Humanísima Ana Luisa Amaral

El poeta y editor español Rafael Saravia (Málaga, 1978), nos envía este homenaje a la poeta portuguesa recientemente galardonada con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Rafael Saravia

Hay autores que conciben el camino de la escritura como un trampolín mediático hacia la conquista del glamour y el reconocimiento social y otros que saben que escribir no procura nada más que duelos internos por acceder a las cuestiones que vertebran la condición humana.

Hace apenas ocho o nueve meses tuve el privilegio de poder dialogar con Ana Luisa Amaral e intercambiar pensamientos y posicionamientos en torno a lo que la poesía supone para la vida. Todo empezó en la construcción del XVIII Premio Leteo que desde la pequeña ciudad en la que vivo, León (España), entregamos a la poeta lusa. Ana Luisa Amaral es sin duda una de las poetas vivas más importantes que la lengua portuguesa tiene. Es muy triste saber que un país vecino, con el que configuramos nuestra geografía emocional e histórica, esté a veces tan alejado de las realidades vecinales, ciudadanas y, por qué no decirlo, comerciales de nuestro día a día. Hay más conocimiento de la actualidad literaria de Portugal en Bolivia que en España siendo nosotros vecinos sin apenas frontera.

Conocí la obra de Amaral por el también poeta y amigo Juan Carlos Mestre, fue rápido mi interés por su obra y me di cuenta que una poeta de tanto bagaje apenas tenía obra en España. Sus libros se reducían a dos: “Oscuro” publicado en el 2015 por la exquisita Olifante Ediciones y una recientísima edición titulada “What´s in a name” publicada por Sexto Piso que apareció en mitad de la pandemia en el verano del 2020. Había en las redes más propuestas de Ana Luisa en castellano, pero todas ellas publicadas en Latinoamérica.

A raíz de la concesión del Premio Leteo pude hablar, reír, emocionarme y enfatizar en esa postura sobre la cualidad disidente que la poesía debía manejar para que realmente fuese poesía viva. Ana Luisa Amaral ejerció sin duda como una maestra en el arte de la convicción a través de su emotividad. Ella cree radicalmente en eso que de otra manera nos había contado Ciorán del ser humano; Ana Luisa cree que la poesía no vale para nada, por eso es importante, porque al no valer no se puede mercadear con ella de manera impune. En las múltiples conversaciones que tuve con Amaral salí lleno de revelaciones, salí convencido de que ella cree firmemente en la libertad del lenguaje poético y supe que el respeto que le tiene a la conducta poética la convierte en poeta por encima incluso de sus fantásticos textos.

Vitalidad, emoción, disidencia y resistencia para una carrera que se antoja más circular que lineal, así es la trayectoria que ha labrado Ana Luisa Amaral a través de su pensamiento y vivencias.

En este sentido, pocos son los escritores que ansían coleccionar dudas para seguir preguntando a la vida por sí misma. Vivimos tiempos donde la certeza se impone como seña ideológica y el cuestionamiento crítico no tiene ningún valor pues cosecha resultados muy lentos –a veces hacen falta decenas o centenas de años para saber lo que siempre se intuyó desde la duda formulada–. Dentro de este grupo pequeño de amantes de la duda se encuentran normalmente los buenos poetas. Son ellos los que desde ese “no saber sabiendo” que apelaba el querido Juan de Yepes –más conocido como San Juan de la Cruz– fijan el canon de la mirada diaria en esa otredad, a veces cotidiana, que hace que nuestros gestos cobren una importancia y profundidad diferente a la que creíamos entender. No se hace desde la poesía por mero capricho –el juego permitiría triunfar notablemente más si la voraz economía de lo vendible se hiciera libro de autoayuda con estrategias sórdidas y engañosas–. Se hace sin duda por un amor a la verdad tan grande que la equivocación en estos casos es cáliz de redención y nunca perversión por conseguir un lector –una venta– más.

