Yo, la novela de Gonzalo Lema

Carlos Decker-Molina

W. Somerset Maugham, escritor muy leído en los años 30, uno de los padres del cuento corto y la novela de espionaje, dijo. “Existen tres reglas para escribir una novela. Por desgracia, nadie sabe cuáles son”.

Después de haber leído la novela Yo de Gonzalo Lema, tengo la seguridad de que él sabe cuáles son esas tres reglas.

Alguien me dijo en un curso de escritura creativa que cada escritor tiene sus reglas, pero hay una que arropa a los mejores: “Nunca se dan por satisfechos”.

Y … Gonzalo a propósito de Yo, me comunicó: “No fue fácil escribirla porque yo mismo me sentí profundamente interpelado”. Además, le dijo a un periodista que la tenía guardada mucho tiempo, seguramente para que madure como los buenos vinos de Tarija, su tierra natal.

La novela

Comienza en Mizque, una provincia de Cochabamba. Aparece uno de los personajes importantes Modesto Poma, el kallawaya, curandero de Charazani que recorre el país “sanando” a la gente que sufre de males.

Es la Bolivia feudal con la bella finquera Elvira Prudencio como personaje de fondo. Matriarca a pesar de su juventud, muere temprano, pero deja a Beatriz su hija con Luis Claros, un casanova pueblerino que desaparece en el Guerra del Chaco. Nunca se casaron.

Beatriz se cría en casa del tío Ernesto, los Orozco, parientes de los Prudencio, vive en Cochabamba muy cerca de la Plaza Cobija. Son las tres locaciones de la novela: Mizque, Charazani y la Plaza Cobija de Cochabamba.

Personajes

Los personajes son la continuación de la matriarca Elvira Prudencio que pierde a su hombre en la guerra del Chaco y reniega de la reforma agraria porque los “indios son unos flojos” y muere sentada en una carreta tirada por animales.

Aparecen otros personajes que sin ser principales asumen el reto de sostener el entramado de la novela hasta el final.

Beatriz, hija de Elvira, se casa con el policía tarijeño Víctor Jaramillo, le da dos hijos, Carolina y el Cabezón. Carolina prácticamente huye del entorno familiar y se va al exterior con su marido, en tanto, el Cabezón asume el reto del ser el protagonista hasta el final de la novela. Probablemente la voz más interesante y nítida a pesar de carecer de nombre propio. Uno de los yoes de la novela y el personaje mejor trabajado de este bello imaginario de la literatura de Lema. 

Sin embargo, hay otro, que siendo personaje secundario se apropia del rol principal por ser la integradora de dos mundos, el mágico indígena y el otro, que no termina de germinar, es María la hija del tío Ernesto, hermanada con su prima Beatriz. María se va con el curandero kallawaya Modesto Poma a Charazani, vuelve como Ulises a su Ítaca de la Plaza Cobija, pero al experimentar un gran vacío existencial retorna a Charazani, hasta que un hecho colectivo sustituye malamente el Yo de María que la obliga a dejar el pueblo de los kallawuaya y termina en un monasterio, otra pluralidad.

Voces y estructura

La novela tiene un narrador omnisciente, pero, aparece el yo en los paréntesis, explica o enlaza escenas y hechos concretos. Esa una de las partes novedosas de la estructura de la novela, que tiene otro acierto, evita la superposición de planos o, mejor, los sustituye con precisión usando un “puente” que explica una historia diferente a la contada antes, pero que se desarrolla al mismo tiempo. Al evitar los flaschbak la obra adquiere un formato longitudinal fácil de leer.

Diálogos

Todos los que escribimos sufrimos cuando hay que imaginar diálogos, no siempre se lo puede dominar. Los de yo de Lema diferencian bien la pertenencia de grupo. Unos son los diálogos en la chichería mizqueña de doña Valica y otros los de los bares cochabambinos que frecuenta el Cabezón y más pulidos los que salen de las bocas de sus personajes citadinos, sobre todo el del marxista que pretende a Beatriz, madre del Cabezón.

El lector

Una de las razones para escribir es la seducción. Y para seducir al lector hay que ser honesto, es decir la historia no debe considerar al lector como a un tonto, lo debe seducir con una historia creíble donde los personajes cobran vida y enamoran al lector hasta poblar sus sueños.

La novela de Gonzalo es desde ese punto de vista impecable, por seductora. Las novelas que son una fantasía, una mentira hecha verdad, fáciles de creer, cobran vida y se vuelven realidades en la cabeza del lector.

Ahora bien, cada lector lee su propia novela. En mi caso, encuentro un parecido, sobre todo en los personajes con la novela Jakobsböckerna (Los libros de Jakobo) de la Nobel polaca Olga Tokarczuk donde aparece Jakobo, un personaje como el kullawaya Poma y/o el Cabezón. Un salvador, un sabio o quizá un hereje o un impostor.

La historia

No quiero referirme a la historia narrada por Gonzalo sino a la historia de Bolivia porque es por esas calles que transitan los personajes de Yo.

Comienza con la abulia de Mizque, sobre todo esa falta de voluntad de la patrona de aquella Bolivia feudal, que pierde a su hombre en la guerra del Chaco, así como pierde sus propiedades con la revolución del 52.

La novela transcurre también por las épocas del barrientismo, la guerrilla que bien pudo ubicarla en Teoponte, pero el escritor la sitúa en la sierra peruana donde alguna vez campeó Sendero Luminoso. Y, la presencia del Cabezón que no sabe por qué está allí.

