Ödön von Horváth desde Lydia Davis y Mauricio Montiel (y Benjamín Chávez y Oki Vega)

Un libro perdido, una memoria reivindicada y una serie de amenas casualidades (y causalidades) literarias.

Martín Zelaya

Escribe Mauricio Montiel en el pie de página de “Ödön von Horváth sale a caminar”, relato de Lydia Davis incluido en Ciento cincuenta cuentos cortos (Almadía, 2020), antología personal de la escritora estadounidense que el mexicano tradujo:

«Ödön von Horváth (1901-1938) fue un célebre dramaturgo y novelista austrohúngaro que falleció tempranamente cuando la rama de un castaño le cayó encima durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos en París. Los nazis calificaron su obra de “decadente, peligrosa e inmoral”. En México, ediciones Heliópolis tradujo al español en 1995 su extraordinaria novela La era del pez, aparecida originalmente en 1937 bajo el título de Jugend ohne Gott«. (2020: 168)

Debió ser en 2001 o 2002. Benjamín Chávez, ahora director de El Duende me dice: “te cuento que el Oki Vega está rematando los saldos de su librería”. Nunca había podido estar en la célebre Irpa Luraña, así que era mi gran oportunidad. No obstante, andaba bajo de fondos. Tras varias horas de charla y revisión de un par de docenas de cajas, salí con cuatro o cinco libros –los más baratos, entre los que estaba la joya Pasión por la trama de Sergio Pitol– contra una tauca de al menos el triple de mi amigo Benjamín. En el intercambio de paquetes (curiosos y ávidos de libros) en el camino de regreso, recuerdo que al ver el ejemplar de Heliópolis me dijo algo así como “no tengo idea de quién es este cuate”. “Yo tampoco –respondí–, pero era el libro más barato”.

Veinte años o casi se quedó el librito olvidado en anaqueles, resistiendo traslados y mermas de mi sufrida biblioteca. Olvidado. Hasta que hace pocos días, leyendo el libro de Davis –que tiene grandes piezas, aunque no supera como cuentista lo que hace como ensayista–, me quedé en blanco tras leer el apunte de Montiel (de quien recomiendo mucho seguir su cuenta de Twitter @LitPerdida en la que recomienda autores, libros, películas y series con mucha solvencia) y pocos segundos después me vino una casi certeza: “tengo ese libro”. Llegué a casa y, efectivamente, era ese libro.

Antes de ir con “ese libro”, va el microcuento de Davis:

«En una ocasión en que caminaba en los Alpes bávaros, Ödön von Horváth descubrió a cierta distancia del sendero el esqueleto de un hombre. A todas luces el hombre había sido un excursionista, ya que aún llevaba mochila. Von Horváth abrió la mochila, que lucía casi nueva. En su interior encontró un suéter y algunas otras prendas, una pequeña bolsa con lo que alguna vez fue comida, un diario y una postal de los Alpes bávaros lista para ser enviada, en la que se leía: ‘la estoy pasando de maravilla’”[1]. (2020: 168)

La novela

Nunca se sabe el nombre del “Negro”, el maestro que protagoniza y narra en primera persona La era del pez. Los personajes secundarios, todos adolescentes alumnos suyos, son designados solo con iniciales: Z, N, L, R, T…, en lo que resulta el primero de varios guiños y semejanzas a la literatura de Kafka.

La novela se desarrolla en un lugar no identificado de la Europa de entreguerras, aunque queda claro que es en Austria, Hungría u otro país alineado o, de pronto, en la propia Alemania en los albores del nazismo. El profesor ateo, apolítico, aunque de principios y conciencia remarcados, asiste poco a poco a la descomposición social víctima de la propaganda, manipulación y sometimiento total de un régimen fascista.

El maestro se gana el rechazo general de su clase cuando afirma que “los negros son también humanos” y desde ahí se suceden una serie de momentos a cuál más peculiares que terminan (no es spoiler) en el purgatorio del héroe-antihéroe, a tono con muchas piezas clásicas de la narrativa de la primera mitad del siglo pasado.

El breve pero intenso libro –se cuenta mucho en pocas páginas, a contramano, esta vez, de lo acostumbrado en la época– tiene su cenit en un campamento de instrucción militar donde el profe asiste al entusiasmo de los chicos por los juegos de guerra, a intrigas entre rivales, a escenas de iniciación sexual y, finalmente, a un homicidio en el que juega un papel indirecto por inacción.

Dos personajes casi marginales dan un par de claves cruciales de la trama. Un ebrio le da al maestro la premonición que le perseguirá en los días que marcarán su destino. “La tierra está entrando en la zona de Piscis, o sea del pez. Las almas de los hombres, amigo mío, se pondrán tan rígidas como la cara de un pez” (1995: 31). Poco después, un cura bastante progresista y amante del vino, pronuncia otra frase decisiva para el desenlace de la encrucijada moral y mental del protagonista: “Dios es lo más terrible que hay en el mundo” (1995: 59).

Von Horváth escribe en un estilo que claramente bebe de la dramaturgia –que era su verdadera vocación: escribió 18 piezas teatrales enmarcadas en lo melodramático o, lo que ahora llamamos “teatro popular”– y el periodismo: hay muchos momentos que adelantan una estructura y diseño narrativo que décadas después se vio recién en la crónica del Nuevo Periodismo de Capote y Wolfe.

Si en lo formal, entonces, el autor austrohúngaro se asemeja y adelanta a A sangre fría –ojo, en el modo de narrar, que no en la descomunal investigación de Capote–, en el diseño de personajes y tramas, retoma improntas muy vigentes en su época. Es inevitable el nexo con El proceso de Kafka y, de pronto, El lobo estepario, de Hesse.

La crisis existencial, por un lado: remordimientos, alucinaciones y epifanías espirituales. La debacle moral o psicológica aún supeditada a un entorno social, a un compromiso cuya transgresión podía tener serias consecuencias ya no solo individuales éticas, sino sociales punitivas. Indudable dejo de Hesse.

Por otro lado, aunque lo ligan a la célebre novela de Kafka el rollo burocrático y judicial de la parte final de la novela, la omnipresencia no explícita de un poder tan corrompido como incuestionable y hasta el uso de iniciales –Von Horváth se cuida de no incluir a ningún K entre los estudiantes–, a diferencia de El proceso, sí se sabe el “crimen” del héroe-antihéroe, su procesamiento no es absurdo ni surreal y su final no es desolador. Si bien las obras comparten la certeza de que todavía no llegó el momento del cambio, el checo opta por un protagonista inmolado y el austrohúngaro por uno evadido; evadido no ya del régimen, sino del destino esquivo: vale decir que a él no le afecta y hasta de pronto le satisface su condición de lumpen.

Von Horváth sorprende –otro rasgo de “adelantado”– al transgredir ciertos límites de su tiempo, al mantener incólume el ateísmo y nihilismo del profesor, que se sobrepone a los devaneos y debilidades de sus momentos más críticos y se apresta, diríase que contento, a cumplir su condena de nuevo paria social: parte a las colonias en África para servir como misionero.

Un apunte final: las estrategias y situaciones que imagina el autor para describir el adoctrinamiento, el odio generalizado y la imposición de la cultura del miedo en la Europa de hace 90 años, son asombrosamente equiparables al accionar que aún hoy utilizan los ultraconservadores.


[1] Eduardo Berti cuenta en su nota “Ödön von Hovárt: un hijo de su tiempo (La Nación, 1 de febrero de 2013): “Los amigos de Horváth recordaban que, en su juventud, este había protagonizado una historia bastante insólita: estaba paseando por los Alpes cuando de súbito se topó con un hombre muerto hacía tantos meses que, más que cadáver, era casi esqueleto. Junto al muerto había, no obstante, un bolso intacto. Horváth lo abrió y halló una tarjeta postal: ‘Estoy pasándola muy bien’, rezaba o algo semejante. Los amigos quisieron saber qué había hecho con la postal. ‘Fui al correo –les explicó– y la despaché. ¿Qué otra cosa podía hacer?’”.

