.
¿Alguien sabe cuántos árboles de cerezo?
Es un alivio, los 1400 rascacielos de Hong Kong
todavía no han  podido arruinar el paisaje.

Sin embargo, estoy  seguro que en Reino  Unido
hace ya muchos años construyeron un Starbucks
sobre La tierra baldía de Eliot.
Cuánto daría por leer en los menús:
“Ya tarde, volvíamos del jardín,
llenos  tus brazos  y húmedo tu pelo […]
Nada  sabía,  mirando en el corazón de la luz,
el silencio”.

En el mundo cada  vez existen menos  personas que abandonan las ciudades y suben  a los cerros.
En los Andes,  al borde  de los precipicios,
todavía se pueden encontrar
altares para el viento.

Las pertenencias del viento

Durante la pandemia el cementerio
de La Paz hizo una  rifa
para enterrar los muertos.
El premio, una  tumba individual.
Para  el resto,  una  fosa común.
—Definitivamente el azar
es un salto en el vacío —pienso.

Desde hace dos mil años en Filipinas, la tribu Sagada
cuelga ataúdes en los acantilados.
—Las almas  se asfixian en la tierra –dicen  los ancianos
Sagada, que tallan con sus propias manos
los símbolos  de despedida que cuelgan en el aire.
—El adiós  es un equilibrista sin vértigo. Aquel que pasa
de una  orilla a otra nunca mira hacia abajo.

En Nueva Orleans, los entierros son acompañados por una
banda de jazz. Las trompetas parecen entonar los cantos  de
áfrica que la tribu Yoruba trajo en los barcos  de esclavos.
—Los tambores son el primer latido, el ritmo que aprendimos,
del corazón de nuestra madre.

En Tíbet,  la tradición milenaria es cortar los cadáveres
en pequeños pedazos.
—La carne le pertenece al viento.

La familia esparce los restos
en las montañas
para que los buitres los devoren.
Para  ellos el buitre es un animal sagrado:
lleva  el cuerpo más cerca del cielo.

Omar Alarcón es un poeta que entiende la poesía como la vida misma y la busca y encuentra en la pagina, en las voces de otros, en el cine, en el documental como un recurso para dar testimonio del paso del tiempo, del tedio, de las horas muertas sin señal. Su libro Mil y una noches sin Wi-Fi fue finalista en el premio internacional de poesía Vicente Huidobro 2020 y se publicó en España bajo el sello editorial Valparaíso. Pronto los lectores accederán a la edición boliviana de este libro plagado de sugerentes poemas.

Édgar Ávila Echazú

Édgar Ávila Echazú (Tarija 1939, Cochabamba, 2022) Poeta, ensayista, narrador, historiador y pintor. Ha publicado los poemarios: Habitante fugitivo (1965), Memoria de la tierra (1967), En cautivos sueños encarcelada (1968), Elegía (1979), Elegía para Jaime Saenz (1990), Prohibido barrer los parques en otoño (1998), La Nao (1998), Canciones para Maritza (2015), La noche (2015), Canciones de Don Quijote a Dulcinea (2016), Poemas nocturnos (2016), Poemas para mis bisnietos (2016) y Poesía, volúmen que reune toda su obra poética (2017).

Elegía a un perro

Ya no verás pasar más
a los novios domingueros
soñando con los muebles a plazos
– tan distantes el uno del otro
como la tierra del sol.

Ya no verás más, nunca más
a la indiferencia encerrando
a las gentes en los cines,
persiguiéndolos con saña infinita
en los cafés y días feriados:
metiéndose en sus trajes,
haciendo guiños en los nombres
clavados en tarjetas de defunción,
aprisionando sus rostros
-desgraciadamente estúpidos-
en fotos de carnet.

Las horas ya no vienen
ni te alcanzan los minutos de abandono,
y no sientes la agobiadora tristeza
llamada vacío de las mentes
que se esfuerzan en los Bancos
para descansar aturdiéndose
en los sábados bobos
que declinan su aburrimiento
en cualquier domingo insufrible.
Ya no existen para ti
judíos pletóricos de Letras
pagarés y salchichas abundantes,
paseos sin sol ni tragedias
de cuatro paredes mudas.

Ya no verás desfilar
civismos forzados
y carteles eternamente lacrimosos
anunciando circos, concentraciones,
actos académicos y veladas culturales.

Ya no sientes el odio contenido
de las vacaciones pagas, de discursos,
aplausos, lloriqueos, abrazos,
felicitaciones por telégrafo
y cartas rezagadas riendo su abandono.