La bonhomía de Ana Luisa Amaral no es signo de descuido o candidez mal entendida. Es una búsqueda de décadas por mejorar la condición humana a través de los gestos mínimos que nos hacen bellos seres frágiles ante el atropello del ego que nos consume. Los poemas que construye en su día a día –me consta que todo para ella es susceptible de convertirse en poema si la palabra precisa sale de la oscuridad que renombra– funcionan como auto cuestionamientos que se extienden desde lo íntimo hasta lo universal de manera fantástica.

Ya escribí no hace mucho sobre los textos de Amaral en una reputada revista española, allí contaba sobre su primer libro en España que eran textos donde la épica, la historia, la reconstrucción de las tradiciones y la búsqueda perpetua se hacían hueco en su producción poética. Ese libro ya vigilaba y exponía parte de las inquietudes humanistas que sacuden la escritura de Amaral, me refiero al título “Oscuro” editado por Olifante Ediciones. De su segundo libro “What´s in a Name”, traducido por la también poeta Paula Abramo dije que es un libro que responde desde la poesía a esa cuestión universal… ¿Qué hay en un nombre? Y el matiz de que el título lleve la palabra “Nombre” en mayúsculas nos hace profundizar más en la intención de la autora: ¿Hay objetividad en el acto o en su nominación? ¿Se puede separar el hecho de nombrar con el hecho de sentir lo nombrado? ¿Hay una única forma de comprender la vida, sus revueltas, sus desbordantes posibilidades? ¿Esa forma de comprendernos es parte de la cárcel del lenguaje?

La humanidad, humildad y derroche de conocimiento –no en vano es una de las grandes expertas en literatura anglosajona con traducciones e investigaciones sobre Emily Dickinson o el propio William Shakespeare por poner algún ejemplo– hacen de Ana Luisa Amaral una voz potente generadora de maestría. Una voz que reconoce al yo poético más allá del sustrato superficial que el ego desarrolla y que amasa profundidad, generosidad y sencillez en dosis inequívocas de brillantez escritural.

Ahora se le ha concedido el XXX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Un galardón que hace redimirse un poquito al gran corpúsculo institucional que menciona y visibiliza –casi siempre con un retraso pasmoso– la realidad literaria. Ana Luisa se merece desde el primero hasta el último de los votos que la han hecho merecedora de esta distinción y creo firmemente que aporta más ella al galardón que viceversa. No en vano son múltiples los premios que esta poeta acumula y que ella agradece siempre con humildad pero que sin duda cada uno de ellos tienen justificadísima su nominación. Para poco sirven los premios si no es para visibilizar lo importante, por ello este galardón real concedido a una republicana de pro hace que tengamos esperanza en el ser humano –también en el sector editorial– y salgan desperezadas ediciones imprescindibles de Ana Luisa Amaral en nuestro idioma hermano del suyo.

Para que nombrar tenga un significado profundo, para que la comprensión del mundo escape del canon utilitarista, necesitamos personas que tengan la delicadeza de pensar lo nombrable, necesitamos poetas que se atrevan a cuestionar hasta el orden predefinido de lo intangible. O como diría Ana Luisa Amaral:

“Pregunto. ¿Qué hay en un nombre?
¿De qué espesura está hecho si se atiende,
en qué guerras se ampara,
Paralelas?
¿Linajes, suelos serviles,
razas domadas por algunas sílabas,
pilares de la historia sobre leyes
que en fuego y llamarada se forjaron?
extirpado el nombre, quedará el amor,
quedaremos tú y yo, aun en la muerte
aun sólo en el mito […]”.

Poemas de Silvia Siller

Silvia Siller Poeta mexicana radicada en Nueva York. Ha publicado los libros de poemas: De Mariposas y Mantis (2013), Madrugada No. 5 (2015), Tandava con Edgar Smith (2018), Danza de cuatro brazos (2019) y La granada ebria (2019).

I. Granada ebria del Edén

Caricia de yemas sobre fruta rosada, uñas intrusas desvenan tus enredos por la savia de los granates.  Quedan mis manos todas pinceladas de tinta carmín. Lamemos el jugo de dioses, huele a claveles que mal entendieron al árbol de la vida y dejaron sus pétalos caer. Granada ebria, granada mística, nos embadurnamos de tu elixir rojo, tinta indeleble que no nos deja mentir en la apertura de los labios del mundo.