Los manjares compartidos de la literatura

Una lectura de un libro de lecturas. A propósito de Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022) de Diego Valverde Villena

Martín Zelaya Sánchez

Clarice Lispector, una pantera que devora conocimiento, experiencias y refleja luz. Jaime Saenz, propiciador de un Aleph propio –hecho de libros, discos, maquinitas, antigüedades y cábalas– que se traduce luego en sus incomparables páginas. Octavio Paz, gestor de encuentros y re-conocimientos.

Libro sobre lecturas y lectores. Y también sobre escritores. Algunos dirán que este tipo de textos –permítanme ligarlo sobre todo con Sergio Pitol, pero también con Monterroso y algo de Magris y Vila-Matas– son solo de interés de académicos y literatos. Falso. Libros como Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022), de Diego Valverde Villena, son un regalo para todo buen lector; entiéndase de aquel que disfruta de hallar y aprehender nuevas formas de leer.

Valverde agarra sus lecturas, intereses y estados de ánimos de un momento específico –y del todo general también– y los vacía en estos textos, que no son sino momentos, guiños e ilaciones de su bagaje. Pero, además, dialoga con sus lectores y sus lecturas. Es un facilitador de experiencias, descubrimientos y redescubrimientos. Es, entonces, un disfrute leerlo e interactuar con sus propuestas, desde momentos, lecturas y bagajes comunes.

“Siguiendo al padre Montaigne –sostiene en el prólogo– intento no hacer nada sin alegría: todos estos ensayos son hijos de lecturas epicúreas. Nacen espontáneamente del gesto de convidar los manjares de una mesa, que se vuelven irreales si no son compartidos”. (10)

Un capiango en Sicilia: Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Leopardos-felinos-Lampedusa. La relación entre libros y comida, el amor por ambos. Y las pasiones, queda claro, del autor de la soberbia El Gatopardo.

“Para un felino de los libros, la lectura y la comida son dos variantes del alimento. Y ambas actividades se disfrutan con el mismo placer sensual. No ha de extrañar, pues, que Lampedusa, al clasificar a los escritores, los divida en dos tipos de características tan significativas como grassi, “gruesos” y magri, “delgados”. (13)

Sobre un poema de Álvaro Mutis encallado en algún lugar entre Cartagena y Antioquia

Un poema desechado y olvidado por su propio autor, tiene aún mucho por dar. A veces una (buena) explicación de la poesía, vale. Por más que se diga que esta debe sentirse, no racionalizarse. Y por más que, generalmente, acercarse y disfrutar la poesía debe ser una labor individual.

En sus pesquisas bibliófilas, Valverde dio con “N. N. Baronet se rehúsa a morir en Cartagena de Indias”, un poema desconocido de Mutis en un libro de poca circulación y nunca más recogido en su obra “oficial”.

¿Cómo pudo habérsele escapado una pieza de uno de sus grandes referentes a un ubicuo lector y escudriñador como es él? Tras un detenido análisis y conjeturas, concluye que “los colores del navío ‘N. N. Baronet…’ son tenues. El óxido los ha trabajado hasta conferirles unos matices muy sutiles, que casi se confunden con el viento marino. A veces el poema puede parecer un espejismo. Por eso ha pasado desapercibido tantos años, esperando su avistamiento”. (22)

Octavio Paz, cosmógrafo

Paz como descubridor / canalizador de libros y autores. Crítico innato sin ser esta nunca su vocación o intención.

“Octavio Paz, ¿un poeta ensayista o un ensayista poeta?”, escribe Valverde para abrir el texto. Y poco después resuelve que “…es el Paz lector, del que nace todo” (23). Tras rememorar una serie de historias y anécdotas “literarias” en torno al Nobel mexicano: encuentros, desencuentros con escritores, artistas; lazos y descubrimientos propiciados; incursiones y recomendaciones, nos convence de que “…Paz reivindica ese oficio de lector-puente, de lector-zahorí, de lector que abre caminos y recupera sendas. Un oficio que solo un creador puede realizar a la perfección”. (27)

Intersección Bruckner: Jaime Saenz se encuentra con Sergiu Celibidache

Saenz escribía –concebía, creaba– en estrecha relación con su entorno inmediato, sus cuartos que casi no variaban de casa en casa; sus mesas, fotos, relojes, porcelanas y mil cachivaches.

Germanófilo acabado, pronto descubrió que más que los escritores (Mann, Goethe), le acompañarían para siempre y serían fundamentales en su obra los músicos: Bach y Bruckner, ante todo.

Tras trazar un recorrido por historias, vivencias y escritos del autor de Recorrer esta distancia, y, más sucintamente del músico rumano, y tras engarzar paralelismos en sus improntas y obras, advierte que ambos estuvieron al mismo tiempo en Berlín en 1939. Y especula: “¿Se habrán cruzado ante el semáforo de Potsdamer Platz? ¿Se habrán vislumbrado por un segundo en Unter den Linden? ¿Habrán coincidido en un concierto de Furtwangler en el Titania Palast? ¿Se habrán reconocido sin saber quiénes eran?”. (41)

Hay que leer a Saenz como si leyésemos / escuchásemos una partitura / sinfonía de Bruckner: más lento, paladeando, sentipensando cada momento. 

Joao Cabral de Melo Neto, el niño lector del ingenio

Políglota, lector voraz. Renacentista. Poeta. Escribía, ante todo, sobre sus lecturas; o, más bien, en sus escritos no podía dejar de lado su mente crítica y creativa; era un lector total que concebía la vida-literatura-escritura como una máquina o, mejor, un juego que resolver.

“A Cabral le habría encantado conocer Potosí. Él, que hacía poemas-máquinas para entender cómo funcionan los poemas máquinas, habría estado fascinado de imaginar esa ciudad hecha de ingenios, surcada de engranajes, fuelles, molinos, ruedas, alimentada por catorce lagunas artificiales. Habría intentado revivir los artificios mecánicos recitando como fórmulas mágicas otras máquinas perfectas: los poemas del gran hacedor Góngora”. (59)

Cuando las panteras leen: Clarice Lispector

Clarice descubrió una nueva forma de leer: dejar que sea el libro el que la lea a ella.

“Cuando las panteras leen, se miran unas a otras queriendo descifrarse, descifrar el mundo, descifrar la vida (…) No es fácil leer de verdad. Leer es mirar un libro a los ojos. Leer es permitir que un libro te mire a los ojos”. (61)

Una tradición propia

La universalidad de la literatura. En este texto Valverde explica su libro y más: sus búsquedas y motivaciones como lector y poeta.

“Cada escritor va forjando su propia tradición, su propio país literario, a golpe de lecturas. La curiosidad y la intuición van creando ese Imperio Literario que es el bagaje de cada creador. Guiado por su curiosidad el escritor agranda ese imperio privado que no tiene más límite que el horizonte” (72), afirma y cita tanto a Cortázar como a Rubén Darío, Jaimes Freyre y el propio Saenz, pero sobre todo a Jesús Urzagasti, si hay algún buen paradigma ontológico hombre/escritor.

¿Les dicen algo estos breves párrafos? ¿Algún guiño sobre un libro hace mucho o hace poco leído, tal vez? ¿Alguna intuición o especie de deja vu, quizás? ¿O más bien, una extrañeza o, simplemente, nada de nada?

Esa es la idea de estas líneas: propiciar una conversación más amplia, una convergencia con nuestras propias referencias y referentes: entiéndase libros-escritores-lecturas. Y que así se cumpla el círculo.

Las facetas y registros periodísticos de Sotomayor

Fragmento de un texto leído el 20 de mayo en el coloquio “Los periodismos de Ismael Sotomayor”, organizado por la Carrera de Literatura de la UMSA.

Martín Zelaya

En el artículo “Anecdotario de una visión”, publicado en su columna “Letra sincrónica” del suplemento literario Letra Siete del 28 de marzo de 2015, Alan Castro cuenta una de las célebres apariciones o facetas de Ismael Sotomayor.