Los personajes pueblan luego el neoliberalismo que plantea la capitalización y el emprendimiento empresarial como panacea de la democracia, época en que se confunden los términos democracia y capitalismo. Todavía hoy sin separación posible.

Gonzalo Lema es un escritor que nunca olvida la sociología del escenario donde actúan sus personajes. Siempre fuimos familia, es la metáfora de Cochabamba como Hola mi amor es la novela de Villamontes. Yo, es la novela de las dos Bolivias. La del kallawaya y la del Cabezón. Dos personajes que pueblan el mismo pellejo.

Conclusión

Yo, es una novela que produce ganas de discutir Bolivia y su futuro, pero también es el permanente desafío del yo frente al nosotros. El primero tan liberal y el segundo tan socialista.

Lo interesante de la novela es el planteamiento: No hay yo sin el nosotros o no hay nosotros sin el yo.

El yo de Elvira Prudencio frente al nosotros de la provincia de Mizque o la comunidad de Charazani.

El yo del Cabezón y el nosotros de la familia que se resuelve no con la política, ni con las hojas de coca sino con al psicoanálisis.

El yo del amor, Elvira y Beatriz buscan afanosamente el nosotros de la pareja y de los hijos.

El yo de María que vence ante el nosotros de la comunidad kallawaya, pero, muere en el nosotros del convento.

El epílogo es el anuncio de un hijo que reafirma el nosotros que necesita Bolivia y que hoy está enfrentada por dos yoes, el de Poma y el del Cabezón.

Léanla, estoy seguro de que ustedes sacarán otras conclusiones. ¡Gracias Gonzalo Lema!

Dos lecturas de Para alguna vez cuando oscurece

Un «Espíritu maligno» y Antonio Cillóniz reseñan el poemario de Benjamín Chávez.

Este poemario suena a poesía innovadora y resuena a tradición; en una línea lírica que puede llamarse reformista y conservadora. Al inicio del libro, hay poemas, Exlibris, El aprendiz, Albayalde y Lápiz de carpintero, que entremezclan temas de oficios artesanos o artísticos con la profesión del escritor. En Poética, el autor aparece inmerso en la actualidad: «Escribo lentamente frente a la luminosidad de la pantalla». De los momentos sin escritura, trata metafóricamente de la seca a través de “los moáis de la Isla de Pascua”, sugiriendo el silencio en la mudez de la piedra y el estancamiento en “la lejanía/ un horizonte que nunca alcanzarán”. En el apartado central, Hojeando un Atlas, dibuja la atmósfera de intimidad doméstica en “lomos (del viejo atlas o del gato) largamente acariciados”, que intensifica el verso a través del inciso del gato y el atlas. También se da un buen manejo del encabalgamiento, que aunque parezca arbitrario es pertinente pues expresa esos instantes de quedarse uno en blanco: «Miro la niebla del amanecer por la ventana y/ me quedo unos minutos en blanco», Visión invernal en Dorpat. Estilo gótico (tardío, como tantas otras cosas) ofrece rasgos coloquia-les del diálogo interiorizado: «Al otro día/ tras haber pasado la noche/ […] volví a pensar en ti y podría/ decirte que fui testigo de una aparición». Otro ejemplo en el que se fusiona la virtualidad de GoogleMaps con la presencia de lo real: «Busco en el mapa (de Google)/ Concepción y más al sur: Valdivia […] / Pero al tiempo, cuando llega el momento del viaje/ […] la aparición misma del paisaje», Sur de Chile. Destaca en las descripciones el manejo de los planos en una perspectiva plástica al alejar el horizonte y presentar en scorzo el marco de la escena: «Entre el cobertizo y el árbol de kiswara/ el horizonte se aleja/ hasta el perfil de la colina», Descripción de la finca de un amigo. Fruto de un empleo de recursos vanguardistas, incorpora a la temporalidad del poema la espacialidad textual: «las montañas     a lo lejos/ aparecen», Una choza. Lo mismo que el encabalgamiento grafica el desparramarse: «abandonadas en un/ damero», Meditación en el pueblo de Juli. En el último apartado, título del poemario, la poesía conversacional vuelve para presentar un monólogo interior: «Todo empezó con un café/ así son estas cosas./ […] sin saber cómo encaminar la conversación», Cuando conocí a mi hijo. Hay además culturalismos, necesarios como contextos en una trasposición de planos temporales: «La humildad, dirá San Agustín, vence a la soberbia./ Caravaggio que hacia el 1600 pinta su/ David, vencedor de Goliat/ acaso ignora esos razonamientos», Autorretrato a la luz de un candil apagado. Incluso aflora un tono expositivo-argumentativo, acabado en registro coloquial: «Honrando mi propia memoria y la de mis mayores/ […] me vi –en medio de desconocidos/ vagando sin un cobre», Nacido ayer. Los recursos señalados aisladamente en los poemas pueden aparecer en los poemas a la vez, si la concepción artística lo exige. No dudo de que se trata de un poemario perdurable.

Antonio Cillóniz

*

Para alguna vez cuando oscurece, de Benjamín Chávez [Santa Cruz, 1971], obtuvo una Mención en el LXII Premio Casa de las Américas, 2022. El título se lo debe a un verso de Quintín de la Carnada, que aparece en la revista Vertical. El poema de Quintín hace del don un trepador nocturno que seguramente en esa isla desteñida de las Américas se sopesó desde la moción de algún marino mercante. Importa poco, porque la hechura in cumputo de este libro tiene que ver con otro don: navegar de conserva con cada poblador interior y mediterráneo de los poemas, para desde allí aunar los pedazos de una posible eternidad.