II. Amputación

Amputar lenguas para no perturbar la neutralidad del otoño. Rebanar dedos para no escribir el crujido de hojas quebradizas que serán añicos, para no desentrañar más las luces del crepúsculo que parieron escombros que arden en el hielo.

El búho

El búho llama
asomo mi cabeza a la ventana,
juego a la desgarradura
de cobardía
con una pizca de sal
y una pimienta gorda
todo sigue hirviendo

en el ajo
de la espada

Ejercicio de manuscrito automático

Apareció el grito de la noche
dijo que ya todo está escrito
Y los colibríes siguen buscando los colores
mientras en tu sien reposa la biblioteca de Alejandría.

Si, es la resaca del tiempo la que me cobija,
y aparecen alaridos
vociferan que ya todo está escrito
y que Dios se aburre,
que los poetas se atoraron en los trueques de palabras,
que se desmoronaron los minerales de los filtros de los ríos,
donde mueren los peces.

Cada arroyo tiene su lenguaje de campana,
cada hierba insectos que buscan en la grama
cómo distinguir las catarinas.
Ya los labios del humus de la tierra
succionan los desechos
Ya alimentamos podredumbre
y dimos de comer hierro y hiel
a la ternura de los venados.

Hoy

Se abren las letras cual ventanas
que dan a un terreno baldío,
al barranco de siempre
donde reina la intemperie.

Madrugada

Abrirse a la madrugada,
con todos los poros,
y palpar la textura de su ojal
por donde se deslizan brochazos
que trazaron el último impulso,
de la noche pasada
para estrangular el hierro de las armas
y ese último olor a polución.
Es un rito,
bosque de noche,
una música como hallazgo entre ramas,
el susurrar del cielo que nos devuelve la fe,
aunque fecundada de espectros.
Se exorciza un veneno
que se multiplica en la carne,
desde el aceite de las flores

Todo es posible al principio del sendero,
se esparcen las tinieblas vaginales,
y nace el sol.

Receta de invierno

Derrite primero el hielo,
recoge la piedra,
como palabra entumecida por la nieve
y la arrastras

Entierra el gato que maulló perdones
y se revolcó mientras ponderaba
guardemos el ronroneo para nunca
que es igual que para siempre

Y suelta de una vez la guillotina:
que salpique tu rostro
toda la sangre del silencio

A+P = X

Álgebra indescifrable. Llenamos de candados el alfabeto de la noche tras la estampida, tras el cierre de puertas, tras la llave engullida.
Hicimos de silencio la muralla, pero no advertiste la aridez de tu boca, que aunque calle la lluvia desea el agua.
Hay hilos invisibles en las marionetas del aura. Fue un conjuro de vientos o de astrología, un aliento impregnado al sudor de la memoria.
Embrujo temido que callan los labios, y divulga la luz del ámbar y el zafiro.
El abrazo pulsó la despedida, de dos lumbres separadas,
sin que el fuego o el agua se rindan…
Acaso se sacude el vapor de polvo y se esconde la quimera
bajo la alfombra.


Los poemas de Siller nombran las cosas con una contundencia peculiar no excenta de lirismo. Son revelaciones que el poema oferente abre al lector como si accionara los secretos mecanismos de la dimensión real de las cosas. Leerla es ser partícipe de un rito de paso, ese momento cargado de sentido que marca el ingreso certero y definitorio al corazón mismo de las verdades reveladas. Silvia es profesora de Lehman College, la universidad pública de Nueva York (CUNY). Fue finalista del concurso Entreversos (2017) de Venezuela con su poemario Los cuatro brazos de Shiva publicado por Nueva York Poetry Press. Su obra ha sido reconocida en el International Latino Book Award 2015 y 2016. Recibió el premio G. Mistral, J. Burgos y F. Kahlo otorgado por el grupo Galo Plaza en Nueva York por su contribución a la cultura latinoamericana en Nueva York en 2015. Ha producido teatro- flamenco con poesía. Es anfitriona del programa de radio “ Diálogos culturales con Silvia Siller “ transmitido los domingos por Callevieja Radio.

