Poemas de Edwin Guzmán

Edwin Guzmán Ortiz. Poeta, ensayista y crítico (Oruro, 1953) Ha publicado: De/lirios (1985), La trama del viento (1993) y Juegos fatuos (2007).

Bordes del poema

Sé que la poesía me acerca al mal
a la región más densa de la noche
a las máquinas de la infección
sé que bufa y alza su imperio de lívidos mitones
sobre la embriaguez de la comarca

Sin embargo heme aquí
sosteniéndola
haciendo que no caiga tan alto
ni se infle como el vientre del Buda

Sé que la poesía no es el amigo
que quisieron mis padres
la ocupación que deseaba mi mujer
el oficio que me recomendaba el maestro
ni la fe que predican los empleados de lo santo

Pero está ahí
—más bien
Aquí
insidiosa y sacramental
sobándome con su llama
dibujándome unas alas
abriéndome los ojos
limándome la estupidez

El punto

Uno va escribiendo y cavilando, palabra tras palabra, desnudando el horizonte, silabeando las huellas y de pronto brota el punto. ¿Cae o brota­­? Parcamente diciendo, súbitamente conteniendo lo incontenible. Meteorito sobre la página, eclipse pasajero del murmullo. Mas, las palabras lo rebasan y continúa el tráfago de tejer los argumentos, la pegatina de sentidos, el apetito voraz de la escritura. Tangencial a la saliva y al hálito turgente de la noche, amenaza su minucia, su rítmica alusión del parapeto en el camino salvaje de la letra.

Animalmente retinto, trama los topes del decir. Ausente de sí, murmura el no. Y así luce sobre la página aplastado como una mosca en el velo de una novia. Siempre presto para entrar en escena; detrás del telón del alfabeto, del cuento del cuentero o de los espasmos del lírico, el punto pincha. Gota consumada sobre la blanca página donde el acoso de las letras trama un bosque de flores fucsia, de aves que se disuelven y florecen, de nombres lavados por las llamas. Ritma generoso los acordes del jadeo, rige el tráfago de las confluencias, el punto, vaya uno saber qué es pero está, como el sol negro de Lautreamont  iluminando y marcando la marcha del resuello. 

No contesta, no habla, ni definitivamente luce, pero su pequeño cuerpo zumba y se consume en su sombra. Puntos fantasma de Beckett, puntos patibularios de Kafka, el puto punto en la mandrágora de Villon, puntos suspensivos y expansivos, a veces condecorados por los ecos de la otredad, por la máquina del tiempo que arrasa el nosotros en nombre de la vida.

Me tiembla la mano al elegir el punto final del poema.

Me salva el conejo de Alicia cuyo punto es el agujero que me lleva al otro lado del ser: ¿la poesía o la reina de corazones?

Corren hormigas por la boca

Corren hormigas por la boca. Cogen restos de dulce y fibras gnósticas. Mutuamente se saludan y continúan consumando el devenir que las anima. Atraviesan a nado la saliva, vadean la úvula y rozan las antenas por el teclado de los dientes.  No hay enemigas entre ellas, ni siquiera falsos dioses. Tampoco hay circo que les muerda el tiempo y el espacio. En estricta fila vadean la humedad. Limpias y solidarias conocen su camino. Atraviesan la faringe, se descuelgan del esófago. Resuellan atravesando el píloro. Prosiguen en zaga secular por medio de ácidos, entelequias y cilios. 

                       Interminables en la escheriana cinta de Moebius. 

Adviene un vaho de astros, el acoso del jugo conjetural. Arriban al colon, la luz del esfínter las libera de la insoluble oscuridad, con hilachas de alma en las mandíbulas, fragmentos de yo en la saliva, pedazos de sueño y semen verbal sobre el lomo.  En impecables hileras las obreras retornan al hormiguero. Depositan el avío, erectan las antenas. La reina se alimenta.      

Itinerario del silencio

Guarda el silencio
en la boca
un lenguaje nonato,
aves exhaladas por el aire
la plegaria del mudo

En su sed se des-escribe
el mundo
la antigua contemplación
de la noche profunda

Sigiloso disipa
las bullas del tiempo
la rotación del deseo
              en torno a la lengua

Forja el idioma del fervor
traza las coordenadas del asombro
trama
el tajo de la muerte

Como Dios
nada dice
excepto que es                                                                                              

El silencio hace del silencio
su refugio
de la muerte de los hombres
su morada.

Edwin Guzmán es un poeta culto, inteligente y sensible que, a lo largo de sus tres poemarios publicados, ha construido –con voz muy propia– una visión de mundo permeada por una relación íntima con el lenguaje. El suyo es un discurso sugestivo de sólida propuesta lingüística no exento de humor y de tensión lúdica que tampoco rehúye los chispazos de la experimentación fonética o formal. Leerlo es un ejercicio de placer, razonamiento y meditación en el corazón mismo de la poesía, donde sus poemas habitan, con plenos derechos, el universo semántico de la vida. Guzmán es además, qué duda cabe, uno de los poetas más destacados que ha dado Oruro.

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