Espíritu Maligno (La Mariposa Mundial 27)

El otoño está presente

Reseña de El otoño está presente. Una épica sincrónica, de Ariel Pérez.

Christian Jiménez Kanahuaty

Este nuevo libro de Ariel Pérez es una exploración sobre la memoria de la poesía en Bolivia y sobre el modo en que el poeta rinde tributo sobre el hacer poético, tanto en la figura de algunos poetas, como en versos y poemas que los poetas en este territorio han construido para intentar explicar aquello que somos y lo que nos habita. En ese sentido, el poeta nombra para que nosotros como lectores podamos entender de qué materiales estamos hechos y, sobre todo, cuáles son los ecos y las resonancias sobre las cuales se construye la poesía en estos momentos en el país.

Así, este libro es un objeto que marca un antes y un después en la construcción de la memoria poética. Esto quiere decir que establece un momento de llegada, pero de ahí hacia el futuro establece las líneas sobre las que en el mañana la poesía tendrá carne. Pero esa poesía hecha de carne y huesos, es recuperada por el poeta, autor de este libro, como una muestra del modo en que se despoja del yo para ser capaz de ver plenamente a los otros de los cuales se es parte.

En ese sentido, los precursores que nombra le sirven para construir una constelación familiar dentro del ámbito de la poesía que establece una manera de nombrar aquello que nos es desconocido. Por ello, el poeta no se piensa a sí mismo ni habla sobre sus propias preocupaciones, dolores y melancolías. Lo que hace es un juego con la tradición, los ordena, los convoca y los invoca. Al hacerlo, lo que nos muestra es un gran tejido que tiene un cuerpo que va más allá del tiempo. Y esa virtud –la de quebrar el tiempo histórico-, hace que este libro de poemas sea leído también como un libro de historia, como una construcción imaginaria y como un artefacto emocional sobre un tiempo que tocó ser atestiguado por una generación.

Y dentro de ese orden de cosas lo que abre el libro es también la construcción de un sujeto poético que atraviesa el tiempo y los territorios para comunicarse con todos los poemas y todos los poetas al mismo tiempo, como si todos los versos, todos los poemas, fuesen parte de un mismo libro que se va escribiendo desde el inicio de las edades.

No hay mayor motivo de celebración en este libro que el sentido que la poesía tiene para aquellos que saben que es desde ahí que nos pensamos y desde sus pliegues habitamos el mundo. La vida misma no tendría sentido sin poesía, pero tampoco nuestra memoria tendría objeto sin el recuerdo de aquellos poemas y poetas que nos constituyen como personas, ciudadanos y artistas. Todos y cada uno de nosotros somos parte de una historia que, sin saberlo, se va tejiendo día a día y este libro es el testimonio que comunica el pasado con el presente y el presente con el futuro para que la memoria no sea olvido y para que los hombres y sus descendientes adquieran con la palabra escrita una fuerza y una potencia capaz de generar una mirada sobre aquellas cosas cotidianas que no siempre se registran como reales. El otoño está presente es un libro que marca una pauta en la creación poética dentro de la gran tradición de la poesía en el país y por ello su recorrido no es sobre sí mismo, sino sobre lo que hace posible su aparición. Cada poema que compone el libro, habla de un poeta o de un poema escrito por otro poeta o parafrasea e instala una emoción sobre algún verso de un poema escrito por un poeta boliviano y es que la poesía Bolivia es la materia prima sobre la cual se levanta este libro. Su fuerza está en agarrarse de ellos para construir una voz propia capaz de resonar con sus propios ecos. Y en ese camino, los poemas, los versos y los poetas nombrados adquieren otras dimensiones. Los volvemos a leer con la frescura de la edad y de la primera lectura.

Los manjares compartidos de la literatura

Una lectura de un libro de lecturas. A propósito de Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022) de Diego Valverde Villena

Martín Zelaya Sánchez

Clarice Lispector, una pantera que devora conocimiento, experiencias y refleja luz. Jaime Saenz, propiciador de un Aleph propio –hecho de libros, discos, maquinitas, antigüedades y cábalas– que se traduce luego en sus incomparables páginas. Octavio Paz, gestor de encuentros y re-conocimientos.

Libro sobre lecturas y lectores. Y también sobre escritores. Algunos dirán que este tipo de textos –permítanme ligarlo sobre todo con Sergio Pitol, pero también con Monterroso y algo de Magris y Vila-Matas– son solo de interés de académicos y literatos. Falso. Libros como Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022), de Diego Valverde Villena, son un regalo para todo buen lector; entiéndase de aquel que disfruta de hallar y aprehender nuevas formas de leer.

Valverde agarra sus lecturas, intereses y estados de ánimos de un momento específico –y del todo general también– y los vacía en estos textos, que no son sino momentos, guiños e ilaciones de su bagaje. Pero, además, dialoga con sus lectores y sus lecturas. Es un facilitador de experiencias, descubrimientos y redescubrimientos. Es, entonces, un disfrute leerlo e interactuar con sus propuestas, desde momentos, lecturas y bagajes comunes.

“Siguiendo al padre Montaigne –sostiene en el prólogo– intento no hacer nada sin alegría: todos estos ensayos son hijos de lecturas epicúreas. Nacen espontáneamente del gesto de convidar los manjares de una mesa, que se vuelven irreales si no son compartidos”. (10)

Un capiango en Sicilia: Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Leopardos-felinos-Lampedusa. La relación entre libros y comida, el amor por ambos. Y las pasiones, queda claro, del autor de la soberbia El Gatopardo.