Dos lecturas contemporáneas de la literatura orureña

En 2014, la Fundación Cultural del BCB publicó dos antologías de cuento y poesía de escritores orureños o residentes en Oruro. En el mes de la efeméride departamental, compartimos los prólogos de aquellas publicaciones.

Descubriendo y redescubriendo
Prólogo a Memoria y mañana. Antología del cuento orureño

Portada de Memoria y mañana, antología de cuentos de Oruro.

Martín Zelaya

Este libro es, a la vez, un redescubrimiento y un descubrimiento. De la inmensa altiplanicie de cultivos y socavones al Oruro urbano, distópico de un futuro probable. De lo rural-costumbrista a lo urbano-individualista y disperso. De la pampa al cemento. De la memoria al mañana.

No sé si se puede decir que la cuentística orureña es incipiente. No es prolija ni alcanzó cimas como la poética, claro está, pero tampoco brilló por su ausencia en diferentes etapas históricas y literarias. Prueba de ello es que en esta compilación están representados casi a cabalidad los diferentes niveles y categorías inherentes a la literatura boliviana, léase tendencias y preferencias estilísticas y temáticas; está, además, el hecho de que la cronología de las fechas de nacimiento de los autores –que da orden y estructura a este libro– abarca prácticamente todas las décadas del siglo pasado y la última del siglo XIX

Veamos en detalle estos y otros tópicos, a modo de justificar la selección de estas 17 piezas de 17 narradores, cuentistas que nacieron en Oruro o, en algunos pocos casos, vivieron y produjeron gran parte o la totalidad de su obra en esta ciudad.

De los autores

¿Quiénes escribieron y escriben prosa en Oruro? En este punto toca decir que la invitación de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia para preparar esta compilación dio pie –investigación mediante– a varios descubrimientos y redescubrimientos: hubo que leer y releer decenas de libros, antologías, compilaciones, revistas y suplementos literarios; indagar en anaqueles y estantes de bibliotecas públicas y privadas, y, en algún caso, a falta de las fuentes originales de algunos relatos publicados en ya desaparecidas revistas artesanales, impresas y online, acudiendo directamente a los autores o herederos.

Redescubrimos a consolidados narradores cuya obra, con el paso de los años, se fue perdiendo de vista: Antonio José de Sainz y Rafael Ulises Peláez, por citar dos ejemplos; y “descubrimos” a dos noveles autores cuya aún breve obra augura buenos tiempos para las letras de Oruro: Lourdes Reynaga y Sergio Gareca (este último, reconocido ya como poeta).

En el medio, se encuentran escritores de trayectoria como Carlos Condarco Santillán y Cé Mendizábal, y otros multipremiados y de generación intermedia, tal el caso de Benjamín Chávez.

Del estilo (y su “lugar” en la literatura nacional)

En El toro de Carlos Condarco Santillán y El cuadro, de Cé Mendizábal, se reconoce a dos maestros del estilo: tradicional, con una pluma que recoge lo mejor del romanticismo y el modernismo, el primero; prolijo, fluido, destacado cultor de la prosa contemporánea, diríamos, el segundo.

A partir de ello, cabe señalar que los cuatro o cinco primeros antologados cultivan lo que se vino a llamar lenguaje clásico “cultivado” o “académico” de la primera mitad del siglo pasado; mientras que por la mitad (Calizaya, Mendizábal) ya se empieza a notar la evolución estilística tendiente a una liberación de dogmas formales, lo que da como resultado naturalidad y verosimilitud de diálogos y descripciones (lo que no quiere decir que los anteriores carezcan de estas virtudes).

Ya hacia el final, los autores nacidos en los 70 y 80 destacan por el humor y la simpleza –que no desprolijidad– de su prosa cada vez más mundana.