«En el capítulo 4 de Vidas y muertes [de Jaime Saenz] se habla de una fantástica biblioteca en miniatura. Juan José Lillo (personaje basado en Ismael Sotomayor) tiene miles de libros, pero se ve obligado a miniaturizarlos porque ya no caben en su cuarto. La dueña de casa toma cada vez más espacio para construir nuevos cuartos en alquiler. Entonces Lillo se ve obligado a miniaturizar imponentes volúmenes que quedan “reducidos a una dimensión de diez milímetros de alto por cinco de ancho”. Sin embargo, no habiendo un microscopio lo suficientemente poderoso, el problema de aquellos libros es leerlos».

Qué mejor que hacer referencia a una columna de periódico, como la entrañable Letra Sincrónica de Alan, para entrar a hablar de Sotomayor cronista.

En el marco del proyecto Prosa Boliviana se acaba de publicar el libro en dos volúmenes Ismael Sotomayor. Artículos en El Diario 1929-1952: una destacable labor que consistió en ubicar, registrar, escanear, transcribir, clasificar y editar decenas de textos. Ana Rebeca Prada quien guio este trabajo, señala: “Sotomayor fue nuestro más grande tradicionista paceño, pero su obra es mucho más extensa y diversa. Este libro nos permite descubrir al historiador, al profundo conocedor de la diversa cultura paceña, al lector, así como al escritor que se animó a publicar algunos poemas en prosa, algunos cuentos fantásticos, pero que dejó que su veta histórica predominara”.

Proponemos, en ese marco, un repaso a las diferentes dimensiones escriturales-periodísticas del autor de Añejerías paceñas, reflejadas en los dos citados volúmenes.

Sotomayor historiador y “biógrafo”

Es unánimemente calificado como historiador, tradicionalista, archivista, columnista, pero Sotomayor era también un gran lector. Un explorador y curioso inveterado de toda producción cultural artística. Y, por supuesto, un coleccionista de figuras favoritas sobre las que no dudaba en trazar semblanzas.

En su texto “D. Emeterio Villamil de Rada” rescata, en 1941, el perfil que, hasta ahora, 80 años después, es el más difundido del autor de La lengua de Adán.

«Villamil de Rada, “loco de ejemplar cordura”, vino a este mundo egoísta el año ya lejano de 1804. Batalló denodadamente en sus correrías por Europa y Oceanía contra su propio destino y, principalmente, contra la absoluta incomprensión de las castas doctas de su época; luchó y triunfó de manera singular». (2002: 115, Vol I)

Destaquemos también, de su más extenso perfil de Gabriel René Moreno, un párrafo que curiosamente en 80 años, sigue vigente:

Por ello, saborear el summum del pensamiento de este escritor no pocas veces suele estribar hoy en dificultades mil, teniendo en cuenta lo raro que se hace dar con sus volúmenes, ora por el tiempo transcurrido desde su aparición, ora por la elevada cotización que ellos han llegado a obtener en los centros bibliográficos de indiscutible mérito, en el exterior. (2022: 234. Vol. I)

Archivista, costumbrista

Escrita en 1929, en el mismo tono de las Añejerías paceñas, pero situada en Cochabamba, “Pecadillos que condenan” es una muestra modelo del Sotomayor que más trascendió, el tradicionalista. La faceta que más caló, bien lo sabemos ahora, no porque haya sido la mejor o la más explorada, sino porque su único libro conocido ahondó en ella.

«Había en Cochabamba, en bienaventurados tiempos, un monumental convento, un frailecito de caperuz y una apuesta dama, lista a vestir santos y fabricar escapularios. Tan bellos dotes fueron pretexto de muy cotidianas visitillas recíprocas entre partes interesadas. Tiempo vino y tiempo fue en que, sin decir oste ni moste, se supo que la bella había entregado sus pesos de a ocho reales a los pobres de un asilo y que, al fin del Ave María, su ánima estaba en el otro mundo». (2022: 295. Vol. I)

Y también hay uno que otro texto que se le escapó de las Añejerías…, como este de 1937 que se llama “Tradiciones paceñas. Una de tantas –escribas y mequetrefes” y empieza así:

«Cuenta la tradición, aunque con muchos ribetes de sabor y matiz historiológico, que los paceños de antaño fueron hombres de voraz enjundia y varones de pelo en pecho cuando de salir al frente de la honra del terruño se trataba». (2022: 325. Vol. I)

Lector, reseñista

Siempre al tanto de la producción nacional, entre los años 30 y 40, según se desprende de sus artículos, se decantó también bastante por autores ecuatorianos, clásicos españoles y prácticamente todo lo que le caía en mano, a punto de ofrecer un tributo entre inocente y conmovedor a los libros en su texto “Manías y lecturas de bibliófilos impenitentes”:

«El libro es muy difícil de poder ser definido porque representa y tiene un valor que varía según el individuo que lo posea, lo analice o lo busque; pero en lo que se está de acuerdo es en que ha vencido en todas las pruebas: las criaturas simpatizan con el libro, lo aman y lo buscan, y hasta los que se encuentran reacios olvidan que es el influjo del libro quien los gobierna, los instruye, los cura, los premia, los castiga, los estimula y los orienta en forma segura y en absoluto desinteresada; siendo así que hasta los buenos cocineros buscan en los libros de arte culinario lo que necesitan para el aliño que diestramente logran hacer sobre manjares con que solemos regalar al paladar». (2022: 50. Vol II)

En 1936, con el pseudónimo de Jaime Cruz, publicó en El Diario “Un valioso libro del año 1637”, en el que hace eco de su apasionamiento, casi fetichista, que con seguridad no pocos acá compartimos, por acumular joyas bibliográficas:

«Debo a coincidencia feliz haber obtenido, poco ha, un ejemplar muy bien conservado y tratado de la obra básica y siempre de actualidad que versa acerca del beneficio de los metales y cuyo tema desenvuelto con sencillez y erudición al través de las ciento veinte y seis páginas de que consta el librejo, en pergamino, incluyéndose las respectivas sumas de privilegio, tasa, aprobaciones, índice (…) Es un incunable potosino en que, fuera de la materia misma que se desarrolla en él, tiene también exquisitas digresiones respecto a la ubicación de índole geográfica de los muchos yacimientos mineralógicos de la región en la época en que apareciera el libro del cura doctor Álvaro Alonso Barba». (2022: 283. Vol. II)

Sotomayor columnista

El periodista columnista, bebía también del historiador. Como pasa incluso ahora –en momentos de seria crisis, o al menos de cuestionamientos en este oficio, avasallado por las redes sociales–, Sotomayor no desperdiciaba aniversario, referencia histórica o cualquier buen pretexto para sacar a relucir sus conocimientos y hacer uso de su archivo.

El 6 de marzo de 1945 publicó su texto “Inauguración oficial de El Prado”, en el que relata al detalle lo sucedido el 6 de marzo de 1715:

«Y el estreno del paseo conocido aún hasta el presente con el nombre de El Prado, designación impuesta seguramente a la manera y en pensamiento evocativo de El Prado de Madrid, tuvo los máximos alcances de una solemne fiesta social, militar, administrativa y, en una palabra, oficial. La víspera del acontecimiento, los hermosos jardines de la Alameda, por entonces, aún principio floreciente de inicial aspecto por las plantaciones de eucaliptos, álamos, quishuaras, sauces y otros árboles ornamentales, habían atraído la atención y la concurrencia de parte de toda la flor y nata de la ciudad». (2022: 205. Vol II)

Sotomayor ficcionalizador

No le fueron ajenos tampoco algunos intentos de prosa poética y soliloquios o narraciones de índole ficcional, pero siempre con un sustento en las tradiciones, leyendas o facetas históricas. Un ejemplo es “Espejo de vida”, publicada en 1940 con el pseudónimo de Juan Cruz:

«En un mágico espejito que las sombras del destino circundan a su marco áureo, me entretengo contemplando el desfile de mis días y soy así, el espectador impasible y estoico de mi propia existencia. Los de mi niñez pasan atisbando el panorama espectral en el que imperan los duendes, los brujos y los “cucos” para amedrentar al espíritu crédulo e inocente». (2022: 326. Vol. II)

Libro-lectura-lector. Aproximaciones, conceptos y guiños

A propósito del Día de Libro que se recordó hace tres días, recuperamos algunas citas, definiciones e ideas sobre la cadena libre-lectura-lector, de la pluma de varios reconocidos escritores en lengua hispana.