“Para un felino de los libros, la lectura y la comida son dos variantes del alimento. Y ambas actividades se disfrutan con el mismo placer sensual. No ha de extrañar, pues, que Lampedusa, al clasificar a los escritores, los divida en dos tipos de características tan significativas como grassi, “gruesos” y magri, “delgados”. (13)

Sobre un poema de Álvaro Mutis encallado en algún lugar entre Cartagena y Antioquia

Un poema desechado y olvidado por su propio autor, tiene aún mucho por dar. A veces una (buena) explicación de la poesía, vale. Por más que se diga que esta debe sentirse, no racionalizarse. Y por más que, generalmente, acercarse y disfrutar la poesía debe ser una labor individual.

En sus pesquisas bibliófilas, Valverde dio con “N. N. Baronet se rehúsa a morir en Cartagena de Indias”, un poema desconocido de Mutis en un libro de poca circulación y nunca más recogido en su obra “oficial”.

¿Cómo pudo habérsele escapado una pieza de uno de sus grandes referentes a un ubicuo lector y escudriñador como es él? Tras un detenido análisis y conjeturas, concluye que “los colores del navío ‘N. N. Baronet…’ son tenues. El óxido los ha trabajado hasta conferirles unos matices muy sutiles, que casi se confunden con el viento marino. A veces el poema puede parecer un espejismo. Por eso ha pasado desapercibido tantos años, esperando su avistamiento”. (22)

Octavio Paz, cosmógrafo

Paz como descubridor / canalizador de libros y autores. Crítico innato sin ser esta nunca su vocación o intención.

“Octavio Paz, ¿un poeta ensayista o un ensayista poeta?”, escribe Valverde para abrir el texto. Y poco después resuelve que “…es el Paz lector, del que nace todo” (23). Tras rememorar una serie de historias y anécdotas “literarias” en torno al Nobel mexicano: encuentros, desencuentros con escritores, artistas; lazos y descubrimientos propiciados; incursiones y recomendaciones, nos convence de que “…Paz reivindica ese oficio de lector-puente, de lector-zahorí, de lector que abre caminos y recupera sendas. Un oficio que solo un creador puede realizar a la perfección”. (27)

Intersección Bruckner: Jaime Saenz se encuentra con Sergiu Celibidache

Saenz escribía –concebía, creaba– en estrecha relación con su entorno inmediato, sus cuartos que casi no variaban de casa en casa; sus mesas, fotos, relojes, porcelanas y mil cachivaches.

Germanófilo acabado, pronto descubrió que más que los escritores (Mann, Goethe), le acompañarían para siempre y serían fundamentales en su obra los músicos: Bach y Bruckner, ante todo.

Tras trazar un recorrido por historias, vivencias y escritos del autor de Recorrer esta distancia, y, más sucintamente del músico rumano, y tras engarzar paralelismos en sus improntas y obras, advierte que ambos estuvieron al mismo tiempo en Berlín en 1939. Y especula: “¿Se habrán cruzado ante el semáforo de Potsdamer Platz? ¿Se habrán vislumbrado por un segundo en Unter den Linden? ¿Habrán coincidido en un concierto de Furtwangler en el Titania Palast? ¿Se habrán reconocido sin saber quiénes eran?”. (41)

Hay que leer a Saenz como si leyésemos / escuchásemos una partitura / sinfonía de Bruckner: más lento, paladeando, sentipensando cada momento. 

Joao Cabral de Melo Neto, el niño lector del ingenio

Políglota, lector voraz. Renacentista. Poeta. Escribía, ante todo, sobre sus lecturas; o, más bien, en sus escritos no podía dejar de lado su mente crítica y creativa; era un lector total que concebía la vida-literatura-escritura como una máquina o, mejor, un juego que resolver.

“A Cabral le habría encantado conocer Potosí. Él, que hacía poemas-máquinas para entender cómo funcionan los poemas máquinas, habría estado fascinado de imaginar esa ciudad hecha de ingenios, surcada de engranajes, fuelles, molinos, ruedas, alimentada por catorce lagunas artificiales. Habría intentado revivir los artificios mecánicos recitando como fórmulas mágicas otras máquinas perfectas: los poemas del gran hacedor Góngora”. (59)

Cuando las panteras leen: Clarice Lispector

Clarice descubrió una nueva forma de leer: dejar que sea el libro el que la lea a ella.

“Cuando las panteras leen, se miran unas a otras queriendo descifrarse, descifrar el mundo, descifrar la vida (…) No es fácil leer de verdad. Leer es mirar un libro a los ojos. Leer es permitir que un libro te mire a los ojos”. (61)

Una tradición propia

La universalidad de la literatura. En este texto Valverde explica su libro y más: sus búsquedas y motivaciones como lector y poeta.

“Cada escritor va forjando su propia tradición, su propio país literario, a golpe de lecturas. La curiosidad y la intuición van creando ese Imperio Literario que es el bagaje de cada creador. Guiado por su curiosidad el escritor agranda ese imperio privado que no tiene más límite que el horizonte” (72), afirma y cita tanto a Cortázar como a Rubén Darío, Jaimes Freyre y el propio Saenz, pero sobre todo a Jesús Urzagasti, si hay algún buen paradigma ontológico hombre/escritor.

¿Les dicen algo estos breves párrafos? ¿Algún guiño sobre un libro hace mucho o hace poco leído, tal vez? ¿Alguna intuición o especie de deja vu, quizás? ¿O más bien, una extrañeza o, simplemente, nada de nada?