De los temas y escenarios

Ya hablamos del cómo, hablemos del qué. Un indígena de apariencia frágil y andrajosa, pero socarrón a toda prueba, que porfía hasta el final por ahorrarse unos centavos (El regateo); un despechado y resignado enamorado que escribe una conmovedora carta para exorcizar su amor no correspondido (Para Blanca Coaquira. Donde quiera esté su reino), y una niña artista destinada a vagabundear con su padre en un Oruro del futuro y casi apocalíptico (La casa Pettenkofer).

Bien pueden estos tres ejemplos marcar tres vertientes o sendas. Siguiendo lo cronológico, una vez más, valga reparar en que el costumbrismo: motivos rurales, mineros y de la Guerra del Chaco u otras lides, marca la primera parte. Poco a poco, gana la dispersión, los temas íntimos o de estricto dominio del narrador y/o protagonista, que generalmente se desenvuelve en la urbe; todo esto, tal cual como discurrió la historia literaria boliviana en general.

De la procedencia

En cuanto al origen de los autores, la gran mayoría, claro está, son orureños de nacimiento, aunque más de uno emigró muy joven y desarrolló su obra en otras regiones (Mendizábal, Vargas); hay un par de casos de autores que, habiendo nacido en otras regiones, pasaron gran parte de sus días en Oruro (Sainz, Urquieta) y dos (Chávez y Vadik Barrón), que coincidentemente reconocen no ser de Oruro “por error” pues, hijos de orureños, llegaron a esta ciudad a pocos meses de nacidos, se formaron y vivieron allí y se identifican públicamente como orureños.

En cuanto a la procedencia de estos relatos hay, lógicamente, cuentos publicados en libros de los autores, otros tomados de antologías premiadas, un par procedentes de compilaciones o anuarios y uno solo que durante el proceso de elaboración de este texto estuvo inédito, pero que fue incluido en razón a méritos estéticos, claro, pero además porque cierra –temática y estilísticamente– el círculo abierto por Sainz y su parábola El diamante. Nos referimos a La casa Pettenkofer de Sergio Gareca, que se publicó en el libro Tradiciones del futuro en abril de 2015.

Si en El diamante prima la impronta antigua de escribir con lenguaje exquisito y subordinar la trama a un mensaje o aporte moral (algo común hasta inicios de 1900), en la pieza de Gareca se abre un espacio aún pendiente de exploración: la literatura fantástica, premonitoria y en la que, sin menospreciar lo estilístico, se enfatiza en la propuesta como conjunto: historia, provocación, posicionamiento.

Los antologados

El diamante. Antonio José de Sainz. Taripaco. Josermo Murillo Vacareza. El regate. Rafael Ulises Peláez. Y las entrañas se horadaban. Jorge Barrón Feraudi. La última llamarada. Alfonso Gamarra Durana. El embrujo del río. Luis Urquieta Molleda. La emboscada. Adolfo Cáceres Romero. Chaucer en los Andes. Hugo Murillo Benich. El toro. Carlos Condarco Santillán. Una corona de rosas para Isabel. Zenobio Calizaya Velásquez. El cuadro. Cé Mendizábal. Para Blanca Coaquira (donde quiera esté su reino). Mabel Vargas M. El encantador de serpientes. Benjamín Chávez. Un gólem. Vadik Barrón. El aburrimiento del Chambi. Daniel Averanga Montiel. Estudio de probabilidades. Artículo de divulgación (en edición). Lourdes Reynaga. La casa Pettenkofer. Sergio Gareca.

La música y el viento

Benjamín Chávez

Portada de La música y el viento, antología de poesía de Oruro.

Ordenada cronológicamente, la presente selección, que muestra parte de la obra de 20 poetas –todos ellos nacidos en Oruro–, abarca casi la totalidad del siglo XX y los primeros años del XXI. Dos aspectos la delimitan. El primero, el criterio editorial de la colección que concibe una serie de volúmenes, cada cual abocado a un departamento de nuestro país. El segundo, la búsqueda de obras con sello personal de quienes supieron modular voces propias y reconocibles que han ejercido, en mayor o menor medida, influencia entre sus pares. Asimismo, motivos de espacio, constriñen la selección a un determinado número de poetas y poemas.

