Las posibilidades del cuerpo

Una lectura de Tierra fresca de su tumba, el libro de cuentos con el que la boliviana Giovanna Rivero impacta a lectores y críticos de todo el mundo.

Martín Zelaya

Los dos primeros cuentos. i) Una adolescente menonita violada y embarazada es estigmatizada por su comunidad que, en cambio, exime al agresor porque “el diablo tomó su cuerpo”. ii) Dos pescadores naufragan, el más joven muere y el otro encara a la madre doliente durante una sórdida comida.

La bestialidad en sus diferentes acepciones. i) Sentir que algo/alguien crece en tu cuerpo, sin apenas entender por qué: “…[d]el bulto vivo que le come la juventud desde dentro” (27). El horror de la violencia total: sexual, física, social, religiosa. ii) Masticar una tortilla tras otra mientras la mente repasa la interminable angustia y vislumbra el final. “El hambre expandiéndose por dentro como un globo de helio, un animal hecho de vacío, un animal ciego que le quema las tripas, que lo cubre de miseria…” (43).

Y poco a poco empezar a entender de qué trata todo. i) La fisiología, el sexo; el mundo, la vida fuera del “domo” y la ficción menonita. ii) Que el naufragio verdadero es la realidad espantosa de la gente y la sociedad.

Tres ejes y más

“La mansedumbre” y “Pez, tortuga, buitre”. Con estos dos cuentos –acaso los más intensos– arranca Tierra fresca de su tumba (El Cuervo, 2021) el más reciente libro de Giovanna Rivero. Dolor y trauma es, sin duda, uno de los ejes que trasciende a estos relatos y a todo el conjunto. Y es que este libro de cuentos –con numerosas ediciones en varios países, así como una unánime crítica positiva– explora en diferentes niveles y desde variadas perspectivas el cuerpo y lo corpóreo (segundo eje, acaso el esencial), desde su vulnerabilidad, desde sus más extremas posibilidades. La memoria, el olvido –dos caras de una moneda que a veces se funden y contraponen– y el destino, en una acepción de inevitable fatalidad, conforman otro de los hilos conductores (tercer eje).

“La señora Keiko siente que su corazón se ha transformado en una máquina llena de aspas, de esas que su padre adquirió cuando iniciaron la fábrica de fideos. Aspas que terminarán descuartizando los órganos que acusan su dolor: el corazón, el estómago, los pulmones, los ovarios. Todo aquello que tiene que ver con amar, poseer, respirar, entender y perdonar” (95-96).

El anterior es un fragmento de “Cuando llueve parece humano”. Una japonesa subsiste su vejez en Santa Cruz recordando su infancia en una colonia rural, añorando a su difunto esposo, cultivando su jardín y enseñando origami en un penal de mujeres. La llegada de una joven inquilina ligada a su pasado rompe cualquier decurso natural posible en una aparente historia común de senectud. Armar figuras de papel y sembrar compulsivamente, como única posibilidad –vana, por cierto– de prolongar la vida; o incluso de materializarla en una etapa en que ya solo se dura más que vivir. ¿Acabaremos todos aferrándonos a una única vía soportable rumbo al destino? Memoria / olvido: ¿será que no nos queda más, llegado cierto momento, que resignarnos a que el pasado sea lo único que nos quede?

“Los sueños, las fantasías y los recuerdos son parte de esta única riqueza que poseo y es inevitable que en ocasiones los mezcle, sin que por ello yo me considere una persona insensata. Es que esas irradiaciones del ánima son muy diferentes entre sí…” (143), narra la protagonista de “Piel de asno”, el quinto relato del libro.

Recuerdo es muchas veces trauma. Y el trauma, muchas veces –sino todas– se encarna, se corporiza. Giovanna construye un organismo hecho de historias, imágenes, epifanías: lo corpóreo desde la pasión y obsesión narrativas; lo sensorial-sentimental que se corporiza: “…y sintió que el pecho se le oprimía, aunque la inquietó no saber por qué. Si era ternura o admiración, si temblaba de vejez o de emoción, si era un deslumbramiento tan distinto a todo que el mundo dejaría de ser lo que había conocido” (93), volviendo a “Cuando llueve…”.