Martín Zelaya

El 23 de abril se recordó el Día Internacional del Libro. Hace justo 27 años a los señores de la Unesco se les ocurrió institucionalizar esta fecha por una feliz triple coincidencia que, al final, resulta que ni es feliz ni es coincidencia.

En 1616, “ese día”, fallecieron (por eso no es feliz) Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega; ese es el argumento, pero… a fin de cuentas resulta que no. El autor del Quijote murió a últimas horas del 22 y lo enterraron el 23, y el genio creador de Hamlet sí murió el 23 de abril, pero del calendario juliano, que correspondió al 3 de mayo de ese 1616 en el gregoriano; es decir, 10 días después que su par español (por eso no es coincidencia).

Muy aparte de este enredo vale, cómo no, celebrar al libro como objeto o sujeto, como vehículo, canal y mensaje, como impulso y cenit de transformación y evolución. Y claro, de paso a la lectura, el verbo: el acto de leer; el vicio, costumbre, necesidad; el don.

Partiremos con Piglia, promediaremos con Piglia y terminaremos con Piglia. ¿Qué es un lector? Se pregunta el maestro argentino en uno de los capítulos de su celebrado El último lector. “Primera cuestión –se responde–: la lectura es un arte de la microscopia, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física”.

Esto me recuerda a un querido amigo, Edwin Guzmán, que hace ya más de cuatro lustros, cuando era mi profesor en la universidad, dijo que la única manera de escribir bien era, antes, sentarse a leer, leer, leer y leer, y que por eso “para ser buen escritor, hay que tener buenas nalgas”. Y eso me recuerda –también– otra valiosa enseñanza de Jesús Urzagasti: “tienes que trabajar (se refería al oficio de escritor) hasta que te caguen las palomas”.

Sobre la lectura –rebuscando en mi biblioteca– encontré algunas interesantes reflexiones. Dice Javier Marías en el ensayo “Mi libro favorito” de Literatura y fantasma:

«…escribir es, en suma, la forma más perfecta y apasionada de leer, y seguramente por ese motivo los adolescentes, que suelen disponer de tiempo, se toman la molestia de transcribir a veces el poema que tanto les ha gustado: volverlo a escribir es no solo una manera de apropiarse de él, de asumirlo y de suscribirlo, sino también la mejor manera de leerlo, la más cabal, la más alerta, la más segura».

Más de una vez he citado en artículos anteriores este párrafo que el enorme Sergio Pitol escribió en su libro El arte de la fuga:

«…uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuántos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas».

Ya promediando, otra vez Piglia:

«El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es solo una práctica, sino una forma de vida».

Y para ver cómo vamos por casa, hace algunos años, en un texto publicado en LetraSiete y también en ocasión del Día del Libro[1], les pedí un par de párrafos sobre este tema a algunos escritores bolivianos. Liliana Colanzi escribió: “entro a los libros como ladrona… buscando qué saquear. Y Maximiliano Barrientos: “la lectura de ficción es una experiencia tan íntima como el sexo”.

Antes de cerrar lo de leer-lectura y pasar a lo de libro, el otro día, revisando una vieja entrevista que le hice a Eduardo Galeano, vi que después de varias preguntas, le pedí al uruguayo que escriba breves frases de descripción-concepto sobre algunas palabras que le plantee. Esto escribió Galeano a vuelta de correo electrónico:

Lector: “Yo fui muy amigo de Julio Cortázar, pero no coincido con él en aquella definición del ‘lector hembra’, en el sentido de lector pasivo. Primero, porque ahí a Julio se le escapó el machista que todos tenemos adentro, y segundo porque el acto de lectura, cuando es verdadero, es una comunión donde las palabras van y vienen y terminan perteneciendo, también, a quien las recibe”.

Libro: “Cuando el libro vale la pena, está vivo y respira. Uno lo siente respirar cuando lo apoya en la oreja”.

Ya que lo mencionamos, Cortázar dijo: “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”. Y ya que hablamos del Cronopio, por qué no a su gran amigo el Gabo, quien en una entrevista con Darío Arizmendi sostuvo: “los escritores siempre pensamos que el libro es como nosotros pensamos que debe ser y no como piensan los otros que debe ser”.

Dos más antes de cerrar. El cochabambino Rodrigo Hasbún describe: “libros: artefactos peligrosos, maquinitas misteriosas” y el gran Augusto Monterroso en “El autor ante su obra” de su libro La vaca: “en los últimos años, un libro mío recién publicado que se desliza de mis manos en la alta noche, es lo único que se ha interpuesto entre mi mujer y yo”.

Prometí cerrar con Ricardo Piglia:

«La pregunta ¿qué es un lector? es, en definitiva, ‘La’ pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta –para beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales– es un relato: inquietante, singular y siempre distinto».


[1] Debo confesar acá, en letras pequeñas, que buena parte de este texto lo cociné o autoplagié de aquel mentado artículo original.

El Chaco, imagen y movimiento perpetuos en un país que se repite

Una conversación con Diego Mondaca, a propósito de la proyección de su película Chaco (2020) en el Festival de Cine Diablo de Oro de Oruro, permite volver sobre los constantes tópicos y repercusiones de este episodio de la historia, crucial no solo en el pensamiento e identidad, sino en la creatividad y el arte bolivianos.

Fotograma de la película Chaco: Fotografías (4) Marcos Soto Montpellier.

Martín Zelaya

– Ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos.

– Vino a pelear, cabo, no a hacer amigos.

– No hemos disparado una bala en meses.

– Todos hemos terminado en el mismo pozo.

Cuatro líneas del guion de Chaco (2020) encierran toda la película de Diego Mondaca y la explican lo suficiente. La deriva total, la inconsciencia. La soledad en grupo. El aburrimiento de irse muriendo de a poco. La certeza de esa espantosa condena. Son cuatro respuestas, en diálogos o soliloquios, dispersas a lo largo de los 77 minutos de filme. Pero a la vez, cuatro interrogantes que retratan e interpelan el absurdo total.

Algunas críticas severas al primer largometraje de Mondaca –orureño como el que más– observan que “no hay nada nuevo” en relación a los tan mentados temas de reflexión que dejó el Chaco: el absurdo de la guerra, la lucha contra uno mismo, la sed, la locura, la estupidez del hombre… Como si hubiera algo nuevo por descubrir a 90 años de la contienda entre Bolivia y Paraguay. Como si a estas alturas de la historia, de la humanidad, los creadores pudieran aún dar algo que no sea su creatividad y enfoque, aportes indispensables todavía.

A manera de sinopsis

El cabo Liborio es la mano derecha del capitán, un alemán mercenario que conduce un mermado regimiento por un laberinto seco y asfixiante, encerrado en sí mismo.

Casi bastaría decir eso. En este cuadro –es tentador comparar el filme con una pintura– hay dolor, incertidumbre, intrigas, traiciones, pero sobre todo angustia y desesperación.

Pero Chaco, es bastante más. Es un camino interminable hacia la nada. Es una suerte de road movie en la que siempre hay mucho por delante y nunca nada por qué avanzar. Y en esta propuesta creativa, es fundamental la estética diseñada por el director: la cámara sigue o espera de cerca, es parte de la deriva constante.

¿Cómo, por qué y para qué hacer una película sobre la guerra? Mondaca comparte algunas ideas y experiencias en torno a este premiado filme, a propósito de su reciente proyección en Oruro, en el marco del Festival Diablo de Oro.

Cineasta nato y cinéfilo empedernido, queda claro que Diego, su arte, se mueven a partir de imágenes. “Hay unos relatos de Hilda Mundy que me guiaron un montón. Me quedan esas imágenes de las despedidas en Oruro. Las mujeres despidiendo a niños inocentes y eufóricos. Había ternura –dice Mundy– más allá de la compasión ante esa juventud que se iba a la guerra. La cueca Adiós Oruro del alma, si mal no recuerdo, fue compuesta por un soldado que iba a la guerra”.