La selección comienza con Luis Mendizábal Santa Cruz, poeta de signo trágico, tempranamente desaparecido y cuya figura, algo mitificada, resuena en las calles de Oruro como un referente, al menos en cierto imaginario citadino, de una poesía otrora rica e intensa. Un faro de luz extinguida más allá de la sola referencia a su nombre y un puñado de versos de su extenso poema La fundación de Oruro, que suelen citarse mecánicamente. El último, es el joven poeta Sergio Gareca, cuya labor creativa es un referente de la continuidad sostenida de la poesía escrita en Oruro. Entre esos dos nombres, se ubican los 18 restantes, configurando un corpus vigoroso, donde no es raro encontrar alta poesía.

Si bien no existe, ni existió, un afán concomitante, al amparo de escuelas estéticas o gregarios modos de entender la escritura de poesía, el conjunto muestra, por un lado, las marcadas singularidades de tono y concepción, pero, por otro, evidencia también, la presencia subterránea de ciertas líneas de fuerza que, de vez en cuando, emergen y se hacen reconocibles en aspectos tales como ciertas preferencias temáticas y sus modos de nombrarlas.

Una lectura atenta de todo el volumen mostrará zonas de confluencia. El abrevadero a donde acude la más diversa sed, signada por el espacio territorial (la ciudad de Oruro, el altiplano, las minas…), y la atención a ciertos personajes y aspectos consubstanciales a los rasgos identitarios de esos sitios (los mineros, el carnaval, la Virgen del Socavón, el viento, el frío…), sin que esto signifique que esta antología pone énfasis en ello. Esta, lo remarco, buscó leer poemas que aportan a una plenitud expresiva y a una cualidad estética capaz de subvertir el lenguaje y prefigurar –o en algunos casos lograrlo del todo– un universo poético capaz de dialogar y proponer.

Desde el pensar y sentir intensos, expresados en muy sugerentes imágenes de Mendizábal Santa Cruz, pasando por la poética de tono surrealista y notorio compromiso político de Luis Luksic (que en algunas antologías figura como de origen potosino). La obra cada vez más leída y valorada de Hilda Mundy, lúcida autora de una obra transgenérica genial. O Milena Estrada Sainz, cuya escritura fina y delicada es muy estimada aunque poco leída por sus coterráneos. Alcira Cardona Torrico, de voz recia y telúrica. Héctor Borda Leaño, dueño de un discurso fuerte y combativo que, junto a Alberto Guerra Gutiérrez y Jorge Calvimontes urdieron su poética en torno al mundo minero y lo expresaron en toda su crudeza a través de versos no exentos de ternura. Hugo Murillo Benich, explorador de constelaciones y galaxias nuevas que visita con voz singular; Silvia Mercedes Ávila, que canta a la vida y sus pliegues; Eduardo Mitre, prodigioso poeta de obra absolutamente lograda; Carlos Condarco Santillán, poeta de hondo sentir y erudición apabullante; Eduardo Kunstek Montaño, de poesía elegante, culta y sobria; René Antezana Juárez, poeta de variado registro y amplios intereses; Edwin Guzmán Ortiz, de impecable dicción y elucubración rigurosa y que, junto a Adhemar Uyuni Aguirre, conformó una generación de poetas que perseguía la exquisitez en la poesía.

Generacionalmente menores, pero igualmente intensos, Cé Mendizábal y su poesía fina, pulcra y luminosa; Álvaro Antezana Juárez y su poesía de sensibilidad mística; Eduardo Nogales Guzmán y su profunda visión mitológica del Ande con reminiscencias históricas y de tradición oral; y Sergio Gareca, cuya obra, propositiva e irreverente mantiene viva la llama de la poesía en Oruro.

Con todo ello, el lector tiene entre sus manos, un libro que acaso develará paisajes insospechados, auscultará vericuetos y, también, ojalá, confirmará la importancia de los poetas antologados, así como la pervivencia de varios de los poemas cuyo eco sigue resonando y lo hará aún por mucho tiempo.