Esa es la idea de estas líneas: propiciar una conversación más amplia, una convergencia con nuestras propias referencias y referentes: entiéndase libros-escritores-lecturas. Y que así se cumpla el círculo.

«Para alguna vez cuando oscurece», poemario de Benjamín Chávez

Edwin Guzmán Ortiz

Un conocido apotegma de la lingüística reza que el contexto define el texto. Y es lo que precisamente consideró en la parte prologal del libro, nuestro caro amigo, Cachín Antezana. Entre no pocas precisiones y echando mano  al  recurso del atajo, deja entrever la diversidad de preocupaciones, recurrencias y escrituras que forman parte de la obra de Benjamín Chávez. En efecto, más que simplemente el cultivo de una población heterogénea de discursos y de obsesiones, se manifiesta un desdoblamiento simultáneo de escrituras que buscan representar y escudriñar el mundo. Poética, narrativa, ensayística, etnológica y testimonial, su palabra, se abre a través de diferentes formas de escritura, y desde una preocupación múltiple, a esa vocación por develar las cosas del mundo.

Bajo la misma concepción plural, en su reciente poemario de Benjamín, Para alguna vez cuando oscurece (Editorial La Mariposa Mundial /Plural Editores-2022) el mundo se abre a la manera de un caleidoscopio, donde lugares y circunstancias dan cabida a una experiencia creativa de alta intensidad poética. Si es posible identificar una matriz fundamental en este poemario es la experiencia del viaje, esta permite que se habite tiempos y espacios disímiles.

Para el poeta, el mundo es un espacio abierto, un lugar para ser transitado y habitado, simultáneamente. Así, de pronto – en la “Caja Versalita” se yergue el taller, como espacio creativo; la movida de la escritura que inquiere, sobre el planeta de la mesa, grabados, papeles, cartografías, en medio de una ritualidad que conjuga el eco subrepticio del mundo a través de una escritura vital que se abre al deseo. Leer/ escribir, modulaciones del viaje sobre el territorio de la lengua. En un primer momento se inquiere el hondo periplo de la escritura, las posibles rutas del poema y la cabilación que se desprende de las intensas faenas sobre la página. De ahí es que esta experiencia abra en el tiempo circunstancias donde el oficio va desde los modos íntimos de la creatividad, hasta la eclosión de una escritura que avanza impertérrita abriéndose a los cuatro vientos. Camino del oficio y desafío sobre la cuerda floja de la escritura.  

Desde esa fusión, entre la cavilación, la circunstancia, la visión  y la lucidez, dice el poema:

“Escribo lentamente frente a la luminosidad de la pantalla

hay sobre la mesa una copa de agua y un cenicero

Las teclas aguardan, no el caer, un posarse apenas

De la yema de los dedos

(Ese flujo de las letras y ese recóndito allá que es toda escritura)

La lectura como viaje, el viaje a sí mismo, el viaje dentro el propio lenguaje y el recorrido por habitaciones, paisajes, caminos, carreteras, ciudades y, ¡cuándo no!, el viaje por los vericuetos de la memoria.

Sin dejar de lado ese universo creativo, en la segunda parte del libro, “Opúsculos sobre un país realmente mejor”, Benjamín Chávez, opta por otra forma del viaje, se multiplican los espacios: y el espacio se expande aterrizando en tiempos del viejo historiador, Herodoto, hojeando un atlas, o en tiempos de la colonia, con Ludovico Bertonio conversando sobre cosas de indios con Bernabé Cobo. Los poemas atraviesan los umbrales del tiempo. Y así cabila el poeta frente a un abeto y la nieve en Tartu, o sobrevuela el encuentro entre Heidegger y Celán que terminó pariendo un poema para bien de la literatura, o, acaso, algo más íntimo como las erógenas formas segregadas por el lienzo, en medio de una conversación con Raúl Lara.   

Poemas que se apoyan en el testimonio de textos que iluminan el lenguaje, asaz, cifrado del poema. En efecto, Benjamín nos recuerda que detrás de cada poema hay un mundo, un tiempo y circunstancias que soplan fragmentos de la memoria, entre metáforas y alegorías. Un mundo, no menos intenso, de lecturas y autores que hablan desde algún lugar del recuerdo y cavilan, y piensan sin ambajes pedazos de la realidad. De este modo, a la manera de un diario, un doble registro se abre y el poema deviene del testimonio y, al mismo tiempo, lo consagra, fijando acontecimientos con nombre apellido, lugar y fecha. Habitáculos, lecturas, personajes que son, un poco de vida, y lucubraciones lugares, tiempos, y la memoria como periplo que resignifica el paso del tiempo. De la finca de Cotochullpa en Oruro a una cálida noche en la Amazonía. Viajes autobiográficos contenidos por las redes ambivalentes de lo memorable. Espacios que se prolongan en la densidad reflexiva de la interrogación y la conjetura. Acaso, incluso, del derrumbe cotidiano, leemos en un poema:

“Isla íntima y privada

privada del olvido de las batallas

 tierra negra del destierro

consuelo de la última copa de vino”

Y de la blanca bóveda de Ostuni al peinado por los barrios de La Habana, o las aguas mecidas por la corriente e Humboldt, se abren poemas que poseen una historia, que retratan un tiempo que cuaja en la memoria. Y “aquí a lo lejos”, poemas evocados, música de fondo, alegorías y pasos, pinturas y museos y arquitectura que atraviesa el poeta, tornándolos imperecederos. Paseo baudeleriano por lugares, que bajo la impronta del poema, se tornan espejos jadeantes del tiempo transcurrido.