Ya no escucharás la dulzura hipócrita
de asistir a entierros, cumpleaños,
bautismos y eficientes llamados
al orden de padres que se ahogan
en sus inalterables cuellos duros.
No extrañarás ya
las confidencias
de dos cuerpos cómplices
al calor de una esquina
necesariamente sonámbula.

No tendrá pena de las cadenas
de tus clavículas,
ni experimentarás sensaciones
de absoluta pasividad
por la risa y los cuentos de vecinos
y compadres.

Te fuiste un hermoso día
sin nombre
sin número
y sin sol,
en que no hubo correo
y yo gemía
por tanto dolor encerrado
en un sobre que no llegaba.

Te alejaste conversando
con tu sombra
por el camino de los nobles
perros justos, dejando
atrás, sin rencor,
toda la escoria de las vidas
sin justificación.

¡Qué hermosos tus ojos
al cerrarse!
¡Qué bella tu muerte
silenciosa de recuerdos!

(Quieta la luz del mediodía)

Quieta la luz del mediodía
pausado rumor
de escondidas aves
en la inmóvil arboleda
detrás del cristal empañado
¿quién me dice las palabras
que tú buscabas en los parques?

¿Quién en la vigilia de los ángeles
descifra el secreto olvidado?

¿Quién me dona el tacto
que palpa la piel de los poemas
que tu padre recuperaba
de la honda noche de Morella?
¡Dulce carne del amor perdido!

El viento de la tarde
me nombra y me hundo
en tu lecho de miel
y de polvo entre las raíces
que tú proteges en tu sueño

La Nao

I

Tañe una campana en la bruma
atraviesa el humo de las tibias aguas
y del navío umbroso
reposando en el fatigado
aliento de las olas
se oye la vieja balada
que conjura los embrujos
de ocultas sirenas
los secretos de madréporas
e hipocampos presos en el espanto
de los líquenes con la angustia
de estremecidos albatroces

Un lúgubre graznido corta
el canto del vigía
“!Tierra a babor! ¡Monstruos
dejad por mil diablos
el azufre y la bebida
de todos los demonios!”

¡Calla avechucho deshalado
cierra el pico alcahuete!
e contesta la ardida voz
de aquel que en la penumbra
ruega a los de la chimirría
acompañen su recuerdo
que deshila imágenes sonámbulas
y madrigales del río encantado.

¿Hacía qué singladuras
tu velamen en albas soñadas
navegará hendiendo alboradas
y vientos de los astrolabios?

¿En qué turbias dársenas
tu grácil maderamen recalará
como si huyera
de fieras galernas
y espumas fragorosas?

¿El vino agridulce el hidromiel
el turbado deleite de la coca
dictarán las canciones
de alabanza a la noche
propicia a las cifras
del diálogo del Cronista
y el Piloto Mayor enredados
en el alborozo de los coros
con el deliquio de la nieve
y las antífonas de los navegantes?

La Noche

2

Y algo más:
buscador de nadas
la noche de la ciudad no nace
ni se apodera de tu tiempo
con la invasión de rumorosas nubes
ni de aquellas de arriba o de abajo
¡la Noche te dice mi nombre!

No existe un solo camino
lo sabes y la llave
es tu propia búsqueda.

La llama viva de la noche
la luz de la alborada
se abrazan se consumen
en el don que refleja
el cercano éxtasis del cielo
-sombra y luz de la escalera
del tiempo que te vive-.

Creas a la Noche
porque la piensas
en tu ir y venir
al imposible centro
al agujero negro
de los sueños…

En los poemas de Edgar Ávila hay una lucidez de observador sereno de su tiempo y circunstancia, lo que le permite enunciar, certeramente, rasgos acaso esquivos de la existencia. Precisión enunciativa que nos ubica en el momento y lugar desde donde observa el mundo que lo rodea y habita. Una intención que se decanta por la claridad y efectividad del discurso, un rasgo formal que le otorga una unidad, coherencia y un tono inconfundible a lo largo de los años, presente desde Habitante fugitivo, su primer libro publicado en 1965, hasta los poemas escritos en 2015, no obstante el notorio cambio operado en Canciones para Maritza y mantenido desde entonces, donde los versos se reconcentran en pos de los elementos indispensables del poema, acortando por ello la extensión profusa en imágenes, pero manteniendo un aura constante en su obra, como tempranamente lo había advertido Jaime Saenz al referirse a la poesía de Ávila Echazú. (B.Ch.)