Finalmente, puesto que Oruro no es una tierra donde falten poetas, menciono (en orden alfabético) algunos nombres que ocuparían un lugar en alguna antología más amplia o cuya propuesta de lectura difiera de la presente. Estos son: Gladys Dávalos, Marlene Durán Zuleta, Jorge Encinas Cladera, Elvira Espejo, Raúl Espinoza, Elba Mejía Arce, Mauricio C. Michel, Hugo Molina Viaña, Miriam Montaño, Rómulo Quintana, Cinthia Sevillano, Guido Orías, Pablo Osorio, Antonio José de Sainz y Jorge Zabala Suárez.

Poemas de Hugo Molina Viaña

Hugo Molina Viaña (Oruro, 1931 – La Paz, 1988). Profesor y escritor de Literatura para niños. Miembro fundador de la agrupación de escritores y artistas “Gesta Bárbara” en Sucre (1948), Oruro (1949), Santiago de Huata (1950) y Tupiza (1951) y del Comité Nacional de Literatura Infantil-Juvenil (1964). Presidió y organizó la filial boliviana de la Organización Internacional para el Libro Infantil y Juvenil (IBBY, 1975-1985). Ha publicado: Palacio del Alba (1955), Lucero de Seda (1956), Martín Arenales (1963), El Duende y la Marioneta (1970), Ratonela (1974), Vicuncela (1977), Viajeros del Espejo (2007), Martín Pescador (2007), Pilicitu Pilinín. Poemas con fonemas quechuas (2008), Poemas para llevar en la mochila (2010).

 

Martinico

A los niños de San José de Costa Rica

Chico, chico
Martinico,
baila el tico
tico-tico.
Es un chico
con hocico,
que no tiene
zapatico.
¿Es Perico?
¿Es el Quico?
Manolito,
Martinico.
¿Quién responde?
¿Es un conde?…
¡Dónde, dónde          
pues se esconde!
Es un duende
y muy duendo,
duende, duendo
no comprendo.
Salta, salta,
lero, lero,
baila el duende
hasta enero.

Manuelito de Seripona

A los niños de Sucre

Del lejano tiempo
de Maricastaña,
donde por leer tanto
se perdió la araña.
Se habla de aquel elfo
leve como el viento,
argonauta blanco
de invisible cuento.
Dicen que lo vieron
por los abedules,
volaba aires limpios
en gasas azules.
Lo arrulló una niña
que lo bautizó:
Chico Manuelito
de mi corazón.
De Azurduy a Sucre
se fue por melcocha
y voló de un gran salto
en una garrocha.
Le compró a la niña
suspiro y merengue,
y en aquel entonces
ya bailaba el dengue.
Manuelito el trasgo
el de Seripona,
hoy juega la ronda
con doña ratona.

Duende Negri

A los niños de los Yungas

Oh, mi Duende Negri
cuerpo de jazmín,
te diste en la luna
tu baño de hollín.
Ojos de aceituna,
dientes de turrón,
luces de bengala
en tu corazón.
¿Oh, mi Duende Negri
dónde se va usted?
A pintar la tarde
con un buen café.
Y a jugar con duendes
de cacao bombón,
y a encender diamantes
con un buen carbón.
Oh, mi duende venga,
a bailar aquí,
grano de granada
le daré un rubí.

El Duende de La Glorieta

Quién no conoce
al picarón,
es la muñeca
su devoción.
Con ojos glaucos
de Mentisán,
y la mirada
de celofán.
Con un tomate
se hizo un sacón,
y de lechuga
su pantalón.
Toca la solfa
en el flautín,
con la canilla
de condorín.
Si tú no has visto
al cabezón
busca un sombrero
en un rincón.

El cucu

El viejo cucu
era el espanto,
si no dormías
estaba al tanto.
¿Quién era el cucu?,
¿quién lo sabría?
que nunca vino
hasta ese día.
Pariente fuera
de trucutucu,
¿o era tan sólo
como un ancucu?
Aquel don cucu
se fue al rincón,
a cazar moscas
y un moscardón.
Así no vuelve
a tu canción,
y tú te duermes
como un lirón.