– El Chaco generó el mayor movimiento temático, reflexivo, crítico, estético… creativo en Bolivia. Sigue en la mente y memoria… ¿hasta cuándo nos perseguirá esta sombra? ¿Hay que huir de ella o convivir en paz?

– Sí permanece y sigue en movimiento. Me parece que se debe a que aún no hemos resuelto el verdadero problema de esa guerra, tanto en su origen y desarrollo como en sus consecuencias.

Los relatos sobre el Chaco sobreviven como objetos salvados de un incendio, debemos recuperarlos de esa situación de riesgo –de una mala o incompleta interpretación– y producir un conocimiento crítico.

No se trata simplemente de remover el pasado. Se trata de que, al producir nuevas miradas, como busca hacerlo la película, nos preguntemos siempre qué clase de contribución al conocimiento histórico es capaz de aportar nuestro trabajo, y si una imagen bien mirada, una imagen en llamas puede desconcertar y después renovar nuestro lenguaje y, por ende, nuestra manera de pensar.

El Chaco nos perseguirá hasta el momento en que se reescriba y analice la historia desde una mirada que no busque victorias ni hitos, sino más bien una reflexión a profundidad sobre los actos de una sociedad que nos arrastra a la guerra como “solución final” con todas sus consecuencias que retumban y se repiten al parecer eternamente.

Quien mira la película ve y siente esas consecuencias desde su presente, nuestro presente, y eso es lo doloroso. Es necesario entenderlo.

– Creo que esta es una frase fundamental del filme: “ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos”. ¿Qué reflexiones puedes compartir al respecto?

– Ese es un diálogo que marca el destino de todos en el filme. Liborio, de alguna manera ve más claro ese su destino. Siente en el cuerpo y ante ese paisaje todo un extravío que luego vemos que es colectivo, y que deriva en lo inevitable. Quizás por eso también Liborio se la pasa cargando con la muerte (a Jacinto, su compañero).

Ese extravío también es una metáfora del sinsentido, del miedo que se apodera de ellos, sobre todo el miedo al otro, al que no lleva su uniforme. Y todo esto en un inmenso terreno inhóspito donde solo puedes ser o boliviano o paraguayo. Ahí está la escena del encuentro entre los tres soldados extraviados y la pareja weenhayek.

– Son evidentes algunas razones y necesidades de que varios diálogos estén en aymara y quechua. Pero quisiéramos conocerlas de tu voz.

– Son razones políticas y estéticas. Es poner en el centro a la lengua. Narrar desde quechua y aymara es dar voz a toda una juventud a la que se le negó sistemáticamente elevar su relato de la guerra. Son diomas que hasta el día de hoy son pisoteados, negados y arrinconados, condenados a desaparecer. Lenguas estigmatizadas o instrumentalizadas. Al ponerlas en el centro del conflicto de toda la película denotamos una posición política por defender y valorar el cómo se vivía y nombraba el día a día, las cosas y emociones en el Chaco. Acaso no deberíamos preguntarnos al menos cómo nombraban ese paisaje nuevo en su idioma materno, cómo describían su horror y cómo lo habrán trasmitido al regresar.

Con la película buscamos recuperar el valor de la lengua en nuestra historia y su sonoridad en nuestra memoria. Esos jóvenes soldados también aprendieron en el Chaco (y hasta hoy en el servicio militar) que el castellano es una lengua civilizadora y que está encima de todas las otras. La jerga militar (machista, misógina y profundamente racista) impone que la letra entra con sangre o que gritar es autoridad, por ejemplo. Y estas prácticas violentas son las que los jóvenes van reproduciendo luego en sus casas, en sus vidas.

Y con estético, me refiero a algo esencial y fundamental para la armonía en forma y contenido de la propuesta de la película.

En otro momento de la charla, Mondaca comenta: “la película está dedicada a mi abuelo, que fue un soldado en esa guerra. Y ahora su cuerpo está en Oruro, en el mausoleo de los excombatientes. Hace unos años mi madre quiso recuperar sus restos y llevarlos junto a los de mi abuela a Cochabamba. No se puede. No le dejaron. Los restos de los excombatientes son patrimonio nacional”.

A esto es precisamente a lo que se refiere con la necesidad de dejar de mirar al Chaco con enfoques rancios de patriotismo y heroicidad. “Todo esto de mi abuelo es también parte de la ironía y del absurdo de la guerra que nos siguen persiguiendo, que persiguieron a mi abuelo siempre. La guerra no suelta ni sus huesos”.

Todo lo que sucedió en Bolivia entre 2019 y 2020, cuando corría la post producción de la cinta, no hace sino reafirmar esta suerte de leyenda o maldición: el camino del Chaco no se acaba aún. La sombra sigue su acecho. “Era muy loco terminar de editar Chaco al mismo tiempo que nos matábamos en las calles, al mismo tiempo que estallaba un negacionismo brutal. La estrenamos en 2020, en medio de un país rasgado y adolorido. Un país que se repite”.

“No te olvides que Chaco es un espejo sin tiempo en donde, tarde o temprano, terminamos reflejados”, culmina Diego, ya en una conversa personal, a modo de ultimar detalles para el trabajo de estos textos.

El triunfo de la imaginación

Sostiene Diego Mondaca: “al Chaco y a la guerra los hemos tenido que imaginar. De la imaginación (sin nacionalismos, patriotismos o condescendencias) sale la peli. Es mi idea del horror. Una ficción que está en la mesa familiar de muchos de nosotros. Desde ahí hay que verla, conversarla; desde la imaginación de un horror pasado cuya materialidad permanece hoy. Es un poco nuestra shoah”.

La imaginación, concepto clave. No es para nadie novedad que el Chaco es la principal y mayor convergencia temática en expresiones artísticas y culturales en Bolivia. Y que, antes todo, sus razones, contextos y efectos son categorías de análisis y pensamiento histórico, político y sociológico. A pesar de la profusión de escritos, cantos, dramas y expresiones plásticas, son pocas las alusiones que eluden el patrioterismo y patetismo: la oda reivindicativa del derrotado. Estas pocas excepciones son, precisamente, las que sobresalen.

En el capítulo “El arco de la modernidad” de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (PIEB, 2002), Blanca Wiethüchter señala: “el vaciamiento de sentidos que practica Hilda Mundy en Pirotecnia (1936), o el dialogismo frívolo de Rodolfo el descreído (1939) de David Villazón, novela en la que el autor se burla explícitamente desde las notas al pie de página del narrador, constituyen las rupturas que imaginan un mundo en ruinas”. En el mismo texto, continúa: “esa vanguardia quedó ignorada en nuestra historia literaria y mutilada en su impulso por el boom de la Guerra del Chaco, el que otorgó el triunfo, en desmedro de las experimentaciones vanguardistas, a los productores del sentido ‘fondista’”.

Sin querer menoscabar a estos “triunfadores fondistas” (nadie va a poner en duda el valor y calidad de El pozo del Chueco Céspedes o Aluvión de fuego de Oscar Cerruto, por ejemplo), recién en los últimos años se propició la salida a luz de estas obras tan irreverentes como fundamentales sobre el Chaco, que menciona la autora de Asistir al tiempo. Y todo gracias a las reediciones cuidadas y acertadamente prologadas de La Mariposa Mundial. Podríamos agregar una tercera: Chaco, de Luis Toro Ramallo, que forma parte de la Biblioteca Plurinacional editada en 2014 por el Ministerio de Culturas, una colección de ocho libros esenciales de la primera mitad del siglo XX, injusta e inexplicablemente olvidados.

La referida edición de Chaco, viene prologada por Wilmer Urrelo, quien en una de sus reflexiones parecería dialogar con Wiethüchter: “creo que todo esto, tomarse la guerra con esa supuesta superficialidad, hizo que la obra de Villazón fuera condenada al olvido con muchísima intención: es más fácil no prestarle atención a un libro que jode a una generación a atacarlo, pues eso lo haría crecer más”.