En la tercera parte del poemario: “Para alguna vez, cuando oscurece”, los poemas sin dejar de viajar mundos sucesivos, rondan una atmósfera más personal. Periplos por la intimidad, el aura acariciado por Caravaggio o Fra Angélico – por supuesto que hay artistas y obras que más allá de los museos habitan entrañablemente el anhelante yo- y son en nosotros con nosotros. 

Lluvia antediluviana, mano leída y escribiente, los misteriosos actos del Yatiri en medio de hojas de coca arrojadas al azar para una “Lectura vegetal, lana, rezos, alcohol y esa/ rara cosa llamada fe”, y al reverso de esa postal de infatigable errancia, leemos “ Acaso eso sea todo/ tibieza y canción de cuna oída apenas/ en medio de vías desiertas y paisajes olvidados/ hasta el final/ —por muy lejos que creamos haber llegado/ como un susurro que adormece”

Benjamín trabaja sugerentemente su escritura, su poesía ostenta una fina vena vinculada al rigor clasicista pero, alternativamente, se enfrenta a decir el mundo de un modo renovado: acordes alusivos, paréntesis, acoplamientos, traslapamientos semánticos, reinvención de las formas, alquimia verbal, metonimia del asombro, tallando una poesía borboteante y culta, de cara a este tiempo. Su palabra nos transmite la experiencia del tránsito, el valor del encuentro, el albur de tejer lo memorable, también nos convoca a compartir el fuego de la contemplación y la revelación poéticas. Desde su palabra, Chávez nos transmite las resonancias del mundo, la inmersión extraterritorial que trasciende las fronteras. Errar, otra forma de habitar este mundo ancho y ajeno. 

Así el vasto recorrido del viaje, lejos de toda forma de exilio o extravío, es un reencuentro con el otro, y con el propio yo que anhela – desde la intimidad que late al unísono con la luz del medio día, o desde el otro lado del poema- la trascendencia y la experiencia del tránsito. “Soy el eterno discípulo que el maestro ignora”, escribe.

La escritura de Benjamin Chávez, en Para alguna vez cuando oscurece, es hálito que abraza el mundo, y más que la soberana gesta del triunfo del poema sobre la usura y la obsolescencia, es sin duda un acto de fe.

Apuntes a propósito de «Los Viernes Santos», de Silvio Mignano 1

Cergio Prudencio

UNO. Me deja una impresión de bitácora. Cada poema testimonia lugares o circunstancias, que juntos configuran un recorrido, un tránsito, un devenir de doble dirección: primero, hacia territorios, países, ciudades o campos del ancho mundo material; y luego, hacia ámbitos de la interioridad subjetiva o inmaterial de quien escribe. La ubicación en el espacio, de cualquier naturaleza o carácter, es una constante escritural, por lo que la lectura lleva al lector de un lugar a otro junto con el navegante-poeta que va de aquí para allá, y de allá para más allá, etc., deteniéndose a veces en pequeños recintos de la cotidianidad, a veces en vastas geografías. Y de cada estación deja una constancia.

DOS. En Los viernes santos, el rango poético (por así llamarlo) es siempre una consecuencia de procesos literarios. Me explico: de manera general encontramos un lenguaje fuertemente narrativo, o – más bien – descriptivo. La escritura se detiene en detalles, ya sea ambientes, o personas/personajes, o cosas, o arquitecturas, con las cuales el cronista-poeta entabla una relación, un vínculo, y hasta una atadura. Consolidado este recurso, (casi) siempre luego lo abre mediante quiebres o disgregaciones de la realidad concreta. Es en este punto donde lo que llamo “rango poético” se manifiesta como una revelación inmanente o intrínseca a las objetivaciones descritas, subjetivizando extraordinariamente el lenguaje.

Los Viernes Santos

Sobre el mar, hacia el promontorio,

hay una luna llena que, en Gaeta,

transforma en cobre el agua negra

y recorta la fronda a los pinos

como vagos gigantes adelgazados.
Adentro, en la sala de mi madre,
la luz azulada de la televisión
transmite la misma luna en Roma
sobre el Coliseo, en la Via Crucis,
entre las multitudes que escuchan en silencio

las palabras de algunas mujeres en negro.

Ignoro si haya luna llena

en el barrio de Obrajes, esta noche:

sé que habrá hombres que llevan

trapecios de madera y rosas, y velas,

cuerpos del Hijo y lágrimas de Madre,

y en un rincón, del lado oeste,

faltaré yo, no estaré mirando,

no tendré miedo de que se vuelque

el peso que me grava sobre el corazón.2

TRES. Los viernes santos podría ser también un diario íntimo, que toma la observación como método. Observar, más allá de describir, aquí es atender y conectarse con las cosas que ocurren por rutina o por azar, en el entorno inmediato o en el lugar al que se llega, o por donde se transita impensadamente. Observa lo que observa el escritor, con la acuciosidad de un científico-poeta (si vale el término). Observa, y en el acto de observar se descubre a sí mismo como parte de lo observado.

Al Trionfale

Se consumen –dice la señora en el mercado–

hasta que quedan las fibras y poco más,
y no se entiende si habla de hombres o verduras,

si por allí el arrastrarse de pies y de carritos

alude como fraseo a un tiempo próximo,

cuando todo este espacio será eco vacío.
La florista, sentada con los antebrazos en las rodillas,

afirma que los filósofos todavía no han entendido
y que el pavimento estriado de residuos y aceite
se asemeja a nuestro rostro más que cualquier tratado
:

lo ve –observa– si usted pasa la afeitadora por las mejillas

se lleva tallos de apio y girasoles,
y lo que queda es pura esencia, es su espíritu.
Sin embargo uno no se refleja en el linóleo opaco,
sería muy fácil, como en la tibieza de su baño:
aquí en cambio esta solo consigo mismo, debe flotar
.