Elfo azul

Trasgo rosa
elfo azul
duende blanco
de abedul.
Seda y dalia
tu capuz,
tu sonrisa
lampo azul.
Eres lirio
del portal,
niño estrella
de cristal.
Trasgo rosa
elfo azul
duende blanco
de abedul.

Vilma Tapia Anaya: 4 poemas inéditos

La poeta nacida en La Paz y desde siempre radicada en Cochabamba nos presenta, en exclusiva para El Duende digital, un adelanto de su nuevo libro Lentitud. Una escritura sugerente estructurada en poemas breves, donde la pausa y el silencio marcan el atinado tempo de la escritura y el atildado desplazamiento de los versos.


Argel, 19 de octubre de 2018 a las 12 y 33 minutos

El colmo de la presencia

                                                                             J.D.

Yo iba hacia la antigua mezquita
tal vez
sinagoga transitoria

celebración fraterna que rememoras

puntual
la plegaria pronunció
palabras   
llamaba una lengua distinta a la mía

Ahí     en la profundidad de la desemejanza
el canto
prolongado aliento en su extensión vasta y doble

Escuchando escuchaba y mis lágrimas caían
era el lugar

Puede ser la luz de cualquier lugar     ahora lo sabes

Un hombre de empolvada túnica
se incorporó vino a mi encuentro
extendiendo sus manos
me dio un abanico que recibí con las mías    

Lanas y pajas me acercaron un pavo real de pecho azul    
símbolo     eco de un jardín remoto
y aún clamaba el balido de estos otros corderos
traza cierta
íntima hendidura


Mariposas

A Arnaldo Calveyra

El día está aquí
una mariposa blanca y otra amarilla salen de la roca

el agua del riego las libera

Ayer noche fue encontrado el cuerpo de una mujer
tomó veneno
y una copa de vino

dejó otra servida

Habíase puesto el vestido de una fiesta pasada
le quedó chico
ni la tela bordada ni las alas del tul
le cubrieron la espalda

La luna de anoche
y su grito
están aquí


Esta lengua

A Rubén Darío en Granada

El volcán levita entre nubes   helechos  
bromelias      Signos
emiten una diáfana intangibilidad

En el jardín del convento
invocándose a ellas mismas
día a día     muy altas han crecido
las palmeras

San Francisco y el lobo
aún se miran

De niñas escuchamos leer a mi padre
incontables veces el poema
blancura de lirio
mañana
y tan rara sangre
el aullido del afuera

Incierta salí a caminar los caminos
todos
idas y vueltas a la madriguera

entonces la huella     el amor me trajo
a las hospitalarias frondas
de esta lengua


Dánae

 A Rodin

Vacilante
nívea
cayó
la roca en la roca

con nostálgica lentitud
dobló su columna
se agachó
se arrodilló
en un mudo clamor
hundió la cara en las aguas de su propio río

Así     fetal y eterna
ocupó su espacio

se dio a la luz

Para El Duende 700

José Antonio Terán C.

Son y serán incontables las voces de encomio por el impagable aporte de El Duende a la cultura del país; las frases de gratitud por el refugio que brinda al arte y el pensamiento relegados por la mediocridad ambiente; las palabras de maravillado asombro por haber sobrevivido a las 700 apariciones. Espero no perturbar estos momentos celebratorios con un poema de recuerdo y homenaje a uno de los fundadores de este querido y respetado suplemento cultural.

Mi hermano Alberto Guerra

no quiso averiguar más vidas

en las oscuras voces de la coca

estaba descubriendo muchas muertes

de los seres que amaba

prefirió que los años tejieran

los abrazos unánimes

de una fraterna ancianidad

quizá fueran mentira los anuncios

de la hoja sagrada

quizá el yatiri que habitaba su cuerpo

sólo inventaba los temores del poeta

nunca se había preguntado

por qué no inquirió por su propio destino

como si estuviera seguro de vivir para siempre

pero un día de sol primaveral

cayó de bruces a puertas de su casa

sin ese día aciago estaría mirando

con espanto creciente

cómo se cumplen sus visiones

una tras otra