Pero incidamos un poco más. En una nota a propósito de la publicación de Rodolfo el descreído, Rodolfo Ortiz, director de La Mariposa Mundial, escribe: “la Guerra del Chaco resuena aquí a través de una estética de la insubstancialidad en la cual la novela abiertamente se reconoce, y no solamente ella, sino fundamentalmente una segunda, la novela de un tal Jorge Santa Cruz (ganador del Premio Gordo de Lotería) que se entrevera dentro de la propia novela de David S. Villazón para narrar con precisión los ‘sucesos’ acaecidos alrededor del, digamos, ‘gran suceso’ llamado Guerra del Chaco”.

Además de historia y testimonio, el Chaco fue vivencia, renovación y parteaguas. Cómo no seguir, entonces, provocando miradas. Además de las letras, entonces, está la música: los nunca del todo bien ponderados boleros de caballería. Y está la imagen. Mondaca lo dice mejor “…y están también esas imágenes y sonidos del Chaco que nunca vimos. Ese horror que, si bien fue relatado en la literatura, pocas veces pasó al cine”.

Bolero de caballería: banda sonora de guerras y muertes

¿A quién no se le eriza la piel al escuchar Terremoto de Sipe Sipe? A Diego Mondaca le pasó cuando la oyó por primera vez de niño. Y se le escapó más de un lagrimón ya de adolescente cuando esas notas despidieron a su abuelo excombatiente.

Cuenta Diego: “el estudio de Jenny Cárdenas (Historia de los boleros de caballería) es potente y muy valioso. Fue muy importante para entender los caminos del bolero de caballería. Vital. Pero también está la “conceptualización del bolero” más allá de un contexto que lo fue transformando y resignificando hasta hoy. En eso don Alberto Villalpando fue fundamental: ¿cómo entender la musicalidad del bolero de caballería?

Al explicar la investigación que desembocó en la publicación de su texto en 2015, Jenny Cárdenas cuenta –en un antiguo diálogo justo a propósito de ese lanzamiento– que estos boleros surgieron en el siglo XIX y que siempre estuvieron indisolublemente ligados a las bandas del Ejército: “la Guerra del Chaco es, entonces, el escenario más propicio –por decirlo de alguna manera– para que ancle, se enraíce en el alma, en la memoria de toda la gente que asistió, como actor directo, o como familia o sociedad en que ocurría esa guerra. Y de allí, siguió acompañando toda confrontación social, inclusive si no había muertos, para significar que estaba sucediendo un hecho de violencia política”.

Entre la conceptualización del bolero de caballería y su innegable ligazón con la guerra y, sobre todo, con la muerte, también está algo que subyace claramente: es una inigualable y poco valorada expresión cultural boliviana, una referencia identitaria de la historia de este país.

Así lo refiere Juan Pablo Piñeiro en su breve texto “La música del umbral”, publicado en 2015 precisamente a raíz del trabajo de Cárdenas: “no es necesario ser un músico eximio para entender enseguida, cuando uno escucha un bolero de caballería, de que se trata de un género musical boliviano, de un género que ha brotado en nuestras tierras. El hilado musical es inconfundible y salta al oído de cualquiera que escuche estas tonadas. El compás andino tejido con la melancolía del metal, une lo magnífico y lo triste como si uniera la vida y la muerte”. Así, la banda sonora de Chaco no omite, claro está, los boleros de caballería, que dialogan y cargan de emotividad un par de escenas de por sí potentes…: la marcha de los desharrapados soldados… esa deriva insustancial, esa espera sin esperanza.

La realidad tiene la culpa

Una lectura del reciente libro de cuentos con el que la escritora paceña Magela Baudoin llegó a ser finalista del premio Ribera del Duero.

Martín Zelaya

Nos detendremos en cinco de los 10 cuentos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021) de Magela Baudoin.

 “Solo vuelo en tu caída”, que abre el libro, es el pantallazo de un momento crucial en la vida de una familia acomodada de La Paz: el shock por la muerte violenta del hijo menor. Es un ejercicio de memoria y nostalgia anticipadas: la conciencia del dolor que espera. Es la terrible constatación de cómo la fatalidad puede a la larga asumirse, pero nunca dejarse atrás: el peso de nuestras pérdidas y tragedias –no queda otra– se va camuflando poco a poco en la cotidianidad.

“Pero en la exageración se cocinaban las leyendas. En la exageración, el don de la memoria. (…) La realidad es vulgar, la mierda realidad tiene la culpa”. (23-24)

Luego viene el relato que da título al libro “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Una mujer huye de la guerra en Siria para encontrar otro rostro de la barbarie y el sufrimiento en Tailandia: la salvaje domesticación de elefantes.

Puestos a hilar fino, la tragedia del mundo, de la humanidad, es omnipresente. Uno puede acostumbrarse a convivir con la muerte de otros hasta casi dejar de percibir la catástrofe de la guerra. De pronto, una experiencia naturalizada para cierta parte del mundo, hace tomar consciencia de que los seres humanos somos especialistas en provocar diversas formas de dolor y angustia no solo a los de su especie, sino a todo ser que tiene la desgracia de cruzarse en su camino. ¿Acaso somos incapaces de perdurar si no es a partir de la destrucción de lo que nos rodea? Esta es una reflexión sobre la degradación del hombre como especie.

“Este mapa dérmico es el testimonio del hombre en la Tierra, dice la mujer en voz baja. Cada cicatriz hecha con saña, cada mutilación, cada quemadura…Tu cuerpo, un pedazo de tierra al sol, añade”. (51)

Saltamos hasta “Mujer fumando en la playa”, en el que una anciana cuenta sus últimos momentos de lucidez. La terrible ráfaga de consciencia y certeza antes del borrón. El momento límite entre estar, aferrarse a la luz, la vida, lo racional e irse para siempre de uno mismo.

¿Es el alzhéimer a fin de cuentas y dentro de su monstruosidad, una antesala anestésica de la muerte? ¿Una posibilidad de “volver” a ráfagas? No deja, de todas maneras, de ser terrible la idea de percatarte que te estás apagando y que poco a poco dejarás de saber, entender, ser.

“…los gritos no caben en el cuerpo, empujan a rodillazos el pecho y terminan saliéndose por el pico”. (64)

“¿Qué vas a hacer ahora, madre?”. Una familia disfuncional: madre drogadicta y promiscua; hijo psicópata, hijo normal, hijo autista. Un crimen violento. La extrema naturalización de la muerte.

El más inverosímil horror normalizado. En cualquier casa de cualquier vecino, puede pasar lo inimaginable.

“Cerré los ojos y pude verlo en la plenitud de su propia carne convertida en hoguera, envuelto en su plumaje rojo, amarillo, púrpura, emergiendo de las llamas, libre y eterno”. (114)

“Ajayu” el último cuento –en la cima junto con el primero– narra la historia de Alicia, una joven en estado catatónico tras el accidente en el que mueren sus papás. La cuida su abuela, la “gringa”, hasta que llega Flora –una campesina, su nana de la infancia– a rescatar su alma extraviada en la tragedia.

El choque-unión de culturas-conocimientos-ciencias. El amor antes que los prejuicios. El encuentro –mal llamado mestizaje– permanente y total que es Bolivia. La fusión que unos pocos –los más poderosos– quieren separar. Creyentes o escépticos, hay algo evidente: las culturas, las cosmovisiones perviven, sirven, se respetan: dar con piedra al corazón, tomar agua de piedra, llamar al ajayu.