CUATRO. La cuarta impresión que me deja la lectura es una consecuencia de la anterior. Veo que, pasado el umbral de descubrimiento propio en el acto de observar hasta observarse, se dispara inmediatamente la imaginación hacia esferas utópicas, irreales o surreales, un campo en expansión que alcanza o aprehende “lo poético” en su dimensión más libertaria. Libertaria en el sentido de eximirse de la lógica o el sentido común, instaurando la abstracción como posibilidad casi única de tocar la verdad. Paradójicamente, es aquí donde inicia Los viernes santos, en la abstracción, con este primer poema:

La obstrucción de los cuerpos sin contenido

Lo que importa no es la fuga de la curva
que impregna todo estado de sombra.
Pero es verdad, es allí que terminamos deglutidos

–o nuestra mirada, en lugar de las piernas–
en aquel pasadizo de espesor cóncavo

rectangular a pesar de ser arqueado:
pero lo que cuenta hoy es el volumen
el paralelepípedo de madera olorosa
doscientos centímetros por cincuenta
la mesa sobre la que comimos todos

el ataúd dentro del que nos deslizaremos

la oscuridad de tierra que hemos soñado.

Sin embargo quizá no es siquiera esto:
es que el diseño se hizo muy bien

las distancias entre las líneas y su trazado
son prueba de la armonía que aún queda
entre el gris y el marrón de la ausencia,
y la inutilidad de los hilos de hierba nos redime.

Es a lo largo del gesto del moverse

zigzagueando en el claro corredor

teniendo que inventar las trayectorias
a través de la obstrucción de los cuerpos
sin contenido que comprendemos la intuición más banal:

la caída de un cuerpo en movimiento vertical.

CINCO. Tomo casi al azar un poema en el que podrían confluir las cuatro coordenadas señaladas previamente.

La posibilidad de una cigarra

Ante el portón, en una calle de doble vía,
en el verano metropolitano asado de sol y asfalto,
me di cuenta (casi amanecía, el tráfico
era todavía una hipótesis dejada a los adivinos)
de que los plátanos sonaban, acompañándome los pasos:

una sonaja susurrante tocada en sibilantes y fricativas

centenares de cigarras escondidas en las ramas a lo alto,

o quizá menos, nunca se puede decir.
Su canto, si es un canto, es algo dúctil
que se adecúa, o adecuamos, a las necesidades:
una y otra vez obsesiva cacofonía casi violenta
martilleo
que se posesiona de los huesos temporales

o quizá una métrica sobre la cual construir

hasta un canto una cantinela loca.
Me embargó el asombro encontrarlas aquí

lejanas de mi jardín meridional

de los acantilados sobre el mar, de los ligustros cálidos:

pensé que tal vez las escuchas tú, en la isla,
que son las mismas, o unidas en alianza,
que intercambian los roles y las partituras

e incluso que escuchamos la misma música.

Aquí, lo audible, lo sonoro entra en protagonismo; espacios alejados se conectan entre sí a través de esa constante sonora. Pero también, de un diálogo con alguien, lo que a su vez constituye una característica de la obra: el otro como interlocutor, que a veces es otro (¿otra?), efectivamente, y frecuentemente sería el poeta mismo, encubierto en tercera persona.

Los viernes santos es una obra que admite diversas lecturas, algunas de las cuales yo apenas apunto aquí, dejando pendientes aspectos estructurales como el sentido de las secciones de la obra, que delimitan perspectivas o campos temáticos; o la cuestión fonética y rítmica, tan difícil de traducir considerando la esencialidad fonética y rítmica del idioma italiano. En fin, será tarea para otra circunstancia, y seguramente, para alguien más versado que yo en cuestiones literarias.

Gracias a Silvio Mignano por traerse a Bolivia de vuelta siguiendo el recorrido que su propia poesía le marca inexorablemente.

1 Palabras de presentación de: Los viernes santos, Silvio Mignano; español-italiano. “Alliteraïon Publishing 2020, Miami, EEUU, en la Feria Internacional del Libro La Paz, 11 de agosto de 2022

2 Todos los resaltados de CP

Once o más latiguillos sobre «El amoroso cultivo…» de Giovanni Bello

Juan Carlos Ramiro Quiroga

“Marx me habló en sueños y me dijo que la lucha de clases continúa”

1. Podría ser gratuito. Podría ser casual. Podría ser planificado. Podría ser un imperativo autobiográfico. El amoroso cultivo de los defectos personales (La Paz, Nuevos Clásicos Editorial, 2020), de Giovanni Bello se juega el pellejo, se ajusta el pelambre y se acomoda el cogollo en el paradigma metonímico que ha generado Antoine de Saint-Exupéry en El Principito. Sobre todo, en eso de las estampas o dibujos, que parecen seguir el principio aquel que fue delineado por Lewis Carrol en Alicia en el país de las maravillas: “-¿Para qué sirve un libro que no tiene ni grabados ni diálogos?- pensaba Alicia”.