Lo corpóreo mecanizado y llevado al límite: “Si me preguntaran a mí, diría que ‘terapia’ significa en este y todos los idiomas: ‘sacar la mierda’, ‘comer excremento’, ‘ordeñar la putrefacción’” (114), se lee en el cuarto texto “Socorro”. En este punto, no se puede evitar un enlace con Los errantes (Anagrama, 2019) de Olga Tokarczuk, la escritora polaca ganadora, en 2019, del Premio Nobel de Literatura 2018:

“Cada parte del cuerpo merece un sitio en la memoria. Cada cuerpo humano, la perdurabilidad. Es un escándalo que sea tan frágil y delicado. Es un escándalo que se lo deje pudrir bajo tierra o ser pasto de las llamas, que se lo queme como se hace con la basura. Si del doctor Blau dependiera, habría creado el mundo de manera diferente: el alma podría ser mortal, al fin y al cabo ¿qué provecho sacamos de ella?, no así el cuerpo, este debiera ser inmortal”. (Tokarczuk, 2019: 127).

Giovanna Rivero.

El cuerpo ultrajado, violentado. Lo corpóreo en todas sus dimensiones y desafíos. Lo extremo de lo físico ante los límites de lo mental: “En uno de los sueños mamá aparecía sacudiéndose del vestido la tierra fresca de su tumba y las vetas de cenizas, sus propias cenizas, de su pelo negrísimo” (173). En los límites, además, de la vida y la muerte: la tía ebria que “hacía lo posible por no sacarnos el cuerpo” (151), en un guiño a Jaime Saenz.

Estas dos últimas escenas son de “Piel de asno”: tras la muerte de sus padres, dos niños bolivianos se van a vivir a Canadá con su tía alcohólica. Con el paso del tiempo, el mayor descubre su homosexualidad y la menor un desorden glandular que la condena a la obesidad y la demencia que apenas mantiene a raya con terapias de grupo y góspel. La fatalidad, a veces, se lleva en la sangre y parece inevitable, a pesar de la lucha férrea contra el mal predestinado.

Finalmente, el sexto y último cuento, “Hermano ciervo”, presenta a un matrimonio de bolivianos en EEUU. Él se alquila para experimentos médicos; a ella le carcome la culpa. El cadáver de un ciervo se pudre en el ingreso a su casa ante su imperturbable desidia. Autoexplotación. Las posibilidades del cuerpo llevadas al extremo. Cuando el “bienestar” no es sinónimo de salud y tranquilidad.

Atmósferas y tiempos

Es interesante también la reflexión de Rivero sobre la extranjería: la de la anciana japonesa-boliviana, la de los menonitas, la pareja de bolivianos migrantes en EEUU y la otra boliviana también radicada en el norte y que vuelve de visita casi como una foránea más, no solo a su país, sino también a su antiguo hogar. El choque cultural, el desarraigo –sobre todo interno– de los extranjeros que, aunque asumidos, nunca dejan de tener algo de marginales. Pero también la extranjería como concepto general: uno puede ser extranjero de sí mismo; de su cuerpo, de su vida.

Deteniéndonos brevemente en lo formal-estructural, la autora cruceña maneja muy bien la atmósfera que late y persiste a lo largo del libro, emanando inquietud, desesperación…pero en ningún momento instando a parar, sino todo lo contrario. Y esto por la maestría en el manejo de los “tiempos” y “momentos”, tanto aquellas fases internas por las que transcurren los protagonistas mientras avanzan los sucesos, como el desarrollo cronológico de la acción.

En “Socorro”, una mujer vuelve a Santa Cruz tras muchos años en EEUU. En todo momento, desde la primera voz que sostiene el relato, se percibe que hay un gran secreto que amenaza con salir a flote. Hasta que la protagonista entiende, finalmente, que por nada del mundo podrá librarse de la herencia maldita del pasado: la locura que, como se da cuenta al borde del horror, sobrevivirá incluso al tiempo de sus hijos.

A veces el tiempo –parecen remarcar más de uno de estos relatos– solo matiza, pero no evita lo trascendente, lo que determina vidas y destinos. El desenlace que uno se traza mientras avanza en el vivir –o que ya está trazado sin sernos dado intervenir, para quienes lo creen así–, se puede aplacar, aplazar, pero no evitar. La mayoría de los personajes de este libro fracasan en el intento de hacer del tiempo una terapia. Fallan en la lucha por el olvido y se quedan apenas en un desgarrador grito de socorro. La desmemoria es la verdadera utopía.

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