“No hay semilla que no se invente un modo para alejarse de su madre. Las plantas no son como los animales, frágiles, que necesitan crecer chupando teta. Las semillas que caen al pie del árbol se pierden. Por eso se inventan formas de escaparse de la sombra, unas vuelan con el viento, a otras los pajaritos se las tragan y las devuelven luego lejos. (121)

Este libro trata sobre encuentros y desencuentros. Sobre las relaciones, dinámicas y dialécticas que nos constituyen y que, engarzadas, conforman este todo tan complejo que somos como individuos, primero, y como colectividad, por consiguiente. ¿Y acaso no hace esto la literatura per se? Sí y no. Pero Baudoin escudriña a diversos niveles no siempre tomados en cuenta: aísla e interpreta, como pocos, los momentos que conforman el todo, que generalmente se pierden en la inmensidad de los logros y fracasos, pero que son a la hora del balance, la esencia. Baudoin repara en los intersticios de cada uno de los momentos cuya suma hacen vidas y muertes. Y lo hace con picos muy notables, encabezados, en este libro, por “Ajayu”.

Seis películas cortas sobre Santa Cruz

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600), de Adhemar Manjón, es una colección de cuentos o una novela breve, como el lector lo prefiera.

Martín Zelaya

Santa Cruz de noche. Santa Cruz de fin de semana. Calor, alcohol y ebulliciones varias. Seis historias independientes pero encadenadas; seis historias que, aunque no tienen en común más que algún encuentro o mención fortuitos, son cada una un capítulo de la misma novela. Sobra decir que el destino de sus protagonistas alcanza momentos definitivos en la misma tarde-noche-madrugada.

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600, 2021) de Adhemar Manjón, es uno de esos libros que de verdad se disfrutan de un sentón un sábado por la tarde (y mejor si es con un par de cervezas y haciendo hora para salir a bolichear).

1
El oficinista con un matrimonio en crisis que es asaltado justo cuando, en la epifanía propiciada por las cervezas, se arrepiente de todo y promete cambiar.

2
El mecánico soso que presencia un asesinato y por fin logra cargarse a una mina.

3
El eterno perdedor que no tiene amigos ni chica y que, en las pausas de los vídeos porno, sufre imaginando cómo de bien la pasa el resto.

4
El delincuente juvenil que está seguro de que todo le saldrá bien por siempre, hasta que cambia su suerte.

5
El adolescente que no puede creer su suerte la noche en que pierde su virginidad.

6
La puta marginal y adicta que presencia dos muertes en la misma mañana.

El alcohol, la violencia y el frenético ritmo de la urbe articulan este sumario de beautiful losers. Ameno, lleno de humor y bien narrado –salvo algunos deslices– este compendio de cuentos / novela breve es la consolidación de la propuesta refrescante –y aún perfectible– que Manjón demostró ya en su debut, Génesis 4:12 (Perra Gráfica, 2016).

1
“Uno de los guardias de seguridad abre la puerta, el otro sujeta con fuerza a Ricardo. El que abrió la puerta aprovecha que Ricardo está dominado para buscar en su pantalón la billetera y sacarle plata”. (13)

2
“Es un caluroso y húmedo mediodía de sábado. Goyo está en la fila de la gente que quiere comprar un pollo de “Pollos a la broaster Angelitos”. (33)

3
“Ronny está acostado en su cama. Con los ojos cerrados, se aguanta las ganas de llorar, se pone una almohada en la cara y grita, grita con todas sus ganas, afloja su rabia, su desesperación, y llora”. (49)

4
“La moto manejada por Ibra avanza a toda velocidad por la ciudad, se mete por varias calles, rebasa micros y otros vehículos. Atrás de él está Maicol, bregando para no caerse e intentando acomodarse el arma –aún caliente, todavía humeante– en la cintura del pantalón”. (59)

5
“Carola, Mirko y Beto van corriendo por la calle Aroma y se paran en el cruce con la calle Bolívar. Estaban en un pequeño bar cerca de Los Pozos y se salieron para ver qué pasaba por el centro antes de ir a la casa de Mirko. Carola está un poco acelerada por el alcohol y no deja de reír”. (73)

6
“Las ganas de orinar despiertan a María, se soba el bajo vientre. Le da flojera levantarse, pero no le queda otra que hacerlo o terminará mojando la cama. En ese cuartito que funciona como su dormitorio, su comedor, su sala se mezclan el olor de ungüentos con el de sudor, humedad y cigarros”. (87)

Cada frase es la inicial de cada uno de los cuentos / capítulos. Manjón deja claro desde el principio no solo qué va a contar, sino el tono, el registro. El desarrollo y el cierre dan la talla.

PD. No desentona en ningún momento con la atmósfera de Los fantasmas del sábado, arriesgar un guiño (un link) con el episodio 22 películas cortas sobre Springfield de la temporada 7 de Los Simpson.

Conventillos del siglo XXI

A propósito de El rehén (Dum Dum, 2021), de Gabriel Mamani.

Martín Zelaya

Un adolescente cuenta el día a día de su familia tras la separación de sus padres: cómo su papá queda devastado y subsiste apenas a la humillación y soledad, y cómo su mamá –todo lo contrario– se libera, crece y emprende el oficio (casi insólito para una mujer) de minibusera.

“Mamá chofer, mamá abandono. Su minibús es de color naranja. La vez que lo registró en el sindicato, el presidente le dijo que las papayas gigantes no eran aptas para transportar gente”. (21)

La idea está clara desde el inicio: contar una historia en tono desenfadado, cómico, irónico, y explotar al máximo los matices de la idiosincrasia paceña. En ese afán, el autor cae en lugares comunes sabiendo que lo hace –apuesta arriesgada que no siempre  sale bien.

“La libertad tiene este soundtrack. Cumbia noventera, nada de este siglo. El amor y el dolor, la vida real pasó hace tiempo (…) Todo minibús viaja a la cumbia o escapa de ella: de ahí sus tatuajes”. (11)

“…mis padres se dijeron tantas cosas: todo lo que el rencor y la costumbre y la soledad les habían hecho callar durante años: la verdad estallando en un cristal sucio”. (18)

“Nuestras miradas se comunicaron con un grito silencioso para todos menos para ambos”. (63)

Es consciente de que abusa del recurso fácil de aunar todos los tópicos y guiños clásicos del habla informal y casual en el occidente boliviano; intenta adrede escribir como escribirían sus protagonistas.

“La cerveza es sabia”. (12) “La puteada contrastó con el merengue que pasaban por la radio: noches de fantasía, borracho cabrón, son las que viví con ella, puta carajo…”. (18)

Como ocurre con las típicas bromas o fanfarronadas de los adolescentes en busca del festejo y la risotada de sus amigos, El rehén (Dum Dum, 2021) busca cautivar al lector a partir del ingenio y la desinhibición, como lo hacen también muchos en las redes sociales con tuits y posteos ocurrentes y de doble sentido. Tanto en uno como en otro caso, el gran dilema es en qué momento parar antes de perder la originalidad y en lugar de divertir, cansar.

Terminemos de resumir la trama. Para vengarse de la ex y además resarcirse de las burlas y chismes de sus compañeros de laburo (también minibuseros), el padre decide fingir el secuestro de sus dos hijos a quienes confina en una casa compartida de ladera, escenario ideal para reproducir una y otra vez las anécdotas típicas de conventillo.

La nouvelle de Gabriel Mamani agarra y llama a terminar la lectura de un tirón –son solo 98 páginas estiradas por un tipo de letra grande–, gracias al tema disparador de la trama, a la construcción de personajes y a la voz narradora del protagonista. Es una historia paceña de conventillo; pero de conventillo de siglo XXI, con cumbia, fast food y videojuegos, en lugar de marginalidad, alcohol y correteos políticos, tan comunes en textos de los 60, 70 y 80.

Al final, se impone una pregunta nada infrecuente en la literatura nacional: ¿qué pasaba si se trabajaba mejor y por más tiempo el texto? (En este caso en particular, se extiende en parte la interrogante a los encargados del cuidado de edición). ¿Qué pasaba si se lo encaraba con calma, sin apuros por publicar y dejando que el borrador final duerma un poco el sueño de los justos? Editar y corregir las veces que sea necesario, es el pendiente de muchos.

Gabriel Mamani tiene una voz y oficio que lo destacan entre otros de su generación. El rehén vale para ir apuntalándose (valdría mucho más una segunda edición revisada y corregida; la idea no es nada mala), pero la apuesta le salió mucho mejor en Seúl-Sao Paulo (Editorial 3600, 2019), resuelta con mayor tino y espontaneidad. Con la misma tónica en lenguaje y similares recursos narrativos, en esa obra que le valió el Premio Nacional de Novela 2019 cuenta la rutina de una familia popular del occidente boliviano y sus idas y vueltas migratorias en Brasil.