2. Aunque en el libro de Bello, poeta y ensayista paceño nacido en 1988, solo es un tic literario o acaso cierta veneración a esa magnífica obra de navegación aérea escrita por un autor francés. Sea como fuere, hay cinco sombreros que anteceden a cada planteamiento poético. Cinco sombreros digo porque precisamente son esas apariencias que vislumbro en esos dibujos. Podrán objetarme lo contrario y habrá grandes razones para hacerlo. Lo único que observo ahí son sombreros de diverso uso o nivel social… A saber, el sombrero de bruja (pág. 15), el sombrero inglés típico de la corte (pág. 23), el sombrero encantado de Hogwarts (pág. 31), el sombrero que recuerda a Dalí un poco, aunque más a Van Gogh (pág. 43), y el sombrero que muestra simpatía con Cinderella (pág. 49). (Podéis verlos aquí: https://symbolscrashingeverywhere.tumblr.com/).

3. Recurrente y con un sutil conocimiento de la anáfora o de la repetición, cada planteamiento poético de “El amoroso cultivo de los defectos personales” interpela directamente a nuestro animal interior, al que hemos dejado olvidado en el fondo de un pozo o fosa común, que a veces despertamos por beber copas demás o por gozar cierto brebaje indigno. En esta educación musical es más importante reconocer nuestro lado salvaje o punk.

4. Todos hemos rodado en esas mazmorras y hemos visto escapar reluciente a nuestro animal interior, cada vez más fuerte, cada vez más cuerdo, cada vez más fascinante y cada vez más afable. El liberado por Bello es como el de Franz Kafka, un animal domesticado. Permítanme decirlo claramente: el amoroso cultivo de los defectos personales. He ahí el método.

5. Sospecho que ese animal descrito por Bello no tiene ninguna cercanía con el ente luminoso del Fausto delineado por Goethe: Mefistófeles quien se hurta a Margarita, sin lograr llevarse el alma de aquel. Ni la tragedia ni el trueque por la eterna juventud motivan el juego verbal en El amoroso cultivo de los defectos personales. No tiene esas caídas morales tan definidas entre el bien y el mal.

6. Quizás el libro de Bello tendrá más familiaridad con la concepción de insectario de ese otro escritor alemán que ha definido a perfección qué somos en realidad en los breves instantes de la existencia, cuando al amanecer abrimos los párpados y nos decimos: he apretado el botón reiniciar. “Al despertarse una mañana Gregorio Samsa, después de un sueño nada reparador, descubrióse a sí mismo convertido, dentro de su propio lecho, en un gigantesco insecto”, dice Franz Kafka en La Metamorfosis.

7. He ahí otra de las claves de lectura de El amoroso cultivo de los defectos personales en las que no voy a profundizar aquí. Solo las voy a anotar. Creo que Bello se interroga cada mañana ante un espejo cuya respuesta casi siempre es un encapsulamiento. Un encerrarse en sí mismo donde no solo la concepción kafkiana se ve fortalecida sino también la concepción tautológica de Lewis Carroll: “Somos animales cautivos en el reflejo de un espejo interno”, dirá Bello tras tratar de escribir un cuento –no un poema– que comience con un dolor de muelas, pero de las muelas del alma. ¿Qué clase de metafísica es esta?

8. Como La Metamorfosis de Kafka, El amoroso cultivo de los defectos personales está escrito bajo un estricto pesimismo, y al parecer no padecería aquella cuarta locura que anotaba Michel Foucault en la Historia de la locura: la melancolía. Estas líneas destacadas por Bello prueban lo que afirmo: “Todo procede conforme al estricto pesimismo de nuestros gendarmes: los animales han renunciado al ejercicio ingenuo de la melancolía”.

9. Desde esa perspectiva, los recursos poéticos que enumera Bello en su libro son otros. No se cultiva en lo estrictamente literario ni en los jardines de algún Museo de Historia Natural. Está en los videoclips, en el cinema, en Patti Smith, en Lichtenberg, en Cioran, en Cristóbal Colón, en Zabriskie Point, en Pascal, en Thomas Hobbes, en Angelus Novus, en Marx, en Kurt Cobain, en Los abuelos de la nada, entre otros. Va a la deriva entre el régimen de turno, el libre mercado y los balcones suicidas. “Nadie nos dijo que éramos juggernautas a la deriva”, dirá el autor de “El amoroso cultivo de los defectos personales”.

10. ¿Qué le decimos a diario a nuestro animal interior? Según Bello, lo tratamos como un espejo adonde expresamos nuestros deseos o imposibilidades personales: “Quisiera enumerar los parques de mi infancia”, “Lo admito, siempre he querido ser un thrasher adolescente sobre una patineta” y “A veces quisiera ser un fanático enceguecido, volver a conocer el mundo a través de las biopics sobre Kurt Cobain”. En otras palabras, El amoroso cultivo de los defectos personales es la constatación de una situación terriblemente real: “Nada nos pertenece a este lado de la pantalla. Tengo la sospecha de que entre la ausencia total y la plenitud absoluta de la presencia hay un prado donde pastan los animales más tristes.”

11. En el estricto lenguaje de Bello todas esas expresiones de deseos que marcan el elan vital de El amoroso cultivo de los defectos personales no son más que “oscilaciones entre la desidia criolla y la metafísica del roquerismo trascendental: así de frágil es la infraestructura de lo cotidiano”.

12. En fin, El amoroso cultivo de los defectos personales también es heredero de la inteligencia poética que plantea maravillosamente T. S. Eliot en La tierra baldía. Giovanni dibuja su fraseología literaria por la que circularía su eficiencia y sustento poético y describe las líneas por las que las lecturas deberían evocar su libro. Exhibe la infraestructura intelectual en la que se fundamentaría el poema. Bello opera como Descartes: Cuestión de método. Cogito ergo poema.