¿Por qué tentar a la suerte dos veces? Una fórmula repetida, generalmente va al pierde a la segunda.

Un diario instantáneo de la pandemia

Apuntes en torno a Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021) de Edmundo Paz Soldán

Martín Zelaya

En su más reciente novela, Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021), Edmundo Paz Soldán mantiene una premisa que ya es común en la mayor parte de su obra reciente: un realismo relativo: tiempo y espacio indefinidos y sucesos al borde de lo fantástico e irreal, cuando no sumergidos de plano.

Todo arrancó con Iris (Alfaguara, 2014), novela en la que el autor crea un universo propio en un futuro mediato y con varios personajes y situaciones que se suceden y entrelazan y llevan a un par de grandes cuestiones fundamentales, una de corte social colectivo y otra más en el plano individual existencial. Primero: ¿hacia dónde vamos con la hipertecnologización, la sobreexplotación de los recursos naturales y humanos, y la liberalización política y económica que parecen apuntar a la irremediable certeza de que cada vez más el mundo será para los pocos superpoderosos en desmedro de los muchos intrascendentes? Y por otro lado: ¿qué será del ser humano cuando la despersonalización –a la que, por cierto, incita la tecnocracia llevada a extremos– desemboque en un momento en el que tanto la tradición, la cultura, como la religión, la ideología, los valores y hasta los instintivos lazos de relacionamiento sentimental y social queden en el olvido?

En Los días de la peste (Malpaso, 2017), se pasa de lo fantástico a ese realismo relativo que mencionábamos: puede ser real, verosímil, salvo uno que otro detalle alucinado. Se trata, esta anterior novela, de una honda reflexión sobre la fe y la religión, sobre su rol capital en el desarrollo histórico de la humanidad (¿la involución en la evolución?), y, por lógica interrelación, de un alegato contra la sociedad signada por la corrupción, la violencia y la marginalidad. Separado, ora por completo, ora no del todo, del universo plasmado en Iris y en Las visiones (Páginas de Espuma, 2016, cuentos que siguen la estela iridiana), Paz Soldán recala en una ambientación incierta (Los Confines, provincia recóndita de un país latinoamericano indeterminado) y en un aparente futuro mediato lo que, de la mano de una devastadora epidemia que trasciende toda la trama, connota un cierto cariz apocalíptico.

Más cerca de Los Confines que de Iris está La Estrella, de Allá afuera hay monstruos; pero las búsquedas e inquietudes –las premisas, decíamos– son las mismas en toda la que hasta ahora es una suerte de pentalogía (no olvidemos Las visiones y La vía del futuro [Páginas de Espuma, 2021], que aún no pudimos revisar): reconstruir (intuir) el futuro aparente con las pistas que va dejando nuestra sociedad repleta de fanatismos políticos, tecnológicos, religiosos y morales.

El bicho –ahora sí apuntemos plenamente a Allá afuera…–, una letal pandemia, toma La Estrella, ámbito indeterminado, en un tiempo indeterminado. La distopía, entonces, tan explorada por escritores y escritoras latinoamericanos en el último par de lustros marca el signo de este breve libro. El bicho –decíamos– toma La Estrella, ciudad combativa cuyos habitantes siempre se sintieron diferentes al resto de sus compatriotas.

“Ya no sabíamos qué hacer, lo ideal era vivir flotando sin tocar el mundo, porque el mundo ya no era nuestro, sino del bicho”. (25)

El presidente nunca quiso cuarentena y se negó a toda costa a afectar la economía. Hay muertos abandonados en las calles, miseria, violencia y paranoia. Una guerrilla encabezada por Acosta, una feroz rebelde toma la ciudad y ordena un confinamiento total que frena la enfermedad, pero condena al hambre. En este contexto, la verdadera guerra se da en las redes sociales, a través de memes y fake news, a cuál más burdos, pero suficientes para encandilar y manipular. (¿Les suena conocido?).

La niña que narra todo en primera persona, solo sueña con volver a jugar fútbol y salvar a las mascotas abandonadas. En el ínterin, ve cómo su madre enfermera simpatiza con Acosta y cómo su hermano, un niño especial, se deja cautivar por la propaganda de Carrasco, el presidente que gobierna con mano de hierro todo el país, menos La Estrella.

En este maremagno, se impone la muerte; y en el sinsentido llevado al extremo, por no quedar más, se vislumbra la esperanza.

“Por las noches mis muertos me visitaban. Dejaba abierta la ventana para que ingresaran en la sombra y se dejaran ver con la luna; sus cuerpos se alargaban, querían parecer fantasmas de cuentos para niños miedosos. No les tenía miedo. Me estremecía y quería dar todo de mí para recordarlos por siempre”. (135)

Son demasiados guiños a la actualidad mundial y al contexto boliviano. ¿Por qué escribir tan rápido sobre la pandemia que aún no superamos? Con la habitual solvencia técnica de Paz Soldán, a momentos asistimos a un collage que parecería armado con recortes de noticias, crónicas y versiones de Twitter y Facebook de los últimos años; con retratos de Trump, Evo y los líderes conservadores cruceños. (¿Ya vieron Don’t look up, la última de Di Caprio?)

La vida es un pestañeo

Una lectura de la novela De esta noche no te marchas (Editorial 3600) de Rosario Barahona.

Martín Zelaya

La vida es un pestañeo. A veces uno o dos sucesos, una decisión, osadía o cobardía lo definen todo, o al menos mucho. En un abrir y cerrar de ojos nos sorprenderemos en bata y pantuflas, canosos y malhumorados, recordando algo –o todo– y cayendo en cuenta, demasiado tarde, que casi no asistimos al paso del tiempo por nosotros (a través nuestro).

«Qué culpa tiene ella de tu soroche del alma, de tu pasado, de tus indecisiones, de tus culpas, de tus amarguras y de todas tus huevadas». (61)

«No has podido olvidarla hasta ahora, porque ella produjo en ti el soroche que pesa como un hijo nonato, como una bala de plomo sobre tu pobre alma». (95)

«Aunque cerrados, los ojos de Montecristo miraban la noche absoluta en un momento eterno, para marcharse jamás». (195)

De esta noche no te marchas (Editorial 3600) de Rosario Barahona es una novela sobre un hombre, Montecristo, sobre una vida y su decurso, que no sobre la historia política boliviana como podría aparentar. Otra cosa es que el devenir de Montecristo tenga un punto de inflexión en los turbulentos años de las dictaduras militares bolivianas del siglo XX. Este es un marco, un escenario, como también lo son Sopocachi (el actual y el de los 70), el Madidi del destierro… ese nuevo infierno verde para los revolucionarios confinados y sus pobres soldados custodios.

Montecristo a fines de os 60 e inicios de los 70; su militancia, su captura, prisión y exilio. Montecristo, al borde de la ancianidad, en el presente. Sus triunfos y fracasos, sus eternas dudas y arrepentimientos. La premisa de que nunca es demasiado tarde.

Una estructura ágil, esquemática, hace muy llevadera la novela de Barahona: brevísimos capítulos intercalados de tres momentos de la vida del protagonista: el presente (fines de 2019) en el que una periodista lo entrevista sobre su captura y exilio; aquellos días nefastos del golpe de Estado de 1971; y el pasado inmediato (inicios de 2019), para dar contexto.

Una de cal y una de arena. Barahona sale incólume del siempre arriesgado uso de la segunda persona para narrar una ficción. En un estilo puntilloso y algo acartonado se cuenta la trama en la que sobreabundan referencias, detalles y datos que no vienen a cuento y más bien aparentan un artificial intento por matizar momentos históricos, características culturales y antropológicas de la sociedad e incluso potencialidades turístico sociológicas de La Paz.

Es, sin embargo, una novela diferente, arduamente trabajada –se nota– y que bien vale la